El laberinto oscuro

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La historia sitúa a un hombre perdido en un laberinto vegetal en una noche de luna llena. El personaje cree estar dentro de un sueño y no sabe quién es ni qué hace allí. 

   El hombre mira hacia ambos lados del pasillo gris donde está parado, pero la claridad de la luna le muestra la misma imagen. Empieza a errar sabiendo que ignora hacia donde se dirige; llegando al final del pasillo, una bifurcación y hacia ambos lados lo mismo: pasillos. Mira hacia un lado y ve que está mirando exactamente lo mismo que acabó de ver hace un momento, cuando se acercaba al bifurque, y que será igual si mira hacia el lado opuesto. No necesita preguntarse dónde se encuentra, ya lo sabe. Entonces sigue, con la convicción de que avanzar es lo mismo que retroceder.

   "Maldita simetría", masculla, apretando los dientes mientras sigue adelante, no porque albergue la esperanza de encontrar la salida al final de ese otro pasillo ni en el próximo ni en los que le sigan, sino porque está con frío y mantenerse en movimiento es fundamental. Y así continúa en ese continuo seguir, doblar, volver a seguir y volver a doblar durante horas. Lo único que va cambiando es la posición de la luna, pero siempre repitiendo una cuádruple secuencia de luz y sombra: adelante, detrás, a la derecha y a la izquierda; en fin, más de lo mismo una y otra vez. 

   El escritor del relato decide hacer un paréntesis porque recuerda que tiene un compromiso ineludible esperándolo en la ciudad, de manera que cierra el cuaderno y se marcha. 

   En ese momento el personaje se lleva un susto, la luna, inexplicablemente, ha desaparecido de repente. La luna y las estrellas, como si un velo negro hubiera sido puesto por manos invisibles sobre el laberinto. Apoya la espalda sobre la blandura vegetal que reviste las paredes y siente que la noche se torna más fría aún. Busca en sus bolsillos no sabe qué y descubre que fuma. Enciende un cigarrillo y trata de aquietar sus pensamientos que giran en el borde de un agujero negro. De pronto tiene una idea: hiende las manos en la vegetación y a tientas busca pequeñas ramas secas; una, dos, cientos, todas las que puede. Hace un montón en el medio del pasillo, vacía el paquete de cigarros y con el papel consigue que las ramas ardan; en seguida arranca más ramas, secas, verdes, con hojas y todo, despedazando un buen tramo de pared. Por fin entra en calor, por el fuego y por el esfuerzo, pero continúa hasta quedar agotado. Cree que la hoguera aguantará media hora o un poco más sin que necesite ser alimentada con nuevas ramas. Así que se sienta, se apoya en la pared y enciende otro cigarrillo. Cuando termina de fumar se recuesta alrededor del fuego, nuevamente siente frío, y el sueño lo vence. 

   El escritor resuelve el compromiso pendiente en la ciudad y regresa, una hora más tarde; pero al doblar en la esquina se queda petrificado con la visión alucinante delante de sus ojos: las llamas devoran su casa. 

                                                                 Fin.


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