Mi primer motel... (A los 28 años, mi historia real)

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Me sentía un poco nervioso, ya que era la primera vez que me dirigía a un lugar como ese. Mi compañera iba silente, sus manos sudaban, quizás era producto del nerviosismo o la ansiedad. Por lo menos yo sentía eso, pero lo disimulaba bastante bien.

Entramos a las instalaciones de aquel desconocido lugar. Era una atmósfera rara para nosotros -en un momento soltamos un par de carcajadas, porque la vergüenza recorría de cierta manera nuestros pensamientos-. Todo era muy misterioso, muy privado, y no me podía ni imaginar todas las historias que guardaban esas cabañas. El lugar parecía sacado se una película futurista, todos los portones se habrían y se cerraban automáticamente, y la comunicación con el personal que nos atendía esa solo por citófonos (me daba la impresión de estar hablando con robots).

Abrí la puerta de la habitación con una timidez que muy pocas veces sentí en mí…

Entramos al cuarto y la luz era cálida, perfecta para la ocasión. La cama blanca -decorada con velos que bajaban desde el techo a cada una de sus esquinas- nos invita a acostarnos y a desatar nuestra pasión. El cuadro colgado en la pared que mostraba una playa con palmeras, nos hacía sentir una sensación veraniega y echaba al olvido las lluvias torrenciales que habíamos pasado las últimas semanas. El jacuzzi sería la guinda de la torta...

Recorrimos con la vista todo el lugar, y luego de visitar el baño, y acomodar nuestras pertenencias en las sillas de aquel cuarto del amor, nos acostamos y nos abrazamos -como es tradición cada vez que estamos en una cama y pucha que adoro eso-...

Buscamos alguna programación entretenida en la televisión con el fin de acabar con el silencio que abarcaba cada rincón de la habitación. Mientras recorrimos los canales de la TV, decidimos averiguar si realmente los canales para adultos estaban habilitados en los moteles, y lo comprobamos al ver una escena de un trío practicando el sexo duro (creo que me sonrojé un poco al ver a esos artistas del placer xd; sería muy difícil para mi llegar a ese nivel).

Mientras nos abrazamos, conversábamos lo entretenida que había sido la situación de estar ahí, y a medidas que pasaban los segundos, comenzábamos a sentir más nuestra la habitación, la cama, el espacio completo.

Al rato comenzamos a besarnos, tocarnos, pero creo que fui muy rápido, y pasando un par de segundos, mi compañera se detuvo y me obligó a detenerme. Eso me dio un poco de pena, solo por el hecho que no quería incomodarla, no quería hacerla sentir mal, ni convertir esta experiencia en algo desagradable.

Volvimos a abrazarnos -siempre es un buen momento para un abrazo- mientras veíamos una película de comedias. Estaba entretenida pero el sueño se empezaba a apoderar de mí, y el hombro de mi princesa hacía de cabecera perfecta para sumirme en el descanso…

Pasado el rato, y luego de tener un micro sueño, me paro de la cama para ir al baño. Volví y le ofrecí a mi amada algo para comer; después de un largo debate en que pide tú, y no, pide tú; pedimos pizza. Luego de comer, nos tiramos a la cama y…

Nos abrazamos y comenzamos a besarnos… En solo dos segundos comencé a sentir como mi corazón comenzaba a latir de una manera desenfrenada y pude notar como toda mi sangre recorría cada arteria y cada vena de mi cuerpo. Mi aliento se comenzaba a agitar mientras pasaba lo mismo con la respiración de mi dama… Poco a poco subía la temperatura y sus besos me hacían casi explotar de placer; placer no que sentía hace mucho, pero mucho tiempo. A medidas que disfrutaba con cada gota de elixir que me convidaba de su boca, mis manos no dejaban de recorrer su cuerpo, desde arriba hacia abajo, y desde abajo hacia arriba, sintiendo cada poro de su piel, gozando de cada línea de su cuerpo que no hacían mas que pedirme que no me detuviera… Por un momento solté su boca para desatar mis instintos de vampiro e ir directamente a saborear su cuello -mi lengua se volvía loca- mientras mi mano derecha hacía caso omiso de la resistencia del sostén, para acariciar y apretar el pezón que ya hacía duro como un diamante. Mi cuerpo estaba tan caliente que no podía dejar de frotar mi sexo con el suyo -nuestras prendas de ropa estaban casi en llamas-. Ella se desprende de su polera blanca con rosas azules, mientras yo hago lo propio con mi polerón. Al ver sus pechos por medio del sostén, mi boca envidiosa de mi mano, bajó hasta sus pechos para saborear y disfrutar de las formas de sus senos. Fue tanto el disfrutar de ella, que automáticamente se desprende de su brasier y yo aprovechaba el instante para sacar mi polera. Vuelvo a ponerme encima de ella, mientras mi piel se juntaba con la de ella, nuestras lenguas danzaban al compás de nuestra frenética calentura; calentura que teníamos arraigada en nuestros cuerpos desde hace ya un tiempo…


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