BENIDORM

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Me llamo María y tengo 34 años. Mi cuerpo es menudo, mido uno sesenta y dos y peso cuarenta y ocho kilos, pechos pequeños y cadera estrecha, una treinta y ocho de pantalón.

A veces pienso que en el vientre de mi madre iba para varón y la naturaleza, caprichosa ella, se arrepintió a medio camino y decidió que mejor fuera hembra. Lo digo porque en mí todo es pequeño salvo mis genitales. Tengo el clítoris desmesuradamente grande y cuando me excito crece más aún, como si fuera un pene, llegando a medir unos cuatro centímetros de longitud y calculo que casi tres de grueso.

Vivo con Cristina, Cris para mí, es mi pareja. Las dos somos bisexuales y empezamos a vivir como compañeras de piso junto con otra chica que se marchó escandalizada, cuando empezamos a compartir la misma habitación. Bueno, también nos pilló haciendo un sesenta y nueve en el sofá del salón justo en el momento que nos corríamos. Desde entonces vivimos solas.

Cris se enamoró de mi clítoris desde el primer día que lo tocó. Dice que es como una pollita en el cuerpo y mente de una mujer y yo encantada. Al ser las dos bisexuales no tenemos problema en acostarnos con hombres, a solas o juntas, aunque esta segunda opción es la que más nos gusta porque es como hacer el amor entre nosotras con alguien que nos complementa.

En junio nos fuimos de vacaciones y como no es un mes con demasiada marcha en la costa, decidimos irnos a Benidorm, es barato y siempre hay gente, sobre todo guiris. Alquilamos lo que debía ser la vivienda del portero de un edificio de más de veinte plantas, con una sola habitación y a unos diez minutos andando de la playa. No somos muy de bañarnos en el mar, a ninguna nos gusta estar cubiertas de sal. Era perfecto por las vistas y por el precio que nos cobraron por una semana.

El día que llegamos ya eran las seis de la tarde así que lo único que hicimos fue guardar la ropa y salir a comprar comida y bebida. Ya eran las once de la noche cuando acabamos y decidimos salir a cenar algo en cualquier sitio cerca. Cenamos en un garito en los bajos del mismo edificio, era un poco cutre, pero nos pusieron unos platos combinados bastante aceptables.

El camarero que nos atendió, solo estaba él y otra chica en la cocina, era del Líbano según nos dijo, muy simpático, moreno, con casi dos metros de estatura y con unos ojos verdes que daban ganas de atacarle, aunque demasiados músculos porque parecía más un descargador del puerto que un camarero. Como no podía ser de otra manera, coqueteamos con él durante la cena y al final nos invitó a un chupito de orujo de hiervas.

Subiendo al apartamento, ya en el ascensor, empezamos a hablar del camarero y decidimos que no estaría mal follárnoslo a pasar de tanto músculo. Cada brazo era más grueso que un muslo mío.

El segundo día de vacaciones tomamos un aperitivo en un chiringuito de la playa y entre cervezas y pinchitos ya habíamos comido a las cinco de la tarde. Nos fuimos al apartamento y mientras subíamos en el ascensor nos dimos cuenta de que habíamos dejado las toallas mojadas en el coche. Cris se prestó a bajar a por ellas mientras que yo me iba duchando para tardar menos en meternos en la cama. Habíamos jugado un poco en el chiringuito y estábamos excitadas. Cuando Cris subió con las toallas cuando yo salía de la ducha.

Tiró las toallas sobre una silla y me dijo que no me iba a creer lo que la había sucedido. Empezó diciéndome que el camarero cachas se alojaba el apartamento de al lado y eran los dos únicos apartamentos de la planta.

Habían coincidido en el ascensor y nada más dar al botón de subida se abalanzó sobre ella, le metió la mano dentro de las bragas del bikini y empezó a masturbarla. Ella se quedó quieta dejándole hacer y me juró que tenía los dedos más grandes que algunas pollas que había disfrutado. El cabrón no paró hasta que la hizo correrse dos veces, una con los dedos en el coño y otra pasándola el capullo por el clítoris. Se había empalmado sin llegar a correrse.

Me dijo que tenía la polla más grande que había visto en su vida. Sería como un calabacín de medio kilo, a tono con el tamaño de su cuerpo. Con guasa y sin creerla demasiado le dije que era una mala puta, ella corriéndose una juerga en el ascensor y yo esperándola para que me hiciera el amor en casa. Desnuda como estaba, me tumbó bocarriba en el sofá del salón con el culo sobre el reposabrazos y metió la cara entre mis piernas. Cogió humedad de mi sexo con los dedos y me los pasó por el culo para lubricarme. Con dos dedos en el culo y su boca succionándome la pollita me corrí dos veces.

Dormimos la siesta y preparamos una cena ligera en el apartamento con la intención de tomarnos una copa después de cenar y madrugar al día siguiente. Preparamos todo en la terraza, en realidad era una parte de la azotea, y cenamos mejor que en los bares de la zona.

Estábamos ya con las copas cuando por encima de la valla que limitaba nuestra terraza apareció la cabeza Hakin, el camarero del bar de abajo. Se le vía medio metro de cuerpo desnudo y juro que tenía unos pectorales más grandes que mis tetas. Como estábamos las dos en bragas, me miré los pechos para compararlos.

Con una sonrisa de las que dan confianza nos preguntó si podía saltar a nuestra terraza y le invitábamos a una copa. Nos miramos y le dijimos cuando ya estaba encima de la valla. Solo llevaba un tanga que a duras penas le cubría la polla y dejaba el culo al aire. Era de color azul eléctrico y resultaba cómico y hortera a más no poder, nos miramos y no dijimos nada. Le saqué una copa con hielos y el mismo se sirvió una tónica, sin alcohol, porque según nos dijo era musulmán.  

Iba a sentarse cuando Cris le dijo que se quedara de pie. Se acercó a él y le bajo el tanga dejando al aire una monstruosa polla flácida. Me miró y me dijo que opinara si el tamaño no era como el de un calabacín grande. Me quedé embobada observando aquello que solo podía ser un error de la naturaleza. Nunca había visto, ni imaginado, algo semejante.

Cris me dijo que me acercara y la ayudara a chupársela porque una sola lengua no sería capaz de abarcarla y pensar en metérsela en la boca ni se le pasaba por la cabeza. No tuve ni que arrodillarme, solo agaché un poco la cabeza y ya estaba a la altura idónea. Empezamos a chuparle el capullo y aquello empezó a crecer y a levantarse. Ni con las dos bocas casi no éramos capaces de cubrir el capullo entero.

Cris le apretaba las pelotas con una mano mientras yo acariciaba aquellas nalgas que parecían estar hechas de hierro. Poco a poco llegué a la entrada de su ano y aflojó los músculos para facilitarme la entrada del dedo que hurgaba allí detrás y cuando lo tuve dentro empecé a follarle.

Enseguida se corrió en nuestras lenguas y era como beber de una botella por la cantidad de semen que expulso. A pesar de haberse corrido no se le bajó. Me cogió en volandas y dándome la vuelta me puso boca abajo encajando su boca en mi sexo. Cuando descubrió mi clítoris empezó a chuparlo como un loco, como si me lo estuviera mamando. La polla empalmada me llagaba a la altura de la boca y podía pasarle la lengua por la punta.

No sé cuántas veces me hizo correrme y solo me soltó cuando empecé a retorcerme para que me soltara, ya no aguantaba más. Me puso de rodillas sobre una silla mirando al respaldo y con cuidado me la fue metiendo en el coño mientras pensaba que me iba a partir en dos. Le dije que me soltara porque no quería que me metiera aquella monstruosidad y no hizo caso. Poco a poco la fue metiendo y yo aceptándola. Cuando empezó a follarme creí que me moría, entre el dolor y el gusto que me daba llegué a correrme dos veces más.

Se incorporó acercándose a Cris que ya estaba en posición esperando a que se la metiera. Se colocó detrás de ella y poco a poco le fue entrando, aunque es más ancha de caderas que yo, tampoco le fue fácil metérsela.

Después de hacer que se corriera varias veces se la sacó porque estaba a punto de correrse. Nos puso de rodillas a las dos juntas a más medio metro a él y con solo sacudírsela dos veces se corrió sobre nosotras. Después se acercó y se la chupamos.

Dos noches más nos visitó. Prefiero no contar lo ocurrido porque cada vez que lo recuerdo vuelvo a estremecerme del dolor de culo que me dejó.


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