PERDIDOS

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Antonio acudió al ayuntamiento para pagar un recibo que el Banco devolvió por error de un empleado. Como no sabía a qué departamento  correspondía preguntó a un funcionario que le dio una indicación que no entendió bien. Se dirigió al fondo de la amplia sala del vestíbulo, de donde partían varios pasillos que conducían a los distintos departamentos. Preguntó todavía a algunos funcionarios más que le iban señalando distintas direcciones, subiendo y bajando pisos, unas veces en ascensor y otras a pie porque los ascensores estaban averiados u ocupados y tardaban en llegar. De los cuatro que había sólo funcionaban dos.

Miró su reloj. Hacía una hora que se encontraba allí, en el Consistorio, ahora en una especie de semisótano, en un largo y poco iluminado pasillo, con oficinas a ambos lados, unas tenuemente iluminadas, otras oscuras, todas ellas vacías de personal. Vio una silla al fondo del pasillo y se sentó, estaba agotado. Oyó pasos y puso atención. "Espero que el funcionario que venga me ayude a salir de este laberinto", se dijo para sí mismo. De una de las oficinas que parecían vacías apareció un hombre desgreñado y con traje raído.

- ¿Quién es usted? -le preguntó el recién llegado- ¿Trabaja aquí?

Antonio se levantó de la silla. Le dijo que era un ciudadano que había venido a pagar un recibo y se había perdido entre los pisos y los pasillos del ayuntamiento.

- Hace semanas que no veo a nadie por aquí, estoy desesperado, no sé cómo salir a la calle -le dijo el recién aparecido. 

- ¿Cómo es posible eso? -le preguntó Antonio.

- A usted también le está pasando, me temo. Podemos morir de inanición si no encontramos pronto la salida a la calle.

- Si lleva tiempo aquí, ¿cómo sobrevive?

- En uno de los pasillos hay una máquina expendedora de agua y sánwiches, pero se está quedando vacía y yo sin monedas. ¿Trae usted dinero?

Antonio sacó de un bolsillo interior de la chaqueta su cartera y comprobó que llevaba dos billetes de 10 euros y unas cuantas monedas de euro, de diez y de cincuenta céntimos. 

- Con eso podremos comer algunos días, pero después, cuando se acabe el contenido de la máquina expendedora tendremos que comernos los archivos de estas oficinas.

- Pero qué dice, esto no es posible. ¿Cómo no vamos a poder salir de aquí?

- Ya le he dicho que llevo aquí semanas, estoy sucio, barbudo, durmiendo en sillas y mesas de esas oficinas vacías. Nadie viene por aquí. Ahora, al menos, no estoy solo.

- No cuente conmigo para quedarme aquí, no voy a parar de buscar la salida hasta que lo consiga. Creo que usted ha renunciado a intentarlo por pereza o conformismo.

- He intentado de todos modos salir de aquí, se lo aseguro, ya se desengañará.

Antonio se alejó de quel hombre y siguió buscando una salida. Un pasillo le llevaba a otros, todos iguales, semioscuros, con oficinas vacías a ambos lados. Dentro de ellas no había nadie, todo estaba en desorden, carpetas, archivadores, documentos, por los suelos o amontonados en sillas y mesas. Al cabo de un par de horas volvió al mismo sitio en el que se encontró con el hombre perdido. Lo vio sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

- Se lo advertí, no encontrará la salida. ¿Tamnpoco ha visto la máquina expendedora de agua y bocadillos?

- Sí, la he visto pero no recuerdo dónde.

- No se preocupe, yo sé encontrarla. A partir de hoy tendremos que racionar su contenido para que dure más tiempo. Somos dos a comer y a beber, a no ser que caiga por aquí otro ciudadano perdido.


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