LA ERA DEL HOMBRE MÁQUINA 1

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Me llamo Rodrigo Font, de profesión cuidador de personas de la tercera edad en sus hogares; y actualmente una señora cuyo nombre es Carla Vila residente en la Bonnova  que es una de las zonas más disinguidas de Barcelona ha requerido mis servicios para que atienda a su padre llamado Raúl que es  un hombre de ochenta años en su piso particular que no está muy lejos del domicilio de dicha mujer, el cual está algo delicado de salud puesto que ella tiene que viajar a menudo tanto a Madrid como al extranjero por asuntos laborales y apenas tiene tiempo para estar junto a su prognitor.

Raúl es un hombre de aspecto deportivo y muy vital; de trato afable; aunque no deja de vanagloriarse de sus éxitos tanto profesionales como personales que ha tenido a lo largo de su vida y con razón. Pues no tan solo ha sido un sujeto luchador que nunca se ha amedrentado ante las dificultades que le han salido al paso sino que también ha tenido una vista de lince  para los negocios.

- ...Sí. Yo entré a trabajar muy joven haciendo de representante en una fábrica de muebles, pero siempre tuve muy claro que aquello no me iba a durar mucho porque yo aspiraba a ser algo más. Quería ser dueño de mi propio negocio - me explica una y otra vez como suelen hacer muchas personas de edad avanzada, sentados en un sofá que estaba en el sobrio comedor de su casa junto a una ventana por la que entran los blancos rayos del sol-. ¿Entiendes lo que te digo chaval?

- Sí, hombre. Claro que lo entiendo - le respondo yo.

- En esta vida hay que ser ambicioso; tener un objetivo claro y luchar por ello sin descanso hasta conseguirlo. Si sale bien estupendo, si no, al menos lo habrás intentado. ¡Esto es ser un hombre de verdad! Si no se tienen aspiraciones, uno acaba siendo un triste oficinista; un don nadie de cualquier empresa como lo es el bobo de mi cuñado - dijo él con prepotencia-. Así que con los ahorros que tenía y un préstamo del Banco monté mi primera tienda de muebles. Y como trabajé sin descanso y las circunstancias me lo permitían puesto que los empresarios pagábamos al Estado unos bajísimos impuestos, con el tiempo llegué a tener dos tiendas más. Pero con el capital que llegué a ganar como no sabía muy bien qué hacer con él lo invertí en inmuebles que hoy en día me dejan una buena rentabilidad.

- Mira que bien...

- Sí. Pero esto no es lo más importante chaval. Poco antes de tener mi primera tienda me casé con una de las chicas más guapas y más simpáticas del barrio en el que vivía, la cual me dio dos hijos y confió siempre en mí. Tuvimos nuestros altibajos como cualquier matrimonio pero no se nos ocurrió separarnos como ahora sucede en muchas parejas que no se aguantan ningún error y a la mínima cada uno tira por su lado. Pues yo voy ahora por la calle, paso frente al Ayuntamiento de la ciudad o frente a una iglesia y veo a una risueña pareja de recién casados que salen riendo mientras los invitados les echan arroz y pienso: "A ver cuánto les dura dura este matrimonio..." No apostaría por ellos ni un céntimo.

- Bueno, no será para tanto... - repliqué yo.

- ¡Bah! Tú eres joven y todavía lo ves todo de color de rosa - dijo Raúl con sorna-. Pero como te decía en aquellos buenos tiempos mi buena estrella en el aspecto económco me hacía sentir muy seguro de mi mismo. Yo era un ganador y no había quién me tosiera. Recuerdo que mi mujer y yo íbamos a las mejores fiestas de la ciudad sea en el Hotel Ritz que antiguamente había albergado a la alta sociedad, a celebridades de toda Europa, o en cualquier otro lugar vestidos de gala. Yo iba de smoking y mi mujer iba de largo y todo el mundo nos admiraba. La gente nos comparaba con las realezas de Mónaco. Yo con el príncipe Rainiero y mi mujer con la Grace Kelly. Aquello era maravilloso.

Era evidente que para el señor Raúl la estética en el vestir; en la buena apariencia era lo que lo que mejor reflejaba la buena situación económica que era lo  mismo que decir la dignidad ante los demás.

- Caray...

- Sí, sí... - repetía mi cliente todo orgulloso.

-  Supongo que sus padres estarían muy contentos de tener a un hijo tan brillante - dije yo inocentemente.

De súbito la locuocidad del señor Raúl enmudeció y dirigió una tan fría como dura mirada que parecía que me quisese fulminar. Era como si yo sin pretenderlo hubiese tocado un tema delicado del que era mejor no hablar.

- Mis padres... Mi familia...- susurró entredientes con resquemor-. Ojalá no los hubieses nombrado- me dijo él.

- Lo siento yo... no quería incomodarle.

- Mis padres jamás me quisieron - confesó mi cliente-. Todo el cariño lo volcaron en mi hermana que era una mujer muy envidiosa que llegó a dominarles totalmente. Yo hiciese lo que hiciese siempre estaba mal, y era el tonto de la familia. En cambio la loca, la disparatada y la mentirosa de mi hermana era la lista. Y cuando me quise independizar con mi negocio, mis padres en lugar de alegrarse por ello; en desearme buena suerte aún me echaron un cubo de agua fría encima; trataron de quitármelo de la cabeza. Me daba la impresión de que ellos tenían envidia de mis proyectos. Te aseguro que a veces la familia es un obstáculo para el progreso de un hijo. ¡Hay mucha jilipollez en torno a la familia! Hay buenas madres, que es lo natural, pero también hay malas madres que no quieren a los hijos, y ésto no se dice.

- De acuerdo.  Pero a pesar de todo usted no rompió con su familia. Siguió visitándolos - le dije yo.

- Sí, los visitaba de vez en cuando. Al fin y al cabo ellos eran mis padres.

- Usted sentía un sentimiento contradictorio hacia ellos. Por un lado los quería porque eran personas de su sangre, pero por el otro lado los odiaba por lo que hicieron  con usted - le dije para darle a entender que lo comprendía perfectamente; que estaba de su lado. Mas al parecer me equivoqué en mis apreciaciones porque él estalló de pronto:

- ¡¿Qué dices, chaval...?! Puede... no sé... no sé lo que quieres decir - expresó el señor Raúl con gran agitación y con una respiración jadeante. Pues era evidente que aquel hombre a pesar de los años transcurridos todavía seguía bajo el influjo de  su mala experiencia familiar-. Gracias al dinero que gané con el sudor de mi frente ya no me asustaba mi familia y yo vivía como me daba la gana - dijo con un hilo de voz.

 

 

 

 


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