Conociendo a mi peluquera

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Hasta ese día Marta, mi peluquera, solo me había tocado la cabeza. Faltaría a la verdad si dijese que no me había fijado en ella, por supuesto que lo había hecho. Me había fijado, como no, en su culito, culito que se adivinaba firme y prieto bajo los pantalones blancos que solía usar. Había reparado también en sus pechos, que ocultos bajo una camiseta negra, reclamaban protagonismo. Su rostro era agradable, cejas pobladas, frente que transmitía inteligencia, ojos bonitos, pestañas largas y labios pintados de rojo.

En cuanto al cabello, decir que siempre me ha fascinado la capacidad femenina para cambiar su aspecto a través del pelo. En el caso de Marta, el efecto camaleónico era si cabe más notorio. En cada una de las cinco ocasiones que había ido a cortarme el pelo, Marta me había ofrecido, como si de un catálogo de peinados se tratase, con otros tantos modelos.

Aquella tarde de viernes, víspera de festivo, había elegido el último turno para cortarme el pelo y la peluquería estaba vacía.

- Me tengo que ir. - Dijo Laura, compañera de Marta, dirigiéndose hacia la puerta de salida.

Antes de salir se paró un segundo, me miró dubitativamente, y añadió.

- Bueno, si quieres me quedo hasta que acabes. -

- No, no hace falta. - respondió la aludida con una media sonrisa que no podía ocultar el tono de cansancio reflejado en su voz.

La compañera de Marta era más joven que ella. Cuando salió no pude evitar fijarme en su figura, vestido ajustado y zapatos de tacón que realzaban su trasero femenino.

Cuando la puerta se cerró, Marta cogió las tijeras y prestando atención a mi pelo, comenzó a cortarlo con destreza.

- ¿Tú no sales de fiesta? - Le pregunté.

- No, hoy no.

- Largo día supongo. Se te ve algo cansada.

- Sí, lo estoy. La semana ha sido complicada.

- Bueno, tienes el "finde" por delante, irás a ver a tu novio y eso...

Marta guardó silencio durante unos segundos y luego respondió.

- Rompió conmigo el viernes pasado.

- Lo siento.

- Gracias, pero... pero quizás fue para mejor... creo que me ponía los cuernos con una tal Sofía.

- La tal Sofía tiene que ser una diosa para dejar a una chica tan guapa e inteligente como tú.

Marta sonrió y durante los diez minutos siguientes seguimos conversando animadamente.

- ¿Qué te parece? - dijo mientras me ofrecía un espejo para ver cómo había quedado el corte por detrás. - ¿guapo?

- Bien, muy bien. -

- ¿Te lavo la cabeza?

- Vale.- respondí anticipando el agradable masaje de sus dedos en mi cuero cabelludo.

Cuando acabó la acompañé a la caja para pagar.

-Oye, yo tampoco tengo planes para esta tarde. Si quieres damos una vuelta y te invito a un helado y nos olvidamos un poco de la semana. - Dije.

Ella accedió.

La tarde transcurrió muy bien. Teníamos muchas cosas en común. Disfrutamos de los helados sentados sobre el césped, a la sombra de un enorme sauce llorón. Al levantarnos, ella me dio un azote con la excusa de quitar unas pajitas que habían quedado adheridas a mi pantalón.

- Tú también tienes una hoja pegada en el pantalón.- dije acercándome con la mano abierta.

- Falso... te lo estás inventando. - respondió huyendo. La perseguí entre risas y cuando la pillé la devolví el cachete en el trasero.

A la mañana siguiente llamé a la peluquería y quedamos para vernos esa misma tarde. La invité a cenar en casa. Tomamos algo ligero y bebimos un poco de vino. En el sillón nos morreamos. Su boca sabía muy bien. Después se quitó la camiseta y el sujetador dejando las tetas al aire. Chupé los pezones saboreándolos. Ella me desabroché el botón de los pantalones y metiéndome mano, comenzó a juguetear con mi miembro. Nos calentamos, pero no llegamos a más.

Al día siguiente Marta me propuso ir a jugar al paddle y acepté. Nos lo pasamos muy bien. Al acabar me invitó a ducharse en su casa.

-Voy a cambiarme. - dije después de besarla.

- No hace falta... oye, por qué no nos duchamos juntos. - dijo tirando de mi brazo y metiéndome en el baño antes de que pudiera pensar que estaba pasando.

Allí dentro comenzamos a quitarnos la ropa sudada hasta quedarnos completamente desnudos.

-¿Qué te parece?−?me dijo posando y girándose para que pudiera admirar su coño y su culo.

- Estás muy buena. - dije.

- Se me olvidó hacer pipí. - dijo ella.

- Salgo - insinué.

- No, no hace falta. Me excita que me miren. - dijo mientras se sentaba en la taza. Dos segundos después, dejo escapar un pedete y seguidamente se oyó el sonido del pis.

- Perdón, se me escapó - comentó mientras se limpiaba con el papel higiénico. De alguna manera su comentario me la puso dura.

- Tu turno. No seas vergonzoso.

Algo azorado, levanté la tapa y apunté con la minga hacia la taza. Marta paso por detrás y me pellizco la nalga.

- Me gusta tu culo.

- Gracias.... Pero así no puedo concentrarme. - le reproché mientras intentaba mear.

- Valeee, no miro. -

Tiré de la cadena y el sonido ayudó a que por fin el pis saliese.

- Esta es la esponja y este el jabón. - me dijo Marta al entrar en la ducha.

Y por turnos nos enjabonamos frotándonos el uno al otro. 

Tras secarnos salimos fuera en cueros y nos dirigimos a la cama. Ella se tumbó boca abajo y yo comencé a sobarle las nalgas. Luego, separándoselas localicé el ojete y empecé a lamerlo para su deleite. Unos minutos después ella se levantó, me entregó un preservativo y se puso a cuatro patas sobre la cama.

Mi miembro se había hecho grande hace tiempo y me puse la goma sin problemas mientras ella giraba la cabeza y observaba atenta lo que hacía. Luego, meneó el trasero y mordiéndose el labio superior de manera erótica me dijo.

- Fóllame duro. -

Yo por mi parte no me hice de rogar, comprobé metiendo los dedos que su vagina estaba muy mojada y la penetré por detrás.

- Así... más... dame más. - Imploró mientras agarraba las sábanas y gemía.

Yo, animado por la imagen de su culo, por el arqueo de su espalda, por el aroma de su piel y sobre todo por sus gemidos de puro placer, empecé a acelerar el ritmo del mete-saca empujando con más empeño y propinándole alguna que otra palmada en las nalgas. Se corrió. En ese momento me puse de lado, para sujetar su cuerpo que temblaba de placer, mi polla todavía seguía dentro y mi mano libre frotaba su coño. Su espalda se arqueó aún más y finalmente, eyaculando, explotó en un delicioso orgasmo, el ano fuera de control dejó escapar una ventosidad, la cara roja de esfuerzo y placer. Mi vista se nubló un poco y sacando el falo de su vagina, regué con semen sus nalgas y muslos en pleno éxtasis mientras mi brazo la sujetaba contra mi piel tratando de controlar sus espasmos y temblores. Segundos después, poco a poco, el ritmo de los latidos descendió, nuestros cuerpos se acordaron de repente de los esfuerzos deportivo y sexual de la tarde y se relajaron.

- ¿Qué tal?

- Increíble

Luego nos duchamos, esta vez por turnos. 

Recogí mis cosas y salí de la casa.


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