UNA CITA DIFERENTE

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"Calle Fuente fría número 4, primer piso, a las ocho y media."

Ese fue su escueto mensaje. Llamé al timbre al llegar. 

—Sergio, soy Marina

—Sube —respondió el telefonillo. Te he dejado algo en el pomo de la puerta. Póntelo y llama al timbre.

Subí la escalera. Un piso. En el pomo encontré un retal largo de color negro. "¿En serio?" pensé. Era una venda para los ojos. 

Me gustaba Sergio. Recién llegada a la ciudad, habíamos coincidido en una de las reuniones en la empresa farmacéutica donde ambos trabajamos. Al terminar salimos en grupo a cenar y acabamos en un bar de copas cercano, donde nos relajamos y empezamos a conocernos. 

Su mirada era descarada y su aire de confianza me excitaba. Tampoco yo me escandalizaba por ser el centro de atención de su interés sexual. El grupo fue disolviéndose a medida que pasaban las horas hasta quedar sólo dos parejas, y la otra se despidió hasta la próxima reunión. 

Al estar solos me dijo: 

—Ya sabes a dónde se van estos, ¿no?

—Lo imagino —contesté con una sonrisa.

—Marina... —dejó un instante el aire y luego dejó caer:—¿Quieres venir a cenar mañana a mi casa?

La propuesta no me disgustó. Pensé que mejor en su casa que en una habitación de hotel, así que acepté.

Y ahora estaba cubriéndome los ojos con una venda. Le di con el dedo al pulsador y tras unos segundos bastante inquieta, escuché cómo se desarmaba el pestillo y sentí un agradable aire caliente en la cara. Su voz me dijo:

—Hola Marina, adelante —mientras una mano cogía mi brazo suavemente indicándome por donde debía entrar. 

—Disculpa el juego, si no te apetece, lo dejamos.

—Hola... bueno, es la primera cita a ciegas que tengo —dije bromeando para relajarme yo misma un poco. Sigamos, Sergio, estoy intrigada.

La casa olía a comida. Carbonara, seguro. Y cuando estaba pensando que realmente iba a cenar, oí su voz de nuevo:

—Quítate la ropa.

Me dejó paralizada con su orden. Mis labios maquillados de rojo se entreabrieron un poco, lo justo para dejar asomar mi lengua y mojar mis labios.

—¿Debo seguir tus ordenes?

—Por supuesto, —respondió Sergio —soy el anfitrión.

Desabroché mi abrigo lentamente, me lo saqué y lo tendí hacia delante porque no sabía qué hacer con él. Fue recogido al instante junto al bolso. No sabía qué hacer después.

—Continúa.

Me quedé dudando. Me hubiera gustado ver su cara, la recordaba de la noche anterior y le imaginé sonriendo un poco irónicamente ante mi indecisión, y eso hizo que empezara a desabotonar mi blusa. Resbaló hasta el suelo y desabroché el pantalón, que también se deslizó en la misma dirección. Salí de él dando un paso adelante y me quedé de pie en ropa interior.

—¿Así está bien? —Ya estaba ruborizada. Si decía que no, iba a sacarme la venda de inmediato.

—Si. Así está bien. Marina... eres preciosa. Ven.

Sergio cogió mi mano y me dirigió a... la mesa. Estaba preparada para comer, lo noté al apoyarme y topar mis manos con los cubiertos. Me sentó y me dejó esperando. Al momento volvió con dos platos de pasta carbonara, situó uno frente a mí y él debió sentarse frente a mí.

—¿Tienes hambre, verdad?—habló en un leve tono jocoso.

—Si, respondí un poco decepcionada, pero hambrienta al sentir aquél delicioso aroma invadiéndome el olfato.

Empezamos a comer, era gracioso intentar enrollar los tagliatelle sin vista, y entre risas fuimos comiendo y charlando, animados por el vino y música de ópera italiana. No me sentía desnuda, él no volvió a hacer alusión a mi cuerpo, pero estaba segura de que disfrutaba de la vista.

Al terminar el plato, me preguntó si me apetecía postre.

—Claro. Si es tan bueno como el plato de pasta que acabamos de comer, seguro que me encantará.

Entre risas me dio las gracias, recogió los platos marchándose y volviendo con tarta tiramisú casera. Estaba impresionante.

No lo oí levantarse, pero al terminar el último bocado sentí sus dedos apartar un tirante del sujetador mientras con los labios seguía el camino hacia el brazo. Luego hizo lo mismo con el otro tirante. Si no hubiera llevado la venda, hubiera cerrado los ojos. Eché la cabeza hacia atrás. Cuando sentí sus labios saboreando mi cuello dejé escapar un leve gemido. Él lo notó. Mi piel reaccionaba con sus caricias. Notó que me estaba excitando el cuerpo después de haberme excitado el paladar. "Marina..." susurró en mi oído.

Soltó el lazo del paño que cubría mis ojos. Lo vi a mi lado, de pie, desnudo de cintura para arriba y descalzo, llevaba unos vaqueros que marcaban un atributo considerable con ganas de escapar de la fuerte tela. Me dedicó una pequeña sonrisa y una intensa mirada que le devolví. Tiró de mis manos para levantarme de la silla y las colocó alrededor de su cuello; sus manos se desplazaron por mi cuerpo acariciando al final mis caderas desnudas mientras me pegaba a su cuerpo cálido y otro gemido que se me escapó fue acallado con un profundo beso. Un beso con sabor a mascarpone, chocolate y vino. 

Mientras Sergio terminaba de desabrochar mi única prenda superior, yo me dediqué a su cinturón, besándonos cada vez más acalorados. Me costó más a mí que la hebilla cediera que a él abrir los corchetes. Por fin, quedamos libres de ropa y, sin dejar de sentir la piel del otro mientras nos desplazábamos, caímos sobre el sofá situado frente a la ventana, su erección fundida en mi cuerpo y sus manos buscando mil formas del volverme loca de placer.

Sólo pronunció cuatro palabras más:

—Alexa, apaga la luz.


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