Parte del libro 6 ?UNA DULCE MADRILEÑA? amor y erotismo.

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Seguimos nuestro largo paseo nocturno, hablando de todo un poco, hasta llegar al parque de la Ciudadela. No había nadie en la calle y se había levantado un poco de viento que le despeinaba el pelo cubriéndole la cara. Atravesamos el Paseo Picasso para recorrer en silencio, cogidos de la mano, aquel misterioso camino cubierto por grandes arcos de piedra y bordeado de viejas tiendas que vendían durante el día, cítricos y frutos secos. Así llegamos hasta el «Aire de Barcelona». Un gran espacio de 300 metros cuadrados excavado en el subsuelo de un edificio colonial donde habían construidos unos baños árabes. Un gran Hamann, formado por un circuito de siete piscinas con diferentes temperaturas de agua.

—Entremos, venga…—le dije cogiéndola de la mano y tirando de ella tras de mí – Vamos a darnos un baño caliente y un masaje relajante. Venga…ven. 43

— ¿Cómo? – Me preguntó maravillada – ¿Pero dónde? Son las doce de la noche. ¿Pero qué quieres hacer?

—No te preocupes, cierran a las 1:30h. A lo mejor hay sitio todavía, y nos dejan entrar —le dije para animarla y vencer su duda.

—Pero yo no tengo bañador.

—No importa, yo tampoco. Con la oscuridad del sitio no se darán cuenta de nada. Y, además…un bañador no es muy diferente de la ropa interior ¿No?

Efectivamente, no se dieron cuenta de nada. El espacio termal estaba extrañamente desierto. Una vez comprada la entrada, nos dieron los albornoces blancos correspondientes y las zapatillas de plástico blancas para entrar en el agua. Tras gustar una taza de té caliente de frutas, «cortesía de la casa» nos aventuramos a descubrir el lugar. Uno se perdía entre aquellas paredes perfectamente restauradas, hechas de ladrillo antiguo. Entramos en la piscina de agua caliente, después en la de agua fría, en la tibia, en la bañera de agua dulce y la de agua salada. Y después…fue el momento de entrar en la bañera de hidromasaje que estaba deliberadamente iluminada solo con la luz de una vela, dado que estaba construida en una hondonada más baja que las otras piscinas. Los chorros de agua, que salían con violencia de los orificios laterales y del suelo de la piscina, le quitaron el sujetador. Martina no se dio cuenta.

Sus senos, bellos, redondos, jóvenes, no tenían necesidad de ningún sostén. Flotaban en la superficie como dos pequeños globos. El miembro se me puso duro, no duro, durísimo. Parecía que quisiese salir de mis calzoncillos. Estaba tan excitado con la visión de aquella carne joven y deseosa de sexo, que me la tocaba bajo el agua. Si no hubiese estado el vigilante, me la habría follado. Moviéndome en el agua, me acerqué aún más a ella e hice que lo sintiera apoyándoselo levemente por detrás. Martina me miró, pero no dijo nada. Aquellos ojos, aquella mirada, fue un tácito acuerdo de lo que más tarde habría ocurrido entre nosotros si hubiésemos seguido viéndonos. A pesar del gran feeling que había entre nosotros, seguía pensando que era demasiado joven para mí. Y aquella idea no me abandonada ni un instante. Cuando volvimos a casa, a altas horas de la noche, me despedí dándole un beso inocente en la mejilla. Pero, antes de entrar en mi apartamento, me agarró de una mano y con una sonrisa me dijo…

 —Gracias de verdad Samuel. He pasado una noche fantástica. Espero pasar más momentos como este junto a ti.

—Martina…—le respondí —no me tienes que dar las gracias, no te he hecho ningún favor. Y, además, yo también he estado muy bien contigo.

Cerré la puerta y me metí en la cama. Pensé que hubiese sido una noche aislada y que no repetiríamos el juego. Me equivocaba. En contra de mi profética previsión, las salidas a cenar se repitieron varias veces más, hasta que ocurrió aquello que temía.

He entendido que la felicidad no consiste en encontrar a alguien a toda costa para hacer un camino junto. Ser felices significa tener a ese alguien que nos hace vibrar el alma y latir el corazón. Solo con esa persona aquel camino tiene un sentido. La mayor parte de las veces, la felicidad se esconde en la periferia de lo que hacemos. Y aunque no sea evidente, es accesible a cualquier ser humano a prescindir de su fortuna, de su condición social y de sus capacidades intelectuales. Porque la felicidad no depende tanto del placer, del amor, de la consideración o de la admiración de los otros, sino de la plena aceptación de uno mismo, que consiste, en tener el coraje de recorrer el camino para el que hemos nacido. He pensado, según mi filosofía de vida, que no todos nacen para hacer las mismas cosas o seguir los mismos caminos. Tener un trabajo, una familia, tener hijos. Cada uno de nosotros encierra en la hondura del propio ser una semilla distinta que germina de forma diferente y que necesita de otras cosas. Esa semilla representa lo que estamos destinados a ser y a convertirnos. 

 


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