De otro mundo

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El hombre entró a la cantina del club Santacarmeño (había unas cinco o seis personas), pidió una cerveza y, después de atendido, fue a sentarse en una mesa al lado de una ventana. De pronto un viejo, sentado en la mesa de al lado, se presentó y empezó a hablar de cualquier cosa (lo de siempre, de dónde era, qué hacía por el pueblo, etc...).

   Aquí parece que es muy tranquilo, dijo el hombre.

   A simple vista es lo que parece, pero las apariencias engañan, mi amigo, respondió el viejo. 

   El hombre miró a través de la vidriera; algunas personas pasaban con las compras, un auto doblaba en la esquina, un hombre y un muchacho conversaban sentados en el alféizar de la vidriera de la zapatería en la esquina de enfrente, en la tienda de electrodomésticos de otra esquina un matrimonio miraba lo exhibido; en fin, no vio nada de anormal, la vida transcurría como en cualquier pueblo. Después paseó la mirada por las mesas y el mostrador, entonces reparó que todos miraban hacia una mesa en particular donde un joven parecía estar pasando mal.

   ¿El muchacho ese, está pasando mal o es una impresión mía?, le preguntó al viejo, señalando al joven que hacía arcadas sobre el plato que tenía delante.

   No, él es así todo el tiempo, él hace todo al revés. Ha encontrado la fórmula de revertir el paso del tiempo, dijo el viejo, con un dejo de orgullo en la voz.

   El hombre tuvo la impresión que el viejo le estaba tomando el pelo. Esto siempre le ocurría cada vez que llegaba a un pueblo del interior, no bien se ponía a conversar con un parroquiano éste lo llenaba con una sarta de mentiras.

   Pero eso es imposible, respondió el hombre, no dejándose tomar por tonto, sabía que si le daba soga las mentiras tomarían tintes fantásticos.

   Eso mismo pensé yo hace veinte años cuando el destino me trajo aquí, dijo el viejo; por ese entonces él tenía cuarenta y dos años y mírelo ahora, está como yo cuando recién llegué al pueblo. Y no piense que lo que le digo es puro grupo aunque lo parezca, sin embargo...

   Le repito, señor, eso es científicamente imposible. No se puede volver en el tiempo, el tiempo es lineal, va hacia adelante siempre, argumentó el hombre.

   Sí, eso todo el mundo lo sabe, pero de alguna manera él ha conseguido revertir la cosa, insistió el viejo.

   Pero ¿usted cree que un hecho de tal magnitud, único en toda la historia de la humanidad, de ser verdadero no hubiera trascendido ya los límites no solo del pueblo sino de país?, volvió a argumentar el hombre.

   ¿Y usted no cree que eso mismo no lo pensé yo cuando me di cuenta del fenómeno?, pero acá estoy yo, desde hace veinte años sin conseguir salir del pueblo. Ahora ya hace mucho que dejé de intentarlo, porque siempre ocurre lo impensable que elimina todo escape del pueblo; cuando no cae un rayo, los teléfonos no funcionan, o los vehículos se empacan cerca de la salida y solo vuelven a funcionar si se da marcha atrás; y de nada sirve querer salir a pie, la avenida se alarga y se alarga como un chicle infinito y uno se cansa de caminar en el mismo lugar. Finalmente, no hay otro remedio que quedarse en el pueblo.

   El hombre pensó que ya le habían tomado el pelo muchas veces, pero ese viejo se pasaba de listo.

   Observe, observe con atención, le dijo el viejo, señalando al muchacho. El hombre volvió a fijarse en él, ahora ya no hacía arcadas sino que forcejeaba con un sandwich en la boca.

   ¿Qué le pasa ahora?, preguntó, frunciendo el ceño.

   Está devolviendo el sandwich, por parte, bocado a bocado, dijo el viejo sonriendo.

   El muchacho finalmente desprendió el sandwich de la boca: estaba entero, como si aquel bocado que sería el primero fuera el último. En seguida se puso de pie, agarró el plato con el sandwich y un vaso con Coca y fue retrocediendo hacia el mostrador, donde al llegar se dio vuelta y se los pasó al hombre que atendía. Después metió una mano en el bolsillo y sacó un cambio, se lo pasó al hombre y éste le dio un billete de cien. Entonces, retrocediendo, el muchacho pasó por el hombre y el viejo hasta la entraba, donde saludó.

   Aíd neub, dijo y, siempre retrocediendo, salió del club, llegó hasta el cordón de la vereda, dio un saltito al asfalto, reculó hasta la otra vereda a la cual subió con otro saltito, después miró hacia los dos lados, como cerciorándose que no venía ningún vehículo. Y así, retrocediendo, desapareció tras la pared de la tienda de electrodomésticos de la esquina.

   No le dije yo, hace todo al revés para no avanzar en el tiempo, hasta hablar de atrás hacia adelante. Parece cosa de otro mundo, ¿no?, dijo el viejo, dándole una palmadita en el hombro.

   A mí me ha parecido que saludó en árabe, dijo el hombre.

   ¡Qué nada!, ha dicho buen día de atrás para adelante, aclaró el viejo. 

   El hombre se dijo que ya había escuchado muchas mentiras en su vida, pero ésa le ganaba a todas.

   Bueno, entonces yo le voy a demostrar lo contrario, desafió el hombre. De modo que se puso de pie, fue hasta el mostrador, pagó y se dirigió a la salida.

   Adiós, le dijo al viejo, cuando pasó por él.

   Hasta luego, dijo el viejo, como quien se despide por poco tiempo.

   El hombre salió caminando hacia la salida del pueblo, pero cuando se encontraba a unos trescientos metros, el cielo se oscureció de repente, un rayó derribó un árbol que cayó delante suyo y una lluvia de granizo le llenó la cabeza y la espalda de chichones; no dándose por vencido saltó del otro lado del tronco y protegiéndose la cabeza con las manos siguió avanzando, pero a cada paso que daba, veía cómo la avenida se alargaba otro tanto, tal cual el viejo le había dicho. "Yo le voy a demostrar a ese viejo mentiroso que sí puedo salir de este infierno", se dijo, con férrea determinación, pero dos horas después estaba de regreso en el club, encharcado y dolorido. Se dejó caer como una bolsa de papas sobre la silla. El viejo continuaba sentado en el mismo lugar.

   ¿Y ahora qué debo hacer?, le preguntó, exhausto, al viejo.

   Hacerse a la idea, ¿qué más?, respondió el viejo, dando de hombros. 


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