Sacando a mi zorra interior (parte 2)

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Agarró la polla. Acercaba su nariz y olfateaba. Le pasaba los labios muuuy cerca, pero sin rozarla. Sabía que él lo estaba deseando y le encantaba la sensación de control. Se sentía poderosa. Hoy mandaba ella.

Empezó a darle pequeños besos por las ingles y por la cintura, haciendo un marco de besos alrededor de su rabo. Él intentaba acercárselo a la boca, pero ella seguía ralentizándolo.

Por fin dio un beso justo en la punta. Pequeño pero lento y largo. Más besos. Todos en el glande. Sacó su lengua y la empezó a pasar por toda la base, exceptuando la cabeza. De arriba a abajo. De abajo a arriba. Lamía los huevos y volvía a subir.

Al fin empezó a pasar la lengua por todo el glande, haciendo círculos con ella. Lo lamía y lo relamía. Le daba besos. Y empezó a succionarlo. Sólo el glande.

Él intentaba meterlo más pero ella no le dejaba. Tenía su mano en la base, dejando fuera toda esa cabeza que ya estaba tan brillante. La succionaba sin parar. Finalmente, con una mirada digna de la puta más experimentada, empezó a meterla en su boca muy despacio.

Sus ojos seguían clavados en los suyos. Él aguantaba la respiración, y ella, centímetro a centímetro, iba engullendo la gordísima polla. Le estaba sabiendo a gloria. Consiguió meterla toda en la boca y la dejó ahí unos segundos.

Luego, hábilmente empezó a sacarla y a meterla de la boca, aún muy despacio, saboreándola como el helado más rico del mundo.

Poco a poco fue aumentando el ritmo. Presionaba con los labios para aumentar las sensaciones. Él, que ya respiraba agitadamente, estaba disfrutando como nunca.

Tenía las manos puestas en el volante, y ella se las cogió y las posó en su cabeza.
Quería que la empujara, quería que la obligara a chupársela hasta el fondo. Quería sentirse acorralada entre sus manos y su polla.

Él instantáneamente entrelazó los dedos en su pelo y, sin dejarle escapatoria, empezó a moverle la cabeza a un ritmo más rápido. Ella apenas podía mantener los labios cerrados. Iba muy acelerado y se la metía hasta la garganta. La estaba volviendo loca.

Unas lágrimas escaparon de sus ojos, pero no quería que parara por nada del mundo. Quería sentirse sucia. Y lo estaba consiguiendo.

Después de un buen rato en esa tarea, él tiró de ella para que saliera del hueco en el suelo. No quería correrse y estaba muy al límite. Desde luego ella era una maestra mamando.

La ayudó a sentarse en su asiento y quiso quitarle la parte superior del vestido. Deslizó un hombro, luego el otro, y lo que vio lo dejó sin habla. Ella había preparado la noche con todo lujo de detalles, y estaba llena de sorpresas que irían surgiendo a cada paso. Lo que llevaba puesto no era un sujetador, sino una cinta fina de cuero que, muy apretada y puesta con tremenda habilidad, pasaba por detrás de su cuello, tapando justo sus pezones, juntándose en el centro del pecho para continuar por debajo de sus tetas y anudarse en la espalda.

La imagen lo dejó impactado. La cinta estaba tan apretada que las tetas chocaban la una con la otra. Se molestaban. Estaban aprisionadas. Le excitaba mucho esa escena, así que no la liberó...por ahora.

Tiró de este asiento hacia atrás, y poniéndose encima de ella, empezó a besar esas tetas que sobresalían entre las tiras. Estaban calientes. Suaves. Eran exquisitas. Ella jadeaba, haciendo eco a las actrices de la pantalla.

Por fin metió la mano por su espalda y, tirando de uno de los extremos, la cinta cedió. Las tetas parecieron explotar, rebotando hacia todos lados, agradecidas de que las hubieran liberado, con sus pezones victoriosos apuntando hacia arriba.

Él se dispuso a lamerlos. Primero uno, luego el otro. Se metía uno en la boca y jugueteaba con la lengua mientras apretaba el otro con sus dedos. Le encantaban esas tetas. Y ella estaba feliz de que las mimara tanto. Los pezones ya estaban muy duros, y ella, que seguía chorreando, se meneaba en el asiento loca de excitación.

-Quítame el vestido - le ordenó.

Él lo hizo rápida y bruscamente, descubriendo unas medias de rejilla negras sujetas con un liguero muy sexy. Aparte de eso, nada. No había lencería que cubriera su sexo. Parecía una diosa, toda de negro, con las medias de rejilla, los zapatos de tacón de aguja, y el coño descubierto, bien depilado, con una sola línea de pelo en las puertas, que ya estaban bien mojaditos. Una diosa sedienta de placer. Mirándolo con gesto de deseo. Relamiéndose sin parar.

Él metió sus dedos en la boca de ella, que los chupó lascivamente, con ansia, gimiendo mientras se contorsionaba. Cuando estuvieron muy mojados se los sacó y fue directo a su vagina.

Empezó tocando el clítoris, que estaba abultado y ansioso. Daba círculos. Ella jadeaba con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Pedía más. Las piernas totalmente abiertas.

Siguió masajeándolo animado por los gemidos de ella. Luego bajó y le metió los dos dedos en el coño. Entraron sin esfuerzo ninguno. Los movía rápidamente, los iba girando, cambiaba el ritmo. De repente los metía bruscamente hasta el fondo y apretaba todo lo que podía. Movía los dedos arriba y abajo estando en las profundidades de ella, tocando todos sus puntos.

Con la boca no había dejado de atender a sus tetas. Con los labios. Con los dientes. Mordía con fuerza. Los gemidos de ella se habían convertido en gritos.

Gritaba de placer. Se enmarañaba el pelo con las manos. Se lo estiraba. Estaba enloqueciendo.

Empezó a sentir espasmos, él siguió moviendo los dedos y ella se corrió escandalosamente. Gritaba como una loca.

Cuando terminó de correrse, él se colocó en el asiento de detrás de ella, se lo reclinó por completo, y desde ahí volvió a meterle la polla en la boca. Él llevaba el ritmo con su cuerpo. Ella recibía gustosa. Seguía abierta de piernas y él le dijo:

-Mastúrbate.

Sólo oír cómo lo dijo la excitó aún más y se empezó a tocar como ella sabía.


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