LO QUE NO SE DIJO DE ROMEO Y JULIETA 3

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En efecto, la recomendación del camionero Raúl dio sus frutos y al cabo de poco tiempo la enamorada pareja Romeo y Julieta viajaron en avión hacia la pintoresca isla que estaba rodeada por bosques de pinos y tenía una agreste costa recortada en vistosas y recogidas calas frente  a un mar verde turquesa en el que se reflejaba la exhuberante vegetación; aunque durante el vuelo ellos se marearon como una sopa porque el hecho de volar en el aire como unos pájaros les suponía una fuerte impresión.

A la pareja les asignaron una de aquellas calas en las que habían diseminados unos funcionales apartamentos que querían dar la sensación de intimidad y los recién llegados se instalaron en uno de ellos.

Tenían un contrato por un año, y si sabían cumplir bien con su obligación cabía la esperanza de que se les volviese a renovar para una nueva temporada.

Aunque si bien aún no estaban en plena campaña turística, Romeo y Julieta después de su trabajo diario bajaban a la playa a tomar el sol y a refrescarse en aquellas cristalinas y frescas aguas. Pero lo más significativo y gratificante de todo era ver en el amanecer cómo emergía la rojiza luz solar del lejano horizonte del mar bruñendo su inconmensurable superficie dando un luminoso sentido a todo el entorno, que era como volver a la vida tras la oscura noche. Era precisamente en estos mágicos momentos cuando ellos se extasiaban ante aquel magnífico panorma al amapro de un silencio revelador que les inducía abrazarse con una ardorosa y renovada pasión.

Sin embargo sucedió un hecho imprevisto. Era algo con lo que ellos no contaban. Al cabo de unos meses de estar allí aquella pareja empezó a sentir un inmenso hastío de aquella isla porque había dejdo de ser una novedad. Aquel idílico rincón del mundo había dejado de hacer su especial efecto en el ánimo de la romántica pareja porque ésta había caído sin apercibirse de ello en el pozo de la rutina.

En consecuencia Romeo que nunca había dejado de ser un tipo inestable sintió nostalgia de las juergas que se corría en Verona con sus amigos de toda la vida. Estaba demasiado pegado a su mujer y necesitaba tener un espacio vital para él solo. Además Julieta le parecía que era una fémina bastante sosa, aburrida que apenas salía de casa y que le hacía trabajar como un burro sin preocuparse en absoluto de sus gustos o aficiones. De modo que cuando la supuesta pareja de enamorados hacían el amor, Romeo se imaginaba que su cónyuge era una bella turista rubia de nacioalidad alemana que tomaba el sol en top-lees en aquella cala.

Por otra parte Julieta tampoco se escapó de aquella gris situación. Por de pronto su marido visto con más objetividad se le antojó que era un hombre pánfilo, un ser de débil personalidad que se desmoralizaba ante cualquier contrariedad que les pudiera surgir; razón por la cual ella había dejado de admirarle. El donaire que Romeo exhibía en Verona no era más que pura fachada para impresionar a las jóvenes de la ciudad.

Un día Romeo tuvo que ir al centro de la isla para hacer una gestión, y Julieta le dijo:

-¡Así te vas! ¿Y me dejas sola con el trabajo que hay?

-Sí. Pero volveré pronto - respondió él.

-¡Eso espero! ¡Ay esposo! He de saber de ti a cada hora del día; saber qué haces y adónde vas. ¡Ven pronto y no te despistes que te conozco bien! - le apremió Julieta.

-Si ésto es tenerme confianza  que baje Dios y lo vea - murmuró para sí

Mas se dio el caso que una vez que Romeo hubo hecho aquella gestión, se metió en un bar a tomar una cuántas cervezas, y se le fue el santo al cielo al entretenerse jugando a las cartas con unos clientes que habían en aquel local.

Al fin Romeo regresó a su hogar cerca de medianoche un tanto ebrio del alcohol que había ingerido, y como era de esperar Julieta le salió al paso.

-¡Vaya horas de venir! ¡Ya estaba sufriendo por si te había psado algo! - le gritó ella-. ¡Y encima vienes borracho. ¡Que vergüenza Romeo, que vergüenzaaa...!

- ¡Para el carro nena que no hay para tanto! Sólo he tomado unas copas, y me he distraído con unos amigos - se mal defendió él.

-¡No si encima la culpa la tendré yo! ¡Machista, que eres un machista desconsiderado! Mira Romeo. Tú no eres más que un egoísta que va a la suya. Ya me decía mi pobre padre que no me fiara de ti porque eres un inútil al que no le gustan las responsabilidades y que sólo piensas en divertirte.

- ¡Vaya ya salió tu querido padre! Pero a ti bien que te gustaba mi alegre manera de ser machista. ¿Ya no recuerdas que nuestros padres siempre nos regañaban porque no aceptábamos sus prejuicios y sus manías?

-¡Oye con mi familia no te metas ¿lo oyes?! Pero sí la experiencia de los mayores es algo a tener en cuenta - insistió Julieta con obstinación.

- Está bien. Yo soy un impresentable. Pero tú eres una mujer sosa que nunca quieres ir conmigo a ninguna parte, y quieres que yo sea igual  que tú, pero eso no puede ser. ¿Por qué no quieres salir a pasártelo bien cuando aún somos jóvenes?

- ¡ Porque la vida es cara. Ca-raaa! ¿Te enteras? Y yo debo de velar por la administración de la casa que no es precisamente muy boyante.

- Vaya. Encima tacaña - volvió a murmuar para sí el sin par Romeo.

- ¡¿Qué has dicho...?! - se mosqueó Julieta que no había oído bien a su marido.

- Nada, mujer... No he dicho nada...!

-¡Ah, pensaba...!

Seguidamente aquella pareja se echó en la cama tratando de dormir, aunque ninguno de los dos pudo conciliar el sueño.

Al parecer aquella paradisiaca isla había constituido una trampa para aquella enamorada pareja ya que les había disipado la nube rosada en la que ellos estaban envueltos, haciendo que se enfrentaran a la tozuda realidad que era el inconfesado antagonismo psicológico que había entre ambos.

¿Sabrían Romeo y Julieta superar aquella crisis matrimonial cuando ellos habían sido educados en el rígido narcisismo familiar? Permíntanme los queridos lectores que lo dude.


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