Beata Anastasia y el Cristo viviente

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Anastasia llegó más temprano que de costumbre a la iglesia, hoy tenía trabajo extra. El padre Pancracio le había encomendado que limpiara la escultura de Cristo, que de tantas velas ardiendo día y noche a sus pies, ya estaba quedando ennegrecida de tanto tizne. Cuando llegó a la iglesia, el padre Pancracio estaba parado al lado de la cruz, reclinada detrás del altar sobre un plástico negro. 

   Buen día, Anastasia. Llega temprano, la saludó el padre. 

   Bendición, padre Pancracio. Pensé que sería bueno limpiarlo antes que los feligreses empiecen a llegar, respondió la mujer, señalando al Cristo con la mano izquierda mientras que con la otra se persignaba. 

   Dios te bendiga, hija, responde el padre al tiempo que hacía la señal de la cruz en el aire. 

   Muy bien pensado, Anastasia, prosiguió el padre, mire, yo tengo que tratar unos asuntos en la municipalidad, ya sabe, por el asunto de la kermesse de este año, así que aquí tiene una bolsa con trapos y cinco kilos de sal. El padre ya se iba cuando recordó algo. 

   Ah, y no se olvide, deje trabajar la sal por quince minutos antes de retirarla, recomendó. 

   No se preocupe padre Pancracio, lo recordaré. 

No bien el padre se retiró, Anastasia desapareció por una puerta lateral, a la izquierda del altar, dirigiéndose al lavadero; al rato volvió, cargando un balde y una palangana donde despejó la sal con la que, en seguida, se puso a espolvorear la sal sobre el cuerpo de Cristo y la cruz. Concluida la primera parte, miró la hora. Pensó en ir adelantando el servicio en la cocina en esos quince minutos. Habrían pasado cinco, como mucho, cuando escuchó alaridos desgarrados provenientes del interior de la iglesia. 

   ¡Padre Pancracio!, gritó, y salió corriendo en el acto. Los alaridos se hacían más intensos. Cuando llegó al altar, casi le dio un síncope cardíaco: Cristo se retorcía con desesperación, que apenas la vio, le ordenó:

   ¡Rápido, mujer, quita esta sal sobre mí que las heridas me arden como mil demonios! 

   Muerta de miedo, como si hubiera visto al mismísimo demonio, Anastasia se puso pálida como una vela y haciendo oídos sordos al pedido del señor, salió corriendo como una loca hacia la salida. Bajó volando las escalinatas y cruzó la plaza en línea recta, sorteando obstáculos con destreza de atleta bien entrenado, dando a la avenida principal, por la cual siguió hasta el final, donde terminaba el pueblo y empezaba el campo. Comentan hasta hoy  en el pueblo, que iba gritando como una beata posesa: "Cristo vive, Cristo vive". 


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