Amores que no.

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Desperté cuando llegaron. Estaba dormida en un sofá de la casa rural a la que fuimos a pasar el finde. Éramos un grupo de quince personas, varios eran amigos míos, y los que no, amigos de amigos o sus parejas. Habíamos pasado la mañana haciendo senderismo, y después la tarde en la piscina, retomando viejas amistades y conociendo al resto mientras tomábamos cervezas. Cuando llegó la noche, hicimos barbacoa para cenar en el patio y continuamos charlando hasta tarde, cuando empezó a retirarse gente a dormir.

Mi novio se fue de los primeros, yo ya le estaba notando cansado, así que no me sorprendió cuando se despidió.

- Me voy a dormir, te veo luego. - le brillaban los ojos por el sueño y el alcohol. Me dio un beso, al que respondí con una sonrisa cariñosa y una caricia - hasta luego, cari. Y luego él, en alto: caballeros, ha sido un placer, mañana más. 

Poco a poco se fue vaciando la mesa. Cuando solo quedábamos siete, me atacó el sueño, y fue mi momento de retirarme. Fui a la habitación que compartía con mi novio, pero la cama ya estaba ocupada por dos personas, su mejor amigo estaba allí también. Debían de haberse quedado dormidos hablando. No quise despertarlos, así que me despejé un poco y me dirigí al salón, donde había tres chicas conversando. Ninguna era amiga mía, pero ya habíamos pasado todo el día juntas y nos habíamos caído bien, así que me quedé hablando con ellas hasta que nos fuimos quedando dormidas. 

Cuando desperté, la sala estaba a oscuras. Una de las chicas se había ido a una habitación y debía  de haber apagado la luz al irse. Me despertó la luz de la entrada y las voces del último grupo, que se estaba despidiendo en voz baja antes de irse cada uno a su habitación. Estaba observándolos entre sueños cuando de repente un amigo mío se tropezó con el sofá en el que yo dormía, al intentar llegar a su cuarto con las luces apagadas. Me dio un pequeño susto, así que me incorporé un poco de un salto.

- Perdón, no había visto el sofá - Me dijo susurrando.

- No pasa nada - le dije en el mismo tono.

- ¡Anda! Eres tú, ¿verdad?

- Sí.

- ¿Estás despierta? - Me reí.

- Sí, claro, ahora sí. - Noté que sonreía sarcásticamente, la claridad que había permitía ver una vez te acostumbrabas a la penumbra.

- Ya, chica, me refiero a despierta despierta.

- Sí.

Se sentó en el suelo, desde donde podía hablar más cómodamente conmigo en voz baja, ya que yo seguía tumbada en el sofá y empezó a contarme cosas de su vida. 

Era un amigo de la universidad, y hacía cinco años que no hablábamos. Propuse el plan en el grupo de clase, sin tener muy claro por qué, ya que no hablaba regularmente con ellos y no pensaba que ninguno de ellos se apuntaría en realidad. Pero había venido, uno de los mejores, de los que más había echado de menos. Había venido también con su pareja, que dormía ya en una de las habitaciones. 

Me contó de los trabajos por los que había pasado, cómo ahora estaba contento, pero hubo uno en el que no le habían tomado en serio por más que se lo hubiera currado. Resoplé, pues yo también tuve una experiencia parecida en mi anterior empresa, EmpresaA.

- No. - Pude ver como el asombro y la risa brillaban en sus ojos.

- ¿No qué? 

- Que es el mismo sitio, debiste de entrar cuando yo me fui. ¿Conoces a Manuel, Enrique y Cipriano? - Me reí, esos tres fueron mis compañeros, y una de las razones por las que dejé la empresa.

- Sí, ¡cómo no! Vaya personajes. Manuel se salvaba un poco, pero solo por comparación. - se rio.

- ¡Justo! Qué pena que no entráramos juntos, a lo mejor podíamos haber hecho algo por cambiar las cosas entre los dos.

- Ya, el problema es que solo contra los inamovibles dinosaurios, te agotas. - Asintió.

Era como si el tiempo no hubiera pasado y no nos hubiéramos distanciado años, sino un par de semanas. Pasaron las horas charlando de antiguos compañeros y experiencias compartidas, de las cosas que habíamos vivido en el tiempo en el que no hablamos. 

No quería que la noche acabara ni dejar de hablar, pero estaba realmente cansada, y debían de ser las seis de la mañana. Se me estaban cerrando los ojos, y lo que era una conversación pasó a ser un monólogo, en el que él hablaba mientras yo asentía de vez en cuando para que no se callara. Había recordado la atracción que sentía hacia él en la uni, una atracción que nunca había sido compartida, ya que él ya estaba desde antes de que yo lo conociera con la misma chica, la misma que ahora estaba durmiendo en alguna habitación de la casa. Lejos de obsesionarme, cómo me había pasado en tantas ocasiones antes de conocerlo, esa atracción se convirtió en una amistad tranquila, de esas que sabes que pueden durar, porque hay confianza y cariño. Y así había sido hasta ahora, a pesar del tiempo distanciados. 

Estaba totalmente relajada y medio dormida, cuando noté que me estaba mirando fijamente. Debía de haberse dado cuenta de que no le estaba escuchando. No sé cuánto tiempo había estado así, pero cuando enfoqué la vista y le miré me sonrió, con las primeras luces de la mañana y algo más brillando en sus ojos. 

- Voy a dormir aquí, contigo. - No era una pregunta, no en realidad, pero esperó un par de segundos para ver mi reacción. Le miré, un poco más despierta, y le hice hueco mientras sentía un cosquilleo por dentro de todo mi cuerpo. Se tumbó detrás de mi, acomodándome en su cuerpo y nos quedamos dormidos mientras llegaba el alba.


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