COMUNIDAD DE BIENES parte 1

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     COMUNIDAD DE BIENES

 

Había salido a dar un paseo por el barrio para estirar las piernas, cuando la vio. Venía caminando hacia él y se le quedó grabada para siempre la impresión que le produjo. Ni en sus mejores sueños había imaginado que pudiese existir una criatura como aquella. Era perfecta, sencillamente perfecta de la cabeza a los pies. Rondaría los 30 años, pero ese era un defecto que se le podía perdonar, porque era inevitable, aunque en realidad no debería estar sometida a la esclavitud de cumplir años, con todo lo que ello conlleva.

Al pasar junto a él, dejó un leve aroma perfumado tras de sí y continuó su camino, con excelsos pasos de gacela, como si la acera de la calle fuera una pasarela de modelos. Roberto no dudó un instante y dándose media vuelta comenzó a seguirla con discreción. Tras dejar atrás dos manzanas, la vio meterse en un portal de un lujoso edificio, por lo que aceleró el paso y le dio tiempo a verla como se introducía en el ascensor y como el luminoso que marcaba los pisos  se detenía  en el 8º. Aprovechando que el conserje no estaba en su puesto, examinó los buzones y observó que solo había 2 pisos por planta. En el 8º derecha figuraba el nombre de Donato Rivera Molina, solamente, pero en el 8º izquierda aparecían los nombres de Emilio Campoy Lucena y el de Rosalía Bermúdez Asensio, por lo que pensó que lo más probable es que ella fuese  Rosalía y, sin dudarlo,  ningún nombre le habría parecido más apropiado para nombrarla.

Continuó su paseo con un único pensamiento: tenía que ser suya, no importaba de que manera conseguirlo, pero no podría continuar viviendo si no lo conseguía. Como aquel día había comenzado sus vacaciones anuales, que siempre tomaba fuera de los meses de calor, pues detestaba las playas y sus aglomeraciones, disponía de todo el tiempo del mundo para dedicarse en exclusiva a su propósito. Lo primero que tenía que hacer, se dijo, era averiguar quien era en realidad Emilio Campoy Lucena, ya que la primera impresión que daba  era de que se trataba del marido. Al llegar a casa, una hora más tarde, consultó en internet, por si aparecía el citado Emilio. Cuál fue su sorpresa cuando vio su foto y su currículo; se trataba del dueño de un imperio textil, de 72 años y aparecía, entre otros datos biográficos,  casado en segundas nupcias con Rosalía.  Bueno, se dijo, ya he adelantado bastante por hoy;  de momento ya sé que les separan más de 40 años, lo que traducido al Román Paladino es que ahí no puede haber amor, ni pasión alguna por parte de ella.

Al día siguiente se apostó en la acera de enfrente del edificio donde vivía ella, con una cámara de fotos y vídeo,  dispuesto a hacer guardia, a las 11 de la mañana. Llevaba casi 2 horas de espera, cuando un lujoso coche, conducido por un chofer uniformado, se paró delante del portal y apenas unos minutos más tarde salió ella y el chofer le abrió la puerta trasera. Inmediatamente paró un taxi y le dio la orden de seguirlos, lo cual fue sencillo,  porque el chofer conducía muy despacio. Cuando transcurrieron  unos 10 minutos, el coche se detuvo y ella se bajó, por lo que pagó al taxista a toda prisa y la vio entrar en un Auditorio, mostrando una tarjeta. El pagó el tique y al entrar en la sala,  observó que ella se había sentado en una de las primeras filas,  donde al parecer,  le había reservado asiento una amiga, y conversaban animadamente. Cuando el conferenciante comenzó su charla, cesó el parloteo y los asistentes se dispusieron a escuchar con atención.

La conferencia versaba sobre la pintura francesa del siglo XIX, pero él no mostró la más mínima atención y estuvo todo el rato enfrascado en sus pensamientos. Al cabo de una hora, más o menos, terminó la perorata y el público se levantó de sus asientos disponiéndose a salir. Rosalía y la amiga, se dirigieron caminando hacia un restaurante cercano, en el que entraron,  supuestamente,  a almorzar. Como él sentía hambre, se percató de que justo enfrente había una cafetería, desde la cual podría estar vigilando la puerta del restaurante, por lo que allí se fue. Se sentó en la barra, justo a la entrada, de modo que tenía una panorámica completa de la calle. Pidió el menú y eligió 2 platos Mientras comía, pensó que a donde le llevaría este seguimiento del objeto de sus deseos, pero se dio ánimos, convencido de que algo debía esconder una dama de sus características, casada con un vejestorio.

Cuando terminó de comer, pidió un café y un brandy, pero pagó la cuenta mientras lo consumía, para poder salir a toda prisa en el caso hipotético de que ellas se le adelantasen. No fue así y tuvo que esperar en la calle un buen rato, hasta que las vio salir y despedirse en la puerta.  Rosalía paró un taxi y él hizo lo mismo, dando instrucciones al chofer de seguir al de Rosalía. El trayecto no fue muy largo, pero el taxista de Rosalía era un conductor suicida, mientras que el de Roberto era un anciano decrépito, por lo que tuvo que prometerle que le pagaría el triple de lo que mostrase el contador, para que su chofer se lanzase, despepitado,  en la persecución del otro. Cuando parecía que los habían perdido de vista definitivamente, los sobrepasaron, puesto que el taxi del suicida se había detenido y Rosalía estaba pagando la carrera. Roberto hizo lo propio con el suyo, suculenta propina incluida.

Mientras los vehículos se alejaban calle adelante, Rosalía se introdujo en el portal de un edificio moderno y se dirigió hacia un ascensor,  en el que entró y se cerraron las puertas. El miró  el luminoso y observó que se detenía en la 7ª planta.  Consultó los buzones, como la otra vez, pero se encontró que en esta ocasión había 6 pisos por planta. No obstante, tomó nota de todos los nombres que aparecían y se dispuso a salir del edificio. No sabía si volver a su casa, o continuar el seguimiento de Rosalía y finalmente optó por lo primero, diciéndose que por aquel día podía dar por terminada su labor.

Al llegar a casa estuvo estudiando los datos que había anotado, pero eran demasiados para sacar conclusiones rápidas, como la otra vez. Sin embargo consultó en internet y a la vista de lo que apareció en pantalla, descartó como improbables a 3 de ellos, por cuanto se trataba de sociedades mercantiles en 2 casos y de una anciana en el tercero. Los 3 restantes eran un abogado de 44 años, un médico del que no ponía la edad y un escritor de 38 años


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