Luna, mi hermana desconocida, Cap 8 (final)

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— ¿Me extrañabas? — me dijo. Su nariz estaba pegada a la mía, y me miraba con esos ojos que me enamoraban.

— Mucho. — le dije. — ¿Querés tomar algo?

Ella acercó sus labios a mi oreja y me susurró.

— Quiero tomarme tu leche.

Fuimos al cuarto. Me senté en el borde de la cama. Luna se sentó de cuclillas, y desabrochó mi cinturón. Palpó mi miembro.

— Es muy grande. — susurró. Siempre lo decía. El tamaño de mi pija la fascinaba.

Desabrochó el botón. Bajó el cierre Mi verga era gruesa y venuda, y en ese momento estaba totalmente hinchada. La cabeza grande, parecía un hongo, pero mi hermanita la miraba como la cosa más linda del mundo. Se lo metió en la boca.

— Así te gusta ¿no? — preguntó maliciosamente.

— Sí bebé. — le contesté, y puse la mano en su nuca y empujé la cabeza hacia abajo. Ella la llenaba de saliva, y acariciaba mis bolas peludas con las yemas de los dedos. También me masajeaba las nalgas, cosa que me encantaba. Yo veía cómo su cabeza subía y bajaba para darme placer. Y cada tanto se detenía un instante para mirar la expresión de placer en mi rostro.

— ¿Me vas a dar toda la leche? — me decía, y luego se la metía de nuevo en la boca.

— Sí bebé, toda.

— ¿toda, toda? — insistía.

— Sí mi amor. Seguí chupando.

— Quiero toda tu leche. Quiero tomarme tu esencia. — susurraba.

Le gustaba chupar mi pija, cosa que me hacía sentir afortunado porque la mayoría de las mujeres que conocí sólo la mamaban como una especie de favor. Pero Luna era diferente. A luna le encantaba chupármela, y ese día, mientras lo hacía llevó una mano a su propio sexo, el cual estaba empapado, y se llenó los dedos de flujos vaginales. Luego extendió la mano, y yo me incliné para chuparle los dedos. Estaban deliciosos. Luna empezó a pajear con vehemencia.

— Dame la leche mi amor. — me pidió. Abriendo la boca a la espera de recibir los chorros de semen.

— Sí mi amor. Tomá. — le dije. Y mi sexo escupió tres veces sobre el rostro angelical de mi hermanita.

Quedamos abrazados en la cama. Desnudos. El silencio era agradable. Le acariciaba la espalda con las yemas de los dedos, y sentía cómo se estremecía. Luna acariciaba mis piernas.

— ¿Por qué no te gusta sacarte fotos conmigo? — me preguntó de la nada.

— No es que no me guste. — le contesté. — Pero nunca subí fotos con mis parejas. No sé, me parece raro. — le mentí. En realidad, temía que nuestro padre viera esas fotos y me reconociera. Eso arruinaría nuestra relación.

— Pero yo quiero que todo el mundo sepa que te amo. — dijo ella, con un puchero. — ¿te da vergüenza porque sos mucho mayor que yo?

— Un poco — mentí de nuevo, agarrándome de su propia hipótesis. — no creo que a tu papá le guste que salgas con alguien tan grande.

— Mi papá es un hombre moderno, mientras sepa que me tratás bien, no va a haber problemas. — levantó la cabeza, y me dijo. — vos le vas a caer bien. Ese comentario me perturbó mucho.

— Hablemos de eso en otro momento ¿querés? — la esquivé, sabiendo que pronto tendría que enfrentarme a ese pedido de nuevo, y pronto me vería obligado a terminar con ella. La amaba, y por eso no quería arruinarle la vida. — a ver date vuelta. — le dije, pensando que mientras dure nuestra relación, lo disfrutaría al máximo.

— ¿Qué querés hacer? — me preguntó.

— Quiero enterrarte el dedo en el culo. Nunca lo hicimos.

Luna giró sobre sí misma. Apoyó su cabeza en la almohada. Cerró los ojos, como queriendo dormir, pero flexionó levemente una pierna, como invitándome a hacer lo que quiera con ella.

La agarré de un glúteo. Separé sus nalgas. Vislumbré el agujero oscuro. Me chupé el dedo y lo llené de saliva. Acaricié la entrada del ano, y enterré hasta la primera falange del índice en ella.

Luna exteriorizó su sensación en un leve movimiento corporal. Entonces enterré de nuevo mi dedo, esta vez hasta la segunda falange.

— ¿Te gusta?

— Ajam.

Metí y saqué el dedo una y otra vez, enterrándolo un poco más en cada penetración. Cuando lo sentí dilatado, empecé a escarbar tanto con el índice como con el dedo corazón.

En principio sólo logré enterrar hasta la primera falange de ambos dedos. Pero fui presionando más y más, y el ano se dilató más de lo que hubiese imaginado. Luna se sacudía en cada penetración, y gemía de placer.

— Meteme la pija. — me pidió.

— ¿Qué? — pregunté sorprendido.

— Meteme la pija en el culo. — dijo, casi gritando.

Yo estaba seguro de que la iba a lastimar, pero estaba tan caliente como ella, y también quería sentir cómo era hacerlo con ella por ese lado.

— No te pongas el forro. — me dijo, cuando me vio abriendo el paquete de preservativo. — dale, Metémela en el culo, por favor.

Esas palabras eran música para mi oído. Separé sus nalgas de nuevo, y con la mano libre apunté mi cañón a su ano. Metí apenas la puntita y ella se retorció.

— Sí, cogeme. — dijo, percibiendo mi duda. — despacito, pero no dejes de cogerme.

Fue un trabajo lento y difícil. Y no disfruté mucho de esa penetración, aunque los gemidos de dolor y placer de luna, valieron el esfuerzo. Le enterraba apenas unos centímetros del glande, y cuando ella me indicaba, lo retiraba suavemente. Repetí la acción una y otra vez, pero nunca pude siquiera meter la cabeza entera.

— ¿Te duele mi amor?

— Sí, pero no pares por favor. Me gusta sentirte en mi culo.

Me dolía la cabeza del pene de tanto introducirlo en ese agujero. Pero si Luna se la bancaba, yo también debía hacerlo.

Cuando sentí que ya estaba por acabar dejé de penetrarla y empecé a masturbarme.

— No. — dijo Luna — acabá adentro.

Mi hermanita resultó más guarra de lo que imaginé.

Aceleré las embestidas. Cada vez que la pija chocaba con su culo, Luna largaba un grito que seguro escuchaban hasta los vecinos. Le di el gusto y le llené el culito de leche.
Quedé exhausto, abrazado a ella. Luna se levantó y fue al baño. Mientras caminaba pude ver como el semen que había depositado adentro suyo, se chorreaba por sus piernas.

Volvió luego de darse una ducha. Sonreía como si hubiese hecho una travesura. Me abrazó.

— Te amo. — me dijo.

— Y yo te amo a vos hermanita. — susurré yo, sin darme cuenta.

— ¿Qué? — preguntó ella.

— que yo también te amo. — dije.

Esa noche fue la primera en que se quedó durmiendo conmigo.

Al otro día le di el gusto y me saqué una foto con ella, la cual subió a su Instagram. No puedo decirle que no a nada. Y en todo caso, si el imbécil de nuestro padre se da cuenta de quién es el tipo que abraza a su hija en la foto, confío en que no le diga la verdad, al menos en principio. Sé que está mal ocultarle algo así a Luna, no se lo merece, pero nunca había amado tanto a alguien, por lo que opté por disfrutar de ella, y vivir feliz el tiempo que dure esta mentira.

 

Fin


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