Mis vecinos del bajo.

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Manolo y Virginia eran mis vecinos del bajo, un matrimonio joven y extravertido. Él era practicante y ella ama de casa, tenían una niña pequeña y yo andaba por los dieciocho años. Ambos eran guapos y hacían muy buena pareja. Recuerdo que eran muy comunicativos y él trabajaba a destajo, estaba en el ambulatorio, en varias clínicas privadas y además hacia visitas a domicilio. Tenía un Seat-600 que lo llevaba de un lado para otro siempre con prisas. Me negaba a dejarme llevar, porque por el camino hacia tantas paradas de encargos que valía la pena ir andando. Además, no dejaba de hablar ni un segundo, te contaba todo lo que se le iba ocurriendo, de forma simpática, pero se hacía pesado. 

Ella tenía la sonrisa siempre puesta y como andaba con suficiente tiempo libre me daba conversación. Me gustaba hablar con ella porque además de simpática era muy guapa y picarona. Al despedirnos siempre pensaba que yo le gustaba, lo que me llevaba a elucubraciones cargadas de testosteronas. 

Con el tiempo ganamos en confianza y ella, bastante mayor que yo, iba cerrando el cerco con pequeñas provocaciones que me hacían hervir la sangre. Su forma de ponerme la mano encima, donde fuera, me ponía a cien, pero se sumaba de mi parte la timidez y el miedo a interpretar inadecuadamente sus manifestaciones de confianza, lo que me llevaba a una prudencia extrema. Era manifiesto, ahora lo entiendo así, que jugaba conmigo, le ponía un cierto aliciente a sus vacíos de soledad y también un ingrediente de morbo a su vida amorosa, que presumo un tanto incompleta. La cuestión es, que cada día me paraba más en la entrada de su casa y sus roces e incitaciones eran más atrevidas. 

Un día por casualidad nos encontramos en la playa, yo estaba con mi familia y ella venía sola con la niña, tan pronto nos vimos nos aproximamos y empezamos a hablar, entonces los bañadores eran ajustados y yo marcaba paquete. A poco ya me di cuenta que prestaba a este especial interés, incluso su forma de manifestarse era más seductora que en ocasiones anteriores. Al punto, que al marcharse tuve la sensación de que se iba deseosa de mí. En aquella época los avances con las chicas eran tan lentos, que juntarse en los bailes representaba un aliciente especial, los tíos estábamos muy salidos.

A partir del día de la playa, se volvió menos manifiesta y espontánea de gestos, pero a la vez más directa en cuanto a sus intenciones, ya no se conformaba con tan poco. Tenía sus prevenciones lógicas porque eran tiempos de una censura extrema, se habría visto mal incluso nuestras conversaciones, una mujer casada ¿qué hace dándole cháchara a un jovenzuelo?, podían pensar entonces perfectamente. 

Un día estaba atrevida, lo supe tan solo verla, su forma de mirarme era singular. Se buscó una excusa para jugar conmigo. Tenían un conejo grande que corría siempre inquieto de un lado a otro de la casa, ese día me pidió que le ayudara a cogerlo, me puse en ello con entusiasmo, pero el animal era listo y habilidoso y ella lo sabía, se nos escapaba por entre las piernas y los roces en cada ocasión se hacían más descontrolados. A pesar de mi timidez o de no controlar la situación, me fui enervando hasta quedarme patente. Aprecié como este hecho le hizo reflexionar, era un punto de atención a tener en cuenta, dejaba de ser un juego infantil, también percibí como ella no se achantó deseando seguir e ir a mayores, pensé igualmente que la niña no estaba en casa, era toda una conjunción de cosas. 

Nos quedamos parados muy juntos, ya no existía el conejo, había desaparecido de pronto, sentí uno de sus pechos intensamente pegados en mí, no tenía capacidad de respuesta. Ella sí, sentí su mano delicadamente sobre mi prominencia, respiré fuerte y acerté a ponerle la mía en su culo. Estábamos al lado de un sofá de dos plazas, podíamos habernos quedado allí mismo, pero no fue así, me cogió de la mano y me llevó a la habitación del fondo donde había una cama pequeña. Me costaba andar porque la llevaba a tope, cosa que no le pasó desapercibido. Cerró después de entrar y quedamos a oscuras, no encendió la luz, cosa que me hubiera gustado mucho. Con habilidad me bajo el pantalón y los calzoncillos, yo me dejaba hacer algo torpe por la emoción y la disposición de los espacios. Cuando quise darme cuenta ya estaba adentrándome en su cueva que me resultó tremendamente húmeda. Se había puesto delante y fue ella misma quien hizo lo necesario, yo estaba ignorante y demasiado aturrullado. Hacia un movimiento atrás y adelante muy deseosa, la sentía a reventar dentro, nunca había tenido unas sensaciones tan fuertes, pero no me corrí. Comenzó a gemir de forma placentera y a acelerar el ritmo, éste se hizo más intenso por momentos, creí que se me iba a romper dentro. Al poco me dijo con desespero que le diera fuerte, la sujeté firme por las caderas y cumplí sus órdenes, me volví loco. Ella comenzó a gritar de placer y a decirme cosas bonitas, incluso que me quería mucho. Ya no podía parar y sus gritos me exacerbaban, sudábamos copiosamente, estábamos empapados los dos. Sus gritos eran ya descontrolados, me sentía el Capitán Trueno, de pronto le solté todo mi cargamento y ella lo percibió y se contrajo, quedé atrapado y temiendo perderla dentro, rápido liberó la presión y solté el resto con verdadero placer. Le oí decir bajito, seguro que me quedo preñada. Tuve la impresión de contraerme yo en ese momento, ni podía imaginarme una cosa así. Después la mente me falla, pero creo que no hubo ni media palabra más, me la envaine y ella me invitó con gestos a salir.

Durante días no me atreví a pararme en su descansillo y además daba igual, porque ya no salía a esperarme como antes. Tuve que hacerme a la idea de que lo ocurrido había sido un accidente y no volvería a pasar. Curiosamente no quedé atrapado en la fijación de volver a experimentar con ella, lo di por finiquitado y punto. No coincidimos más en la entrada de su casa, pero un día pasé por delante de su ventana con persianas y la descubrí observándome fijamente. Mucho tiempo después también la sorprendí en la calle igualmente observándome interesada y esta vez me sonrió amigable y picarona, como ella era en realidad, me dio alegría y recordé sus gemidos. Durante días no me la quité de la cabeza, pero entonces tenía a Teresita qué se dejaba hacer y volví a la rutina y a olvidarme de ella. Años después me crucé con el matrimonio, la niña ya era una mujercita y les acompañaba un niño pequeño, no les perdí de vista ni un sólo instante. Tuve la sensación de que tenía mí misma cara, recordé entonces sus palabras y me quedé sobrecogido. No puede ser, me dije, pero no recordaba haberla vista preñada y coincidían muchas cosas, es algo que me hace, incluso ahora, pensar en pasado y futuro y no me deja en paz un instante.


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