LOS COLORES DE LA VIDA 1

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Aquel domingo por la mañana del año 1.998 Eduardo Costa que era un hombre de treinta años de edad, se hallaba en la amplia la terraza de su apartamento pintando en un lienzo  la panorámica de su ciudad en diferentes tonos confiriéndole una armónica sincronicidad cromática. De hecho él se ganaba la vida en un negocio familiar consistente en un estanco que estaba ubicado en un barrio de Barelona pero su gran pasión era el Arte figurativo.

Cuando más asorbido estaba en su quehacer, lo interrumpió su vecino y amigo que era de su misma generación llamado Javier el cual vivía en el apartamento de al lado y le propuso:

-¡Oye! Ahora no tengo nada que hacer. ¿Te vienes a tomar una cerveza al bar de Pedro y luego damos un paseo?

-¡Hombre, en estos momentos no puedo! ¿No ves que estoy ocupado? - respondió el aludido señalando lo que estaba haciendo.

- Cuando estás pintando chico, es como si estuvieras en otra frecuencia de onda - le dijo Javier con una sonrisa-. Yo, que soy una nulidad para el dibujo, siempre me ha intrigado la manera de ser de los artistas. A veces creo que no te conozco del todo- le dijo su vecino.

- Bueno...No es fácil de explicar. Digamos que nosotros tenemos una percepción sensorial del mundo distinta de los demás. Nos fijamos más en los detalles. Y por supuesto el Arte es nuestra manera de expresar nuestras emociones. Para nosotros los colores son lo que da realmente alma a un cuadro - le explicó Eduardo a su amigo.

- Sí, bien... Pero al margen de la estética de tus obras, yo creo que tú pintas por algo más hondo... Es como si te evadieras de la realidad.

- Eres  muy observador, Javier. Sí, tienes razón - convino Eduardo-. Pero en mi caso, más que evadirme de la realidad trato de reinventarla, porque tal como es no me gusta nada. Es de un gris plomizo que asusta. Y esto se agrava con la vulgaridad y con las absurdas tensiones que se viven en  todas partes.

- Bueno. ¿Y qué tal vas con Pilar? - inquirió Javier cambiando de tema, ya que él pensó que aquel inconformismo vital del pintor tenía mucho que ver con la azarosa relación sentimental que éste tenía con su novia.

-¡Psé! Simplemente va... - expresó vagamene Eduardo. Y tras una pausa añadió-: Es una mujer muy variable. Hay veces que se muestra alegre y cariñosa, y de repente sin un motivo aparente cambia de actitud y se comporta de un modo arisco, frío y distante.

- Bueno, las mujeres son así de imprevisibles dijo Javier.

- Sí, pero ella lo es demasiado. Además critica que yo trabaje en el negocio familiar. Querría que estuviese en una empresa más lucrativa y que ganara tanto dinero como su hermano, que está empleado en una industria de productos químicos. Y por supuesto no hace ningún caso de mis cuadros. Al principio cuando nos conocimos todo era fantástico. Yo era simpático, y todo estaba bien. Pero cuando ella empezó a tomarme confianza cambió de actitud como una media y así estamos - confió Eduardo a su amigo.

Javier no quiso hurgar más en la vida privada de su vecino, se despidió de él y se adentró en el interior de su vivienda.

Aquel lunes por la mañana Eduardo abrió el comercio como todos los días y enseguida irrumpieron en el establecimiento dos hombres de edad avanzada que como siempre venían a comprar boletos de la LOTO.

- Si me toca el premio, me compro un apartamento en Menorca al lado del mar - dijo el cliente que parecía ser el de más edad.

- Ya... Eso sería lo ideal. Porque con la pensión que nos pagan no tenemos ni para pipas- apostilló el otro cliente.

-¡Y tanto que sí! Aquí quienes más viven a lo grande; a costa de nuestros impuestos son los políticos - corroboró el cliente de más edad.

De súbito algo insólito sucedió. Eduardo vio que aquel hombre estaba envuelto en una aura tan blanquecina como la nieve. Él se frotó los ojos pensando que se trataba de un simple deslumbramiento por la luz del sol reflejada en los crisales de la puerta de entrada, pero esta visión no desaparecía sino que se acentuaba más.

Pero cuando el hombre se fue aquel fenómeno desapareció con él.

Cuando el pintor terminó su jornada y regresó a su apartamento, lo vino a ver su novia Pilar. Esta era una mujer casi de su misma edad; morena y algo delgada. En aquella ocasión parecía que ella estaba de buen humor.

- Tenía deseos de verte, y por eso estoy aquí. No te sabrá mal. ¿Verdad - le dijo ella abazándolo de un modo insinuante.

- No, mujer. ¿Por qué me va a saber mal?

Y se besaron apasionadamente en los labios. Seguidamente se tumbaron en el sofá mas aquel frenesí empezó a subir de temperatura, dando lugar a que el pintor le acariciara los pechos y los muslos; pues él en aquellos instantes ya no se acordaba en absoluto de las discusiones que solia tener con aquella mujer.

Sin embargo, cuando más enfrascados estaban, el pintor vio que todo su entorno adquiría un singular color rojo. Asustado, se apartó bruscamene de su pareja y se fregó nuevamente los ojos con la esperanza de que desapaeciese aquel efecto, pero fue inútil. Aquella rara visión era como si él llevase puestas unas gafas con cristles de color rojo imposibles de quitar.

Eduardo no tuvo más remedio que explicarle a su novia que sufría aquel extraño fenómeno y ella tras recomenarle que fuese a un médico decidió quedarse a dormir en su apartamento.

- Ya verás como no será nada grave - trató de animarle Pilar.

Como es de imaginar Eduardo se agarró como a un clavo ardiendo a aquella posibilidad, y del rojo pasó a verlo todo en un tono verde, que es el color de la esperanza.

Poco a  poco su visión se empezó a normalizar y pasó la noche con una relativa tranquilidad.

Pero al día siguiente cuando Eduardo estaba en su puesto de trabajo uno de aquellos clientes le notificó a Eduardo una desgracia.

- ¡Ay el señor Fluctuoso, aquel que dijo que si le tocaba la LOTO se iba a comprar un apartamento en Menorca, ha muerto esta noche  mientras dormía. Me lo ha dicho una vecina que nos conoce a ambos.

Eduardo quedó estupefacto. ¿Tenía que ver la visión de aquella aura blanca que emanaba del  cuerpo de aquel sujeto con la muerte? ¿Tenían algún significado aquellos colores que él veía? Tal vez el estar tan entregado en la pintura ésta  le había condicionado sensibilidad.

 

 

 

 

 

 


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