CORAZÓN SOLITARIO

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            CORAZON SOLITARIO

Había enviudado hacía apenas dos años y se encontraba muy sola.

Tras la muerte de su marido había caído en una severa depresión, que provocó su ingreso hospitalario en un centro psiquiátrico durante casi seis meses, del que salió, más o menos, recuperada.

Sin embargo, su trabajo como bibliotecaria, que antes le satisfacía y le ocupaba en un suspiro las 8 horas diarias, se había convertido en un suplicio y cada minuto que pasaba en una eternidad.

El caso era que no podía concentrarse, no solo en el trabajo, sino que en las horas de ocio en su casa, tenía permanentemente encendido el televisor e iba pasando de un canal a otro, con el mando, sin acabar de prestar atención a ningún programa.

Incluso empeoró de forma alarmante su aseo personal, de modo que  pasó de ducharse diariamente a hacerlo una sola vez a la semana y eso porque el desodorante dejaba de hace efecto y terminaba por olerse mal ella misma. Por lo que respecta al maquillaje, éste desapareció por completo y simplemente se pasaba un cepillo por los cabellos, que lucían desgreñados, enmarañados  y con las puntas sin cortar.

Por lo que respecta a las visitas a la peluquería, manicura y esteticien, todas desaparecieron por completo, por lo que ofrecía un aspecto avejentado, cuando en vida de su marido  había mostrado una imagen diametralmente opuesta.

En su juventud había sido muy guapa y como el que tuvo retuvo, seguía siendo alta, delgada y con buen tipo y aun, a sus  49 años,  conservaba rasgos de su antigua belleza que no había logrado marchitar la menopausia.

Las pocas amigas que tenía, pues junto con su marido habían formado una pareja muy reservada y con escasa vida social, se preocuparon por ella, máxime viendo el estado de postración que le había provocado la viudedad.

Cuando reapareció recuperada y pudo hacer una vida aparentemente normal, comenzaron a invitarla a fiestas, cenas y celebraciones, con el fin de levantarle el ánimo y en la confianza de que conociese algún hombre, que la sacase definitivamente del atolladero.

Durante tales eventos trabó conversación con varios hombres que la invitaron a salir, pero solo en dos ocasiones aceptó el ofrecimiento.

En la primera ocasión el hombre pasó a recogerla a su casa, fueron a tomar una copa, luego cenaron en un restaurante de moda y terminaron la noche en una sala de fiestas. Finalmente la acompañó en coche hasta la puerta de su domicilio. Aunque el hombre fue educado y correcto toda la velada, cuando volvió a llamarla para salir la semana siguiente, se excusó con una falsa visita de familiares y a la siguiente llamada le mintió  diciéndole que se estaba viendo en plan formal con otra persona.

Por lo que respecta al segundo, aunque no era tan atento y educado como el primero (de hecho no la fue a recoger y al terminar la metió en un taxi), le resultó más interesante que el otro y de hecho salió con él hasta cuatro veces, hasta que en la última se pasó de copas y trató de besarla en estado de embriaguez, lo que a ella le desagradó de tal manera que no volvió a darle la menor oportunidad, pese a las numerosas llamadas de disculpa que le hizo.

Un buen día, fortuitamente, se enteró de que en internet existían numerosos  foros de encuentros para adultos y que era de lo más sencillo entrar en ellos para “chatear”, intercambiando información  sobre gustos, aficiones, opiniones y demás con otros internautas. Así pues, sin pensárselo dos veces, pasó a formar parte de la legión de corazones solitarios en busca de pareja

Cuando llevaba un tiempo suficiente para interesarse por un hombre, aceptaba conversar con la “webcam” encendida, lo que le permitía contemplar a su interlocutor. Este sistema le produjo, poco a poco, amargas decepciones, por cuanto a quien había imaginado cual galán de cine en la plenitud de su vida, resultaba ser una persona fea, calva, enclenque y con ojeras.

Por eso, cavilando, decidió cambiar de táctica y recurrir a la “webcam” desde el inicio de una relación, para evitar así desperdiciar el tiempo con hombres que no le atrajesen físicamente.

Dicho y hecho;  en cuanto conectaba con un nuevo compañero de “chat”, lo primero que le decía era que ella solo sostenía una relación si podía ver a la persona con la que se relacionaba. Así que dejó de imaginarse príncipes azules y sin cortarse un pelo, le pedía al caballero de turno que se levantase, se diese la vuelta, girase sobre sí mismo e incluso que se desplazase unos pocos pasos hacia atrás en la habitación, pues ante todo  quería asegurarse de que el físico de esa persona le resultaba agradable, todo eso  tras haberle contemplado primero la cara con suma atención.

No tardó en darse cuenta de lo mentirosa que era la gente, sobre todo por lo que se refería a la edad, la apariencia y el estado civil. Lo de la edad quedaba saldado a la primera mirada a la pantalla, ya que formaban un numeroso grupo los que le decían que tenían menos de 50 años, los cuales, nada más conectarse a la “webcam”, cumplían 10 ó 15 años de golpe.

Respecto a la apariencia, era casi imposible que alguien  se reconociese como feo, o bajo, ni siquiera del montón, ya que todos se creían apuestos y de aspecto seductor.

También eran frecuentes los casos en los que le decían que eran separados, divorciados, viudos e incluso solteros, a los que se les aparecía la mujer  o un hijo, por detrás  para anunciarles  que la cena ya estaba lista. En estos casos, de coitus interruptus, ella contemplaba la escena con indulgencia, mientras su interlocutor balbuceaba unas palabras ininteligibles, justo antes de que la cámara se apagase.

No obstante y bajo sospecha, terminó saliendo con varios hombres a los que había conocido en la red. Unos representaban mejor que otros el papel que habían interpretado entre bambalinas, pero con ninguno llegó a formalizar una relación.


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