Lucía. En busca de su placer

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Lucía era zurda y después de cenar, sentada en el sofá, le gustaba deslizar la mano izquierda bajo sus bragas y frotarse el coño mientras veía la tele. De vez en cuando también se tiraba pedos mientras se masturbaba. Esta acción no le "cortaba el rollo", sino que, de alguna manera que ni ella misma podía explicar, aumentaba su excitación. Por otro lado, de cara al mundo, ofrecía una imagen bien distinta. Su cuidado vestuario, su obsesión por la limpieza, el orden y la pulcritud y las buenas y exquisitas maneras que mostraba en la mesa y a la hora de hablar la convertían en una persona fina y elegante.

En el terreno del amor había sufrido un desengaño demasiado pronto. El caballero con el que había estado era perfecto socialmente y habían sido la pareja envidiada por todo el mundo. Muy al principio todo había sido mágico. Cenas maravillosas y encuentros sexuales de altura. Esos besos apasionados, ese pene grande y cálido en su vagina. Sí, mágico... pero solo eso. Al final ella es la que ponía todo. Ella la que vestía ese sujetador granate de encaje y ese tanga que se le metía por la raja del culo que él le había comprado. Ella la que le chupaba el miembro viril durante minutos o la que hundía su cara en aquel trasero apuesto pero peludo como preludio a, muchas veces, unas envestidas rápidas y una descarga de semen prematura. La relación no tardo en enfriarse, no solo por el tema sexual, sino porque esa falta de cariño y atención se trasladaba también al resto de su vida.

Después de eso, llegó a dudar de que hubiese hombres generosos. "Todos los tíos buscan lo mismo. Para ellos solo existen unas buenas tetas, un buen culo y un buen coño donde meterla".

Un mes después, casi sin querer, se hizo amiga de Marta, una mujer mayor que ella. Marta era amable y atenta, quizás demasiado. Un día fue a su casa e intercambió con ella caricias íntimas y algún que otro beso con lengua. Lucía lo encontró agradable y disfruto en cierta medida de las atenciones de su compañera. Pero echaba en falta algo, esa atracción masculina, ese pene donde encajar. No el falo en sí, si no lo que representaba.

Pero todo esto cambió cuando conoció a su vecino Juan. Un tipo normal, que no vestía del todo bien, pero tampoco era un desastre. No fue ni de lejos atracción a primera vista, si no casualidad o destino si lo prefieren. El caso es que de alguna manera, después de encuentros y coincidencias sociales, Lucía y Juan acabaron en casa de este último para ver una película de misterio mientras tomaban palomitas y refrescos.

Sentados en un sofá de cuero, sus muslos se rozaban, pero ninguno de ellos hizo ademán de separarse. Quizás fuese el perfume, o el sensualmente áspero timbre de su voz cuando comentaba alguna escena de la película o el cálido roce o quizás todo ello junto, pero el caso es que Lucía estaba cada vez más cómoda y de manera inconsciente acarició la mano de Juan que, previamente le había tocado el hombro. Cuando acabó la peli se miraron y Juan acercó su cara a Lucía y esta no esperó más y le besó en los labios. Lo que vino después es algo que la chica había estado esperando desde hace mucho tiempo.

La boca de Juan empezó a recorrer su cuello con pequeños y espaciados besitos húmedos. Luego, con su mano derecha, apartó el cabello de la muchacha exponiendo su oreja para a continuación meter la lengua en su oído. Lucía gimió y sin pensar deslizó su mano izquierda bajo las bragas. Lo siguiente que hicieron fue quitarse mutuamente la ropa de cintura para arriba y abrazarse. Un minuto después, mientras Juan se entretenía jugando con los pezones de Lucía. Esta metió de nuevo su mano en su sexo y empezó a frotar. Mientras tanto, la mano de Juan, que había estado acariciando la desnuda espalda femenina, se deslizó por detrás de las bragas de la mujer y empezó a manosear las nalgas para luego, avanzado un poco más, encontrase con los dedos de la mano de Lucía y empezaron a cooperar en el masaje. Lo siguiente que notó Lucía fue el dedo de Juan introduciéndose en su chocho. En ese momento, fruto de la sorpresa, casi se le escapa una ventosidad. Por suerte contrajo su esfínter a tiempo atrapando el inoportuno gas. Ya habría tiempo de soltarlo en el baño o en la privacidad de su hogar.

La tarde avanzó y pronto las ropas de los dos amantes se encontraban tiradas aquí y allá en un completo desorden. Calzoncillos y bragas, sin ninguna vergüenza, se exhibían esperando que algún pervertido invisible se pringase las manos con los efluvios del goce o deleitase su sentido del olfato husmeándolos en busca del aroma del sexo.

Dos cuerpos desnudos, dos bocas buscándose con ansia, tetas y culos, sabores, olores, saliva, sudor y semen... sonidos y gemidos... el cóctel del placer.


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