Amerizaje en Maldivas

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El avión fue suavemente descendiendo, y las mil voces en mi cabeza querían estallar en pánico al ver acercarse el oceano. Agua por todos lados y absolutamente nada más. Pero solo yo sabía lo que iba a ocurrir, solo yo estaba conectado con la mente del piloto ( Angus, noruego, divorciado, mujeriego, le gustaba el snowboard).

Pero no. Horas despues, caminábamos por las viejas casas colgadas de las Maldivas. Ventanucos desvencijados, pintura raida, ropa colgada. El empedrado del suelo, ya gastado de tantas ruedas y pasos, era un museo en sí. 

Detrás de los tejados, la noche pacífica, quieta, apenas una brisa tahitiana en nuestras caras. Mil explosiones de fuegos artificiales empezaron a iluminar el pueblo. 

"¿Papi, tambien fuegos?" - Me miró sospechosa mi cría.

Sonreí culpable. Haría cualquier cosa para que me perdonara. Y ella lo sabe. Quizá me excedí pero esperaba ansioso a que apareciera el Mont Blanc a la vuelta de la callejuela, miles de abetos, toneladas de nieve, ciervos, osos, y la cabaña de montaña con su chimenea encendida. No pegaba, era consciente. Pero teníamos solo dos días de vacaciones, había que hacer cosas. 

Justo al llegar a la esquina, borré el paseo por el American Institute de Chicago, para ver el Viejo Guitarrista de Picasso. Ya otra vez... Eso sí, tomé nota del bug del amerizaje. Algo falló ahí. 


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