Respetemos la Naturaleza

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Amanecía en el bosque. Todos se desperezaban e iban en busca del desayuno. Las ardillas eran de las más madrugadoras, correteaban por las ramas haciendo acopio de bellotas, piñones, hayucos…

Apenas habían pasado unas horas, cuando la pesadilla de todos los domingos se repitió. Dos matrimonios con sus hijos descargaban sus enseres de camping a los pies de los robles. Era una invasión de sillas, mesas  y fiambreras de variados colores. Traían  todo preparado para pasar unas horas en el bosque.

Comieron y lo pusieron todo hecho un desastre. Dejaron restos de latas, botellas, papeles… Pero lo peor estaba por llegar. Mientras los padres comentaban la última jugada de Romualdo en el partido del sábado y las madres cuchicheaban sobre el reciente escándalo de B. Esteflan, los niños jugaban a la pelota sin el menor cuidado. Rompían las ramas de los árboles con sus balonazos, gritaban espantando a los animales y se entretenían asaltando los nidos de las aves o rompiendo las madrigueras de los roedores. Iban al riachuelo a refrescarse y tiraban piedras a su pequeño cauce.

Todos los animales del bosque estaban hartos. Esquiruelo, un macho joven y fuerte de una familia de ardillas, decidió pasar a la acción. Se pegó con resina en el pecho una hojita de arce de ocho puntas, se había autoproclamado como comandante jefe de la operación «Cola roja».  Convocó a todos los residentes del monte y  pusieron manos (mejor dicho, patas) a la obra. Reunieron montones de ramitas y piñas que había por el suelo y lo subieron todo a los árboles. Con ayuda de los jabalíes, cavaron muchos  agujeros que llenaron con barro. Las hormigas y las abejas sabían cuál era su cometido y los cuervos, cansados de que los niños les tocaran los huevos, serían los que avisarían desde su posición aérea.

Un nuevo domingo llegó. Los roedores pequeños lucían cúpulas de bellota en sus cabezas y los adultos esperaban  en sus puestos. Los cuervos con sus graznidos dieron la señal de alarma. Llegaron los humanos ocupando el terreno con sus mesas y sillas. Cuando empezaron a sacar las fiambreras, sobrevino el primer ataque. Cientos, miles, millones de hormigas cayeron sobre la comida haciéndola inservible para los humanos. Los niños intentaron jugar con la pelota, pero vieron que les resultaba imposible ya que su campo de futbol se encontraba llena de agujeros repletos de barro. Cuando acudieron al arroyo a lavarse el lodo, pequeños pececillos les molestaban mordisqueándoles los dedos de los pies. Uno de los adultos, muy nervioso, intentó encenderse un pitillo. Cinco pequeñas ardillas orinaron desde una rama en dirección del fumador que soltó el cigarrillo con aprensión.  El resto de roedores arrojaban su munición de ramitas y piñas sobre los invasores que recogieron el campamento apresuradamente.

Quedaba la última oleada compuesta por un enjambre de abejas. Ya sólo el zumbido de sus alas provocaba pavor. Las personas agitaban los brazos con espanto. Dejaron el lugar con el firme propósito de no volver.

El bosque, por esta vez, había ganado.

 


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