Soy la del sexto.

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Diría que me puede o me pierde la prudencia, pero sobre todo soy persona tendente a la soledad. Siempre fui así, de niña me aislaba en la escuela y mantenía pocos contactos con mis compañeros, era la primera en llegar y marcharme y en horas de recreo buscaba tareas alternativas. Luego comencé a trabajar en la fábrica y me sentí afortunada por realizar una labor independiente. Las demás compañeras hacían huecos para socializar y yo no, lo que me valió como mérito, porque se me consideraba responsable. Tuve un único novio, con el que me casé pocos años después. Fue la persona más perseverante del mundo y tardó más de un año en conseguir que saliéramos. Con él fui realmente afortunada, conseguí al hombre más bueno y delicado del mundo. Hace tres años que me dejó, fue un proceso rápido, la enfermedad le sorprendió cuando habíamos alcanzado la plenitud y no le permitió disfrutarla. Hasta el final mantuvo una dignidad increíble y su resignación me ayudo a superar la pérdida. Su ausencia, sin embargo, se me hace angustiosa.

Vivo en un edificio moderno y la vivienda es amplia y confortable, la conseguimos terminar de pagar en sólo quince años. Fue decisión suya, le atemorizaban las deudas, ahorramos para pagar el préstamo hipotecario y tenerla liberada de cargas. Le hacía feliz decir que no le debía nada a nadie.

En ocasiones pienso, que en mi edificio pocos saben que vivo aquí, antes, cuando estaba él, salíamos más. Además, su carácter era más abierto y se relacionaba bien con todos. Estoy prácticamente enclaustrada, salgo por las exigencias lógicas de casa e incluso, a veces, hago los pedidos por teléfono y me los traen a casa.

Mi falta de comunicación no debe llevar a pensar que no tengo curiosidad, en ese sentido estoy bien servida, me interesa saber de todo. Sigo las series de televisión, los noticiarios y estoy al día de todo cuanto ocurre en el edificio. Además, me llaman a la curiosidad mis vecinos, cuando salen llevo la cuenta con quién lo hace cada uno, como se llevan y sus características personales. Poseo una gran perspicacia e intuición, pronostico con acierto seguro sobre los acontecimientos amorosos o de relaciones de amistad. Me he vuelto una experta en adivinar cosas, leer los gestos, imaginarme situaciones.

Últimamente tengo centrada toda mi atención en mis vecinos de planta, bueno, en realidad en la pequeña que es la única que vive con ellos, una chica morena, de dieciséis años o poco más, bonita de cara, hermosa y pizpireta que desde hace unos meses trae el novio a casa. El muchacho debe rondar los veinte años y es, guapo y con buena figura. Al principio los observaba cuando salían y entraban del portal. Me dieron siempre la impresión de que irían a más y así es, la cosa marcha bien. Desde hace ya días les controlo desde la mirilla de la puerta de entrada, porque se despiden de noche en la suya y es cuando aprovechan para desquitarse de los límites que les imponen. Admito que me ha cambiado la vida. Me rejuvenece el verles tan deseosos, me alimentan sus besos, sus descaros, sus avances cotidianos, no tienen reparos, yo no existo y la madre de ella, que es la única que está a esas horas, parece que se busca ocupaciones lejos del pasillo, desde donde puede verlos. En ocasiones, hace una llamada de atención, pero sólo cuando la cosa se excede exageradamente de tiempo.

Comenzaron con besitos hasta que les entraba la calentura de verdad, entonces él la acariciaba las zonas más sensibles y le pedía acción y ella se cortaba, insistía a la vez que sus caricias eran más directas y comprometidas, dándose movimientos esquivos y de permisividad. Al final sacaba su virilidad al aire y las cosas se aceleraban. Los movimientos sensuales de ambos, para mí, son altamente excitantes, puedo percibir incluso sus sensaciones de deseo y placer. Los tengo enfrente, con la luz de su pasillo y la puerta entreabierta veo con nitidez cuanto ocurre, pero cuando se enciende la luz de las escaleras la imagen cobra una vida increíble, se produce sólo en contadas ocasiones y las agradezco infinito. Ellos no se cortan por ello, porque nadie sube o baja por las escaleras de no darse circunstancias muy especiales, que ellos advertirían de ocurrir. Nuestro portal es muy tranquilo, vivimos pocos vecinos y además tenemos una actividad vecinal mínima. En mi caso ya lo dije, es realmente inexistente.

Los avances se van produciendo a diario, en un comienzo le masturbaba ella mientras él le metía la mano en su entrepierna y antes de llegarle le pedía ponérsela entre los muslos, pero ella no se lo permitía. En los movimientos y giros descontrolados de ambos conseguía ver su miembro grande y congestionado, me complacía verlo. En ese punto yo también estoy muy excitada y necesito recibir una cornada por detrás sin cambiar la posición inclinada en la que siempre me pongo.

Cada vez él se vuelve más descarado y ella más permisiva y deseosa, porque va adquiriendo seguridad y confianza. Ya, se masturban al unísono y sus caras lo dicen todo. Él, coloca un pie en la escalera de subida y me muestra su miembro en plenitud mientras la mano de ella lo sujeta y sube y baja a un ritmo delicioso. Mientras, con medio cuerpo fuera de la puerta, abre sus muslos y le permite gozosa que le juegue con los dedos dentro.

No tenía costumbre, pero la voy adquiriendo a la par de sus avances, me meto la mano entre las bragas y me lo manoseo con desespero.

El tiempo transcurre rápido y ellos van a velocidad de crucero, antes salía ella a la puerta vestida, ahora no, trae camisón de dormir y las cosas se aceleran mucho así. Enseguida entran en acción y las cosas ya no tienen límites. En las primeras se arrodillaba él metiendo su cara entre los muslos y la hacía estremecer, luego era ella la que se la envainaba en la boca y lo llevaba a la locura. Después, vinieron posturas muy diversas en las que él conseguía metérsela entera, pero con dificultad. Ahora, ella termina con el hombro dentro de casa y el cuerpo fuera e inclinado y él por detrás la asalta con todas sus ganas. Cada embestida suya la siento como si me entrara en mis propias entrañas. Llegado aquí, mis dedos se vuelven revoltosos y mi botoncito rabioso se me pone como un dedal de grande.

El ritual vuelve cada día, son incansables, es ella ahora la que inicia el proceso y lo hace con una soltura inimaginable hace nada. Tan guapa como es, resulta encantadora jugando con el miembro en la boca aún sin consistencia y veo que adquiere carácter con poco que se lo propone. A él se le bajan las rodillas en la medida que aquello se agranda. Ella ni se quita las braguitas se las baja y se coloca en posición de ataque y la fiesta empieza de nuevo. Comienza el embolo a dar marcha atrás y adelante y mis dedos a su compas se ponen a dar giros frenéticos sobre mí dedal hasta que estallo al completo.


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