PESADILLA EN ESTAMBUL

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Tenía cuatro días libres en el curro y como siempre que puedo me fui de viaje. Me metí en internet y busqué el billete más barato que hubiera a menos de cinco horas de vuelo desde Madrid. Allí estaba esperándome, ochenta y dos euros ida y vuelta a Estambul.

Busqué un hotel a la altura de mis posibilidades y encontré uno al lado de la Plaza Taksim. No tenía demasiada mala pinta y por treinta y cinco euros la noche tampoco podía aspirar a que fuera de al menos cuatro estrellas. Hice la reserva y el equipaje, un pantalón de repuesto, dos camisetas y ropa interior. Para tres días que iba a estar allí no necesitaba más.

Llegué al aeropuerto de destino a media tarde y empezó el consabido coñazo de comprar una tarjeta de datos para el teléfono y buscar medio de transporte para ir a la ciudad. Al final un autobús que tardó cerca de hora y media me dejó cerca del hotel. Me registré y subí a la habitación a dejar el equipaje e ir a cenar algo.

La habitación era tétrica. Muebles desvencijados con muchos años a cuestas y sucia. La cama chirriaba con solo sentarte y el baño mejor no entrar. Busqué toallas y al menos estaban limpias así que las puse sobre la cama para dormir encima y no tocar ni la colcha.

Enseguida encontré un bar de kebab que me pareció lo suficientemente limpio para pedir un par de esos deliciosos bocadillos que preparan allí con una cerveza. Primer tropiezo, estábamos a menos de quinientos metros de una mezquita y no servían alcohol, así que tuve que conformarme con una Coca Cola.

Cuando acabé la cena, empecé a descender por la calle principal hacia el Puente Galata que une Europa y Asia.  La calle cada vez se hacía más estrecha y siniestra. Al principio estaba llena de comercios, pero después la cosa cambió. Acostumbrado a viajar solo por el mundo me dije que había estado en peores sitios y nunca había pasado nada.

Entré en un bar donde había gente bebiendo cerveza y me moría de ganas de tomarme una. Enseguida salió una camarera de la barra para ofrecerme una mesa para sentarme, cuando un tío grandísimo le dijo que lo dejara que me atendía él personalmente. Me hizo pasar detrás de una cortina que había el fondo del local y me ofreció una mesa en un rincón diciéndome que enseguida me traían la cerveza.  

Aparecieron dos chicas vestidas, si se puede llamar vestido, con el traje típico de las danzarinas de velos con la cerveza en la mano una y un vaso la otra. Me la pusieron en la mesa y cuando me la iban a servir en les dije que prefería bebérmela en la botella. Nunca bebo nada en vaso cuando viajo a determinados países y dependiendo de la confianza que me ofrezca el local y ese, desde luego, no me daba demasiadas garantías.

Cada chica arrimó una silla y se sentaron muy pegadas a la mía. Empezaron a acariciarme la cara una y las piernas la otra. Intenté apartarlas y cuando lo conseguía con una, me atacaba la otra. Me levanté con cara de pocos amigos y al hacerlo volqué la mesa. Con el ruido apreció el grandullón y preguntó que pasaba. Las chicas le hablaron en turco y se acercó a mi cogiéndome la mano y pasándosela por un pecho a una de ellas. Mano que retiré inmediatamente bastante mosqueado y dejando el equivalente en liras a cinco euros, dije que me marchaba.

El turco me puso una mano en el pecho y me dijo que la consumición era más cara porque había tocado a las chicas. Le dije que eran ellas las que me habían metido mano a mi y no al revés. Insistió en que le había tocado el pecho a una y tenía que pagar el servicio.

Con ganas de salir de allí pregunté cuanto era y me dijo que el equivalente a doscientos dólares. Le dije que si estaba loco y puso los brazos en jarras en ademán amenazador. Saqué el dinero que llevaba y pagué lo que me pedía quedándome casi sin un duro.

Salí del local y pregunté por una comisaría de policía. Afortunadamente había una a dos calles de donde me encontraba y me dirigí allí. Al entrar me atendió un policía que no hablaba nada que no fuera turco y llamó a una señorita para que me atendiera. Le expliqué lo ocurrido y me dijo que esperara en una sala acristalada desde donde se veía todo lo que ocurría alrededor.

A los pocos minutos apareció de nuevo la señorita acompañada de otro policía con galones en la camisa. En un aceptable inglés me preguntó que había ocurrido y lo relaté de nuevo. Le dijo a la señorita que podía marcharse y llamó por teléfono. No se con quién podía estar hablando porque lo hacía en turco, lo que si era seguro es que estaba gritando a alguien. Me volvieron a dejar solo en aquella sala y me dijo que esperara allí. Al poco vi a través de la cristalera que entraba en la comisaria el gorila que me había obligado a pagar aduciendo que había tocado el pecho a una de las chicas.

De pronto apareció el policía y sin mediar palabra le soltó un bofetón que hizo que casi se cayera al suelo. Empezó a gritarle y al grandullón se le veía cada vez más asustado. Señaló hacia la sala donde yo estaba y entraron los dos juntos. Nada más entrar le soltó otro bofetón delante de mí que le hizo tambalearse de nuevo. Hablaron entre ellos y el gorila sacó del bolsillo del pantalón un fajo billetes y empezó a contar el dinero. El policía se lo quitó de un manotazo, retiró unos cuantos que se guardó en su propio bolsillo y me entregó el resto sin contarlo, indicándome que me lo guardara.

Poco después entraron las dos chicas del bar en la comisaría y las dirigieron directamente a la sala donde estábamos. El policía les pregunto algo y ellas tímidamente asintieron. Volvió a hablar y las chicas empezaron a desnudarse con cara de querer asesinar a alguien.

El policía me dijo que tenía que follármelas a las dos allí mismo, delante del gorila que era el marido de una de y tío de la otra. Me negué a hacerlo, entre otros motivos, porque lo único que quería era salir de aquella pesadilla lo antes posible y no tenía el cuerpo para follarme a aquellas pobres infelices.

El policía sacó del bolsillo del pantalón unos cuantos condones y le hizo a la de más edad de las dos que se lo pusiera con la boca. Después la colocó doblada sobre la mesa con los pies en el suelo y se la metió desde atrás. La pobre mujer no dijo nada y aguantó con lágrimas en los ojos a que aquel cerdo acabara. Pero ahí no acabó la cosa. Ordenó a la joven que le chupara el culo mientras se follaba a la otra hasta que el muy cabrón se corrió y se subió los pantalones sin siquiera quitarse el condón. Me dijo que la afrenta sufrida ya estaba saldada y que podía irme.

Salí a escape de aquella comisaria y me fui directamente al hotel. Le dije al recepcionista que por razones familiares tenía que coger el primer vuelo para España y se portó muy bien cobrándome solo esa noche. Subí a la habitación y me puse a buscar el primer vuelo a Madrid que hubiera, sin importarme el precio. Recogí mis cosas y pedí en recepción que llamaran a un taxi con destino al aeropuerto.

A las tres de la mañana ya estaba en el aeropuerto de Ataturk esperando a que dieran las siete para embarcar en un vuelo con destino a Madrid. Una vez a bordo y recordando lo vivido en las doce últimas horas, me juré no volver a pisar aquel país.


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