Atardecer

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Qué torpe me sentía, ¿a quién se le ocurre traer tacones a la playa? Aquí el culpable eras tú, no me dijiste a dónde me llevarías y yo sólo hice un torpe intento por verme guapa; suerte que sólo íbamos por el malecón porque en la arena vaya circo que me habría aventado.

Tu mano sostenía la mía delicadamente mientras caminábamos entre la gente, constantemente te echaba una mirada sólo para darme cuenta que ibas inmerso en tus pensamientos, lo que me hacía pensar que sólo tomabas mi mano por inercia. Bueno, de eso a nada, me quedo con tu tacto automático.

Por fin paramos en un lugar alejado del gentío. El sol comenzaba a esconderse en los límites del mar y yo estaba fascinada, no sabía de qué estaba más enamorada, si de ti o de la hermosa vista.

El corazón casi se me sale cuando me rodeaste por la cintura y me hiciste verte a los ojos.

-¿Estás bien? –preguntaste en tono divertido.

-No dices nada, me haces pensar que estás incómodo.

-Tú tampoco hablas –con tus dedos quitaste los mechones de mi frente- Si quieres escuchar algo, dímelo.

-Así no tiene sentido –desvié la mirada hacia el ocaso, las olas venían bravas.

-¿Entonces vamos a vivir en silencio? –alcé los hombros con indiferencia. Con delicadeza me tomaste del mentón para regresar a tu mirada.

-No quiero verte a ti –repuse, desviando la vista de nuevo- Estoy más enamorada del atardecer que de ti, ya lo decidí –soltaste una risilla- Hablo en serio.

-Y no lo dudo, pero yo decidí enamorarme de este momento contigo –volví a verte. Sonreí.

-¿Sabes? Nunca he tenido un beso de atardecer en la playa, ¿y tú? –asentiste, era obvio que ya habías dado mil besos a otra persona en la misma situación. Y en todas, yo era relativamente nueva en todo esto.

 

Sin decir una palabra más, tus labios se acercaron peligrosamente a los míos. Cerré los ojos cuando tu aliento fresco hizo contacto con mis labios, luego me apretaste más a tu cuerpo. Vacilamos un rato, rozando nuestras bocas pero sin concretar el beso. De ser posible, yo me habría derretido completamente en aquel momento contigo, eran tantas las sensaciones agradables en mi cuerpo qué no sabía cómo canalizarlas y mucho menos cómo explicarlas.

No esperaba menos de nosotros, hicimos un beso tan metódico y placentero. Nuestros labios danzaron lentamente mientras mi ser se fundía en el tuyo en un momento atrapado en la eternidad. Estábamos haciendo una fracción de historia en el tiempo.

Seguramente algún día yo ya no recordaré tan lúcidamente este momento, quizá tenga otro beso aquí mismo con otra persona… pero en ese momento, yo te pertenecí.


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