COMPAÑERA DE PISO

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Diana leyó la página de anuncios sentada a la mesa de una cafetería cerca de la pensión en donde vivía provisionalmente, buscando un piso a compartir con alguna otra joven. Encontró uno que le interesó, cerca de su trabajo, llamó desde el móvil a quien lo ofrecía y quedó en visitarlo un par de horas después.

La joven que la recibió, de nombre Marisa, tenía aproximadamente su misma edad, en torno a los 25 años, le enseñó el piso y le informó del precio, que le pareció adecuado a sus posibilidades, pues además se ahorraría el dinero del transporte.

- Quiero comentarte algo que no sé si te importará antes de que decidas venir.

- Dime.

-De vez en cuando me visita mi novia. No sé si eso te importará.

Diana se lo pensó un par de segundos y contestó que no tenía prejuicio alguno. Preguntó si a ella le importaría que trajera alguna vez a su novio.

- Claro que no, puede venir cuando quieras.

Dos días después se instaló en una de las habitaciones y su compañera la ayudó a ordenar sus cosas en el armario.

Una semana después, al regresar a casa tras el trabajo y cenar con su novio, a eso de medianoche, oyó risas de dos mujeres. Para entrar en su dormitorio tenía que pasar por delante del dormitorio de Marisa y no pudo evitar echar un vistazo a su interior. Marisa y otra joven estaban en la cama, desnudas, abrazadas y besándose. Al aparecer Diana, la miraron y vieron que tenía los ojos llorosos o irritados. 

Marisa se levantó de la cama, le acarició una mejilla y le preguntó qué le sucedía. Su cuerpo desnudo inquietaba a Diana, que enrojeció.

- No pasa nada, no te preocupes.

- Claro que me preocupo. ¿Qué te ha pasado?

- He cenado con mi novio y me ha dejado, dice que ya no me quiere.

Marisa cogió de un brazo a Diana y la sentó en la cama. La otra joven se levantó. Verlas desnudas a las dos le estaba afectando.

- Debes animarte -le dijo la novia de Marisa.

-¿Cómo?

-. Nosotras te ayudamos -le dijo Marisa. -Levántate.

Abrió un cajón de la mesilla de noche y extrajo un pañuelo, con el que le tapó los ojos.

- Déjate llevar y disfruta -le indicó.

Marisa y su novia la desnudaron lentamente. Marisa le quitó la camiseta y el sujetador, su novia las zapatillas, el pantalón y las bragas. Marisa se abrazó a su espalda para que sintiera el contacto de sus pechos, la besó en los hombros y le cubrió los senos  con sus manos. Su novia le metió una mano entre las piernas, le acarició la vulva y cuando la notó húmeda le introdujo un dedo, después dos, y se los frotó en la vagina. Diana gemía de placer. El placer intenso que sentía superaba la vergüenza que le embargaba. La acostaron en la cama. Marisa empezó por besarle los pechos y los pezones hasta que comprobó que estaba excitada. Entonces, su novia le separó las piernas, le acarició el sexo y después se lo frotó con la lengua. 

-Qué bueno sabe el coño de tu compañera de piso -comentó la novia de Marisa.

Diana le pidió que le metiese la lengua todo lo profundo que pudiera.

No había experimentado nunca tanto placer, ni cuando su novio la follaba por la vagina y por el ano.

Al cabo de una hora de placer, se desprendió del pañuelo y correspondió a las dos jóvenes, chupando, estrujando, besando y mordisqueando cada milímetro de sus esbeltos cuerpos. Acabaron las tres agotadas, sudorosas, entrelazadas, sobre la cama.


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