RICHELIEU ROCK, INMERSIÓN EN TAILANDIA

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Siempre que estoy con amigos y sale el tema del buceo, al final siempre pregunta alguien cual es la inmersión que más me ha gustado de todas las que he hecho a lo largo de más de veinte años.

Es difícil citar una sola inmersión concreta, por eso siempre contesto que me quedo con detalles de muchas de ellas, pero siempre tengo un recuerdo especial para Richelieu Rock, en las islas Similan, al sur de Tailandia.

Era uno de esos días que el mar esta como un plato y la temperatura del agua a 28 grados, sin corriente, más de treinta metros de visibilidad y el cielo totalmente despejado. Vamos, que las condiciones permitían disfrutar de una inmersión tranquila donde solo te tienes que dedicar a observar lo que el azul, la flora y la fauna te ofrecen. Ligero de traje con un simple sorti y sin necesidad de controlar demasiado el ordenador porque la profundidad máxima era de veinticinco metros.

Saltamos al agua cuatro buzos incluido el guía. Después de acomodarnos el equipo y alguna que otra broma en superficie empezamos a descender sin prisas.

Nada más meter la cabeza en el agua ya se distinguía un solo macizo rocoso en medio de la arena. Necesariamente ese era el destino de la inmersión porque no había nada más.

Al principio, como siempre, solo era una masa de roca de color gris. Al ir descendiendo y con la ayuda inestimable de un sol radiante, empezamos a ver como la roca se teñía de color sin necesidad de encender los focos.

Ya a un metro sobre la roca los ojos debían estar a punto de salirse de sus cuencas. Daba igual a donde mirases. Con distintos tonos y matices allí estaba toda gama de colores que se pueda imaginar. Nunca había visto hasta entonces, ni he vuelto a ver, tal cantidad y variedad de corales, blandos y duros. Nos miramos unos a otros y nos hicimos signos para expresar nuestra sorpresa.

El guía inicio el descenso hasta la base en la arena y le seguimos disciplinados. Nos iba marcando con la varilla las especies más raras de ver en otros lugares y la micro fauna increíblemente abundante. Me llamaron mucho la atención las gambas boxeadoras por los diferentes colores que tenían y que estaban por todas partes.

Divisamos una entrada en la roca y el guía se introdujo en ella. Era un pasadizo que atravesaba la roca de lado a lado, un túnel. El interior estaba completamente cubierto por corales que se movían lentamente a modo de abanicos y había que vigilar la flotabilidad para no tocarlos y correr el riesgo de dañarlos.

Entre tanto coral, el túnel estaba plagado de pequeños crustáceos, distintas especies de gambas, cigalas y hasta un buey de mar que nos homenajeo desplazándose como si quisiera exhibir sus habilidades entre los corales cuando le enfocamos con luz.

Mientras tanto, multitud de pequeños peces de todos los colores y especies animaban más, si cabe, la inmersión. En la parte superior de la roca abundaban las pequeñas colonias de payasos de colores distintos, algunos no los he vuelto a ver de nuevo.

Habían transcurrido cincuenta y cinco minutos de inmersión sin ser conscientes del tiempo transcurrido. El guía nos hizo la señal de empezar a ascender porque la inmersión no debía superar los sesenta minutos programados por la dirección del crucero. Pero fuimos indisciplinados y le hicimos señas señalando los manómetros de que teníamos aire de sobra y queríamos seguir allí abajo. Se encogió de hombros dándonos a entender que nos dejaba por imposibles. Le contestamos con la señal de ok y seguimos disfrutando de la vida existente en la parte superior de la roca.

Quince metros de profundidad nos separaban de la superficie, así que solo necesitábamos guardar unos pocos bares para la parada de seguridad a cinco metros. A los setenta minutos de inmersión y diez bares en la botella, con pena, empezamos a ascender sin perder de vista la roca, ni siquiera dejamos de observarla durante la parada de seguridad.

Ya en superficie nos miramos y coincidimos todos en que era lo más bonito que habíamos visto nunca debajo del agua. Mientras el guía nos echaba la bronca, con razón.

Han pasado más de veinte años desde aquella inmersión pero siempre que buceo en zonas de coral no puedo evitar compararlas con la belleza Richelieu Rock, no desmerecen, sin embargo no es lo mismo.


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