¿Sería?

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“Soy multiorgásmica” le confesó ella en uno de esos momentos en que, con su cabecita perdida en los sopores de la borrachera amorosa, le contaba sus intimidades y sus preferencias de cariño...“me gusta estar arriba” continuó confesándose, con la confianza que se había apoderado de ellos en esos días maravillosos.

Habría sido un pecado imperdonable que él no la hubiera tomado en cuenta, habría sido imperdonable que él se comportara como se comportan los machos egoístas; la tomó en cuenta… y la llevó a su escondite afectivo para amarla a su estilo, al estilo que a ella le gustaba; ahora era ella la que llevaría la iniciativa. Esto no debe interpretarse como que a ella no le habían gustado sus anteriores encuentros, pero complacerla era para él una bendición que no podía dejar de lado, era su deber de amante confeso.

Los pormenores previos tenían que ser, más que un rito amoroso, un rito sanitario. El virus rondaba... metía miedo... y había que ser prudentes. Se ducharon, pero esa ducha pasó de sanitaria a erótica en alto grado casi antes de comenzar a caer el agua. Desnudos se amaron, se sobaron, se amasaron sus cuerpos cubiertos de jabón y se secaron uno al otro, en silencio, preparándose para la maravilla que sabían que tenía que venir.

Casi no hubo preámbulo en la cama; el preámbulo ya era pasado en esa ducha caliente que los dejó calientes. Llegaron a las sábanas, él se tendió boca arriba, apuntando al techo con su estaca y ella lo montó: Lo montó y se clavó de la manera en que a ella le gustaba, como ella hubiera querido, mientras él trataba de distraerse para evitar que su propio cuerpo avanzara en intensidad y no lo acompañara en su periplo de pasión. Ella ya estaba tan lista, tan lubricada, tan ansiosa, que al sentirse empalada estalló de inmediato… y se miraron a los ojos con amor y con lujuria… y él gozaba sus senos ahora apuntando hacia su cara, ora mirándolos, otrora tocándolos con sus manos ansiosas, o bien metiendo su cabeza entre esas fuentes de vida que se le ofrecían.

¡Era!... no pasó mucho rato de éxtasis cuando ella ahora explotó en un grito y su sangre le corrió por sus venas entregándole el placer de los dioses, el placer enorme, inconmensurable del torrente de vida que intercambiaban.

¡Multiorgásmica!… tal vez sí, pero solo acababa de demostrar que su orgasmo era fácil, faltaba lo otro… lo de multi… jadeó, suspiró, gimió, presa de la estaca sagrada mientras él seguía resistiendo, seguía aguantando esa furia de placer, la seguía gozando y mirando en su voluptuosa pérdida de raciocinio. La acompañó hasta que ella se hubo calmado y, afortunadamente, su cuerpo no lo traicionó y siguió con el aguante para poder volver al ataque cuando ella, en el limbo del clímax, se mostrara de nuevo receptiva. Ahí atacaría, ahí haría otras cosas con ella porque ella estaba en el cielo y al estar en el cielo, cualquier cosa que él le hiciera, la iba a volver a transportar de vuelta al mismo cielo; no la iba dejar regresar al planeta físico. Y la cogió, la puso de todas las formas imaginables, la clavaba, se retiraba, la volvía a clavar y se volvía a salir mientras ella tiritaba e imploraba. Bastó que le pusiera su boca entre sus piernas, en su vagina, para que ella de nuevo estallara en otro violento orgasmo gritón, llorón y sacudón que la devolvió, como decíamos aún más arriba. Le volvió lentamente la calma a sus estremecimientos y, cuando la tuvo tranquila, cuando ella yacía mansa, amorosa aferrada a él, la volvió a coger, la volvió a clavar y la volvió a poner a horcajadas sobre su cuerpo, pegándose ambos, borrachos de placer y ya sudorosos, de manera que sus cuerpos resbalaban uno contra otro, pecho contra pecho.

¡Era!... este tercer orgasmo de ella fue aún más intenso, con el agregado de que ahora estaban ambos en el mismo nivel de borrachera celestial y retozaron, se besaron, se mordieron, se chuparon el rostro, las manos, sus senos, su cuello, su barba, sus ojos, todo fue contacto mientras ella lloraba de algo que nunca habría soñado vivir, mientras ella pedía que nunca, pero nunca la dejara de amar, éste, su caballero gentil que había querido darle el placer de ser amada como a ella le gustaba.

¡Era!


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