Cuidando a mi sobrina huérfana 5 (fin)

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Al otro día me tocó franco, y me quedé en casa a esperar a que venga de la escuela.

De repente apareció mi mamá.

— Te estás llevando bien con la nena ¿no? — no sé porqué, pero creo que en su pregunta había cierta ironía.

— Sí, la verdad que sí, es una buena piba.

— Le dije a tu papá que la semana que viene empiece a hacer la pieza para ella. Así vos, el día de mañana, cuando te juntes, ya tengas un cuarto libre para tu hijo.

— La verdad que ahora no estoy pensando en hijos.

— No, ya se que no Gabriel. Bueno, te dejo. Enseguida viene Mica, y le voy a pedir que me ayude con unas cosas, así, de paso, tenés la casa para vos solo un buen rato.

— Está todo bien ma. Mica no me molesta para nada.

— Ya sé que no, hijo.

Recién a las cinco Mica apareció en mi casa.

— La estuve ayudando a la abu.

—Ya sé, me contó.

— necesito que me ayudes con la tarea tío.

Sacó la carpeta de la mochila y apuso sobre la mesa.

—Si, dale. — le dije, extrañado de que no me salude con un beso en la boca.

Me senté, y ella enseguida se sentó en mis rodillas.

— Mirá, ¿qué te parece este resumen?

Fingí leer el resumen, pero me dediqué a hacer lo que debí hacer la primera vez que se sentó encima de mí.

— Te faltan corregir algunas faltas de ortografías. — le dije, apoyando la mano en su rodilla. — Y nunca tenés que empezar una oración con la palabra pero. — agregué, rozándole la piel con las yemas de los dedos, mientras subía, despacio.

— ¿ah si? — dijo ella, casi gimiendo.

Llegué hasta su pollerita escocesas, y metí la mano por debajo, estimulando sus muslos.

— Que rico se siente. — dijo mi sobrina.

Con la otra mano le levanté la pollera. Tenía una tanga rosa. Los labios vaginales estaban muy marcados debido a que la prenda estaba empapada.

— Que rápido te mojás zorrita.

— Es que vos me ponés así tío.

Corrí la tela de la tanga a un lado y enterré un dedo, el cual se llenó de sus ricos jugos. Luego lo retiré, y me lo chupé.

— Me encanta tu gustito a concha. — le susurré, para luego darle un beso, compartiendo el sabor prohibido que tenía en el paladar.

Después la puse sobre la mesa. Ella se acomodó y abrió las piernas. Arrastré la silla para adelante, para estar bien cerca de su sexo. Besé sus muslos, dejando huellas de saliva cada vez que me acercaba a su sexo. Olí los jugos vaginales, y luego empecé a chuparle la concha. Mi cara se empapó de sus fluidos. La agarré de las caderas, apretándolas con fuerza, mientras me comía la conchita de mi sobrina. Debí ser más precavido, puesto que mamá podría aparecer en cualquier momento, tal como lo había hecho al mediodía. Pero en ese momento solo me importaba saborear el sexo de Micaela. Comencé haciendo masajes circulares con la lengua, en el clítoris, y no tardó en acabar.

Era encantador verla sobre la mesa, con el uniforme de colegiala desprolijo, agitada, con la pollerita escocesa levantada, y su sexo expuesto y empapado.

Enterré mi rostro de nuevo entre sus piernas, tomé de su jugo prohibido. Luego hice que se siente sobre mí. Introduje mi pija moricilloza en ella, y con sus poderosas piernas Mica se encargó de todo. Yo solo me quedé sentado, con la verga al palo, mientras ella flexionaba las piernas para clavarse mi sexo, y las enderezaba, una y otra vez, generando una sensación deliciosa. La abracé, acaricié su culo, duro como una escultura y terso como un bebé. Sentí el aroma de su pelo, que se mezclaba con el olor a sexo, y pensé, mientras explotaba en un orgasmo, que en la vida no había nada que me importara más que ella y que quería estar así toda la vida.

Fin


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