Los suspiros de Aurora

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Entre los millones de granos de arena de la playa, en una pequeña cala enmarcada de pinos verdes y rocas grises, reposaba una gota de ámbar, oculta desde hacía mucho tiempo bajo medio palmo de infinitesimales piedras, al frescor de su oscuridad.

Empujada por la marea, aquel día fue depositada en la orilla una pequeña concha de nácar de silueta similar a un pequeño corazón, quedando expuesta al cálido sol.

Como soplaba un viento anormalmente fuerte, éste desplazó la arena que cobijaba la gota de ámbar y por el poco peso de la pequeña resina, ésta acabó por los aires dando vueltas y más vueltas, yendo a caer sobre el retazo de invertebrado.

Y allí quedaron unidos hasta que por el oeste apareció la Luna siguiendo la estela del Sol, que aún se mantenía sobre el pálido cielo azul, y su silueta se superpuso a la de la estrella.

El Sol y la Luna, por siempre anhelando estar juntos, por fin se encontraban frente a frente. Sólo tenían un instante en la infinitud del tiempo, por eso él le ofreció toda su esencia insuflándola en la forma del pequeño nácar. Ella, transmutó en la diminuta gota de ámbar. 

Nadie se dio cuenta de que astro y satélite habían desparecido del firmamento por un instante. Y dos cuerpos tomaron forma en la playa, en el lugar que habían ocupado ambas pequeñas piezas; el hombre, Helios, de bronceada piel, la mujer, Aurora, de piel infinitamente blanca.

 

Se estremecen al primer contacto que se produce entre sus miradas y se dejan atrapar por ellas con el deseo latente que va desde tiempos ancestrales hasta ese eterno momento.

Como una pequeña revolución, sus cuerpos se relajan y se electrizan al mismo tiempo. Se rozan levemente. Se abrazan. Cierran los ojos para evadirse del humano mundo que los rodea, y yacen prendidos de la música de fondo de las olas al besar la orilla. Aurora siente las cálidas manos de Helios acariciando sus senos con devoción y los besos que recorren su cuello la enervan en cada aspiración de sus poros. 

Empieza a sentir un fuego en su interior, y la humedad que recogen los dedos que la acarician le hace suspirar de placer. Su cuerpo está empezando a reaccionar a los estímulos en sus zonas más intimas porque el calor de Helios la funde de mil maneras distintas. Relajados sus músculos totalmente, con sus pequeñas manos acaricia el cuerpo masculino que se derrite con ella a su lado.

Poco a poco sus respiraciones se aceleran, Helios siente el cálido aliento aliento femenino en su oído, en su rostro, en su boca; siente sus dedos que recorren su piel con deleite. Ella se interna entre sus piernas para acceder a su intimidad y, mirándole a los ojos, viéndose reflejada en su pasión, escucha un delicioso gemido sordo al engrandecerse la excitación masculina al máximo.

Aurora se deja llevar por el instinto, Helios se deja llevar por el instinto. Y ambos cuerpos se convierten en uno, se entregan en una danza ritual, un tsunami de sensaciones,  y quedan, al saciar su sed, unidos en un tierno e infinito abrazo.

Y el instante pasa. Aurora y Helios tienen que regresar a su propio espacio. Esa noche la etérea luna luce un sonrojo inexplicable y el sol, brillará con la fuerza del verano en la nueva mañana de otoño.

 

 

 

 

 

 


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