Intolerancia

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Oficina con amplios ventanales, sin cortinas, moderna, con varios gabinetes metálicos de color gris dispuestos sin ningún criterio; además de un sofá de cuero marrón claro, hay un estante con libros y enciclopedias; un escritorio marrón y dos sillas de madera color crema, por delante y por detrás, tapizadas con cuero negro. 

   Un hombre mayor (el jefe sin dudas), a medio sentar sobre un ángulo del escritorio, balancea la pierna izquierda nerviosamente. Sostiene entre sus manos pálidas y temblorosas lo que parece ser una nota, que mira en silencio con visible contrariedad. Su semblante denota, sobre todo, cólera. A unos pasos de él hay otro hombre, más joven (seguramente un empleado) pero igualmente pálido; está parado de perfil y en silencio; su postura, en cambio, es de gravedad. De pronto, el viejo estruja la nota y se la arroja a la cara al joven, que se ataja con las manos. El hombre se levanta y empieza a caminar con pasos duros por todo el recinto, agitando nerviosamente los brazos hacia los lados y gritándole rabiosamente algo al joven (por la rigidez del rostro y los gestos bruscos se supone que sean asquerosos improperios). El hombre camina hacia un rincón, vuelve a levantar los brazos, mira al techo y después se tira de los pelos. El joven, sin moverse del lugar, lo sigue con la mirada; intenta argumentar alguna disculpa, pero se nota que la mudez se ha apoderado de su lengua. El conflicto acaba unos minutos después cuando el hombre se detiene delante del joven y lo abofetea, y luego le señala una puerta con un dedo. El joven va hacia la puerta, pretende decir algo, pero el hombre lo ataja con un movimiento violento con ambas manos, advirtiéndole de esa manera la inutilidad de cualquier argumento. El joven asiente en silencio y empieza a salir de la oficina. Antes de desaparecer por completo, gira la cabeza y mira con tristeza al otro, que espuma por la boca y lanza llamas por los ojos; finalmente, el joven se marcha. El hombre se acerca a uno de los gabinetes, abre un cajón, de donde saca una botella de whisky y un vaso de vidrio. Llena el vaso, enciende un cigarrillo y va hacia los ventanales. Fuma, bebe y mira al cielo. Vuelve al gabinete, repite la dosis, enciende otro cigarrillo, regresa al ventanal y vuelve a mirar al cielo. La escena se repite varias veces hasta que acaba el whisky. El humo cunde el interior y él empieza a tambalearse, claramente mareado. Abre un ventanal y el humo se disipa rápidamente; apoya los brazos en el alféizar y aspira profundamente, luego exhala. Se vuelve, le echa un vistazo a la oficina y va hacia el escritorio; agarra una silla, la trae  hasta el ventanal y se sube al alféizar. Vuelve la cabeza y busca algo en el piso; se baja y recoge el bollo que ha hecho con la nota y en el acto hurra como un alienado, masculla una maldición y, finalmente, arroja por el ventanal el bollo y tomado por una locura incontrolable se sube a la silla, pone los pies en el alféizar y se arroja al vacío. 

 

   Yo pego la nariz en el vidrio de la ventana de inmediato y en seguida lo pierdo de vista. Rápidamente me precipito escaleras abajo y en unos minutos estoy junto al cadáver desparramado en el asfalto, mientras una mancha de sangre se forma lentamente alrededor del suicida. La muchedumbre de curiosos empieza a empujarme contra el muerto, con lo que me hacen trastabillar y caer junto a él, pero cuando me apoyo para levantarme siento en la palma de la mano derecha algo no muy duro; miro y veo que se trata del bollo que el suicida había arrojado por el ventanal. Movido por la curiosidad por descubrir el motivo de la drástica decisión de quitarse la vida, pues creo que allí se encuentre la clave, deshago el bollo y veo que no me equivoqué. Es una fotografía de una escena familiar retratando al joven de la oficina junto a una hermosa mujer negra sosteniendo en sus brazos a un bebé que ríe con la sonrisa de los inocentes.


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