LA CODICIA EN LOS HUESOS

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Lord Perilous Nescient, era geólogo. Sobrino de la Reina. Aristócrata venido a menos y jugador empedernido.

Embustero capaz de vender el alma al diablo por fama mujeres o dinero.

Su ocupación consistía en seleccionar objetos llegados desde los confines más extraños producto de la piratería. Cuando disponía de alguna oportunidad, la desperdiciaba, como aquella vez que vendiera el antiguo jeroglífico a Isaac Newton. Quien, al poco tiempo, armara la parodia de la manzana para enunciar su famosa ley.

Agobiado por deudas de juego, concurrió a los almacenes Montgomery a solicitar los acostumbrados “adelantos”. Fue allí donde se enteró que estaban a la búsqueda de un tasador de antigüedades para la región de Grecia y Asia menor.

Nescient no dudó. Desempolvó su título universitario y se postuló para el trabajo. Plan perfecto, ganar dinero y huir de los cobradores hasta tanto lo olviden.

Al día siguiente embarcaba hacia Atenas, destino al que llegaría dos meses después.

Al puerto de Pireo, atestado de navíos, llegaban exóticos productos africanos, orientales y todo lo que se robaba en mar o tierra.

La casa que le habían asignado era confortable. Jardín de Hortensias. Vista maravillosa al mar.

Lord Perilous Nescient fue presentado en sociedad en una fiesta fastuosa en las terrazas de la Colina. Conoció figuras provenientes de todas partes del mundo. Empresarios magnates científicos. Empleados jerárquicos de empresas o gobiernos. Aventureros cazadores y cazafortunas. Se encontraba en el lugar exacto para satisfacer sus ambiciones.

Poco a poco fue armando su pequeño imperio. Se asoció con banqueros y aseguradores. Compraba piezas de poco valor, los escribas inventaban una historia, aduaneros amigos certificaban la autenticidad. Las ganancias eran cuantiosas.

Estaba feliz. La suerte le sonreía. Se había transformado en un ganador.

En una partida de Póker en la casa del agregado militar Sir Ruthless. Además de varios miles de libras ganó un barco anclado en el puerto con carga y tripulación. Por lo que se apersonó en los muelles para tomar posesión de lo ganado y comprobar su utilidad. Las bodegas contenían un premio increíble. Los esclavos contaron que provenían de islas del Egeo.

Ordenó inventariar las mercancías. El baúl que encontrara en el camarote del capitán fue directo a su casa. Por la mañana mientras bebía una taza de café árabe, abrió el cofre y comenzó a revisar su contenido. Bitácoras de viaje, recuerdos familiares, baratijas, un manuscrito estirado sobre cañas de bambú escrito en enigmática lengua.

Llamó a su mayordomo. Mandó que lo llevara ante el bibliotecario para que lo tradujera.

Se dirigió a la casa de Mis Faster a tomar el té de las cinco en punto. Invariablemente exquisito. Al igual que la conversación con las damas. No tardaría en aparecer una viuda o heredera que garantice su entrada triunfal en Londres.

El mayordomo aguardaba con la nota del bibliotecario. Abrió el sobre y leyó: está escrito en griego antiguo. He visto parecidos. Algunos descifran secretos, otros, descubren tesoros de reyes. El único que puede ayudarle es el Ermitaño.

Lord Nescient consultó en el cuartel donde podía hallarlo. Dijeron que era un camino peligroso Le asignaron una escolta. Recorrieron los escarpados primeros kilómetros con dificultad. En la vertiente, un chivero señaló la gruta.

Lord Perilous Nescient, se presentó ante el hombrecillo despojado de casi toda vestimenta. Cuando iba a mencionar el motivo de su presencia, el anciano mirándolo a los ojos, habló.

—El conocimiento entregado en forma precipitada es pernicioso.

—Necesito que traduzcas este manuscrito - dijo el Lord-

—Dar poder a quien no tiene sabiduría para comprender ese poder, es el principio del mal.

El inglés no estaba acostumbrado a que lo contradigan, ordenó a la custodia que lo sujetara y con una piedra golpeó las manos del prisionero hasta que la sangre y el grito brotaron.

—¿Hay algún tesoro escondido? Llegaron más golpes.

El viejo, con sus manos destrozadas balbuceó: — ve al laberinto de Creta. Busca el muro rojo. El lugar entregará lo merecido.

Los soldados arrojaron al Ermitaño por el desfiladero. El aristócrata marchó al puerto. El barco puso proa al inconmensurable mar. Bastaron cuatro días de viaje para amarrar en la isla.

Una vetusta mujer que vendía frutas fue interrogada sobre el muro rojo del laberinto.

Al ver el manuscrito habló con voz temblorosa. Sus ojos, transformados en cuencas de temor.

—¿Sabéis cómo se pronuncian las palabras sagradas? Si lo hacéis bien descubrirás tesoros. Si no lo lográis, podéis desencadenar desgracias. Puedo enseñaros por pocas monedas.

Una bolsa de monedas fue puesta en su regazo. Comenzó a pronunciar palabras extrañas hasta lograr que Lord Nescient las reprodujera con exactitud.

El esquelético dedo de la mujer se alzó señalando el camino. El grupo partió hacia el laberinto. La veterana encorvada se alejó presurosa. Una sonrisa ladina había aparecido en su rostro.

Lord Perilous divisó el muro rojo. Corrió hacia él pisoteando huesos apilados. Estaba excitado, lo desconocido, la cercanía de un tesoro hizo activar la adrenalina.

Imaginaba la cara de la reina nombrándolo miembro de la Casa Real.

Pronunció solemne y cuidadoso cada palabra aprendida.

Los huesos se juntaron, se cubrieron de carne.

El Minotauro los despedazó sin piedad.


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