1 DE ENERO DE 2021

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Es la una del mediodía del día de año nuevo. Estoy sentado en la cocina fumándome un cigarrillo de después del desayuno, antes de recoger la mesa y Myrna acaba de irse a su casa.

Después de seis meses trabajando en Madrid, lo que iba a ser cosa de un mes como mucho, por fallecimiento del director de esta sucursal, me disponía a pasar el fin de año solo en el apartamento alquilado por mi empresa, donde vivo actualmente.

Desplazarme a León a cenar con mis padres, mis hermanas y sus respectivos maridos no era posible por las restricciones de la pandemia, aunque al tener domicilio en el documento de identidad de León, podría haberlo hecho y hubiéramos sido uno más de lo estipulado por ley para las cenas de noche vieja. También rechacé alguna invitación de los compañeros de trabajo por no inmiscuirme en sus familias, sobre todo siendo el jefe de alguno de ellos.

Me compré medio cochinillo como única cena con la intención de a guardar para otro día lo que me sobrase. Tenía la bodega bien surtida de vinos y champagne, ni único vicio en esta vida.

A las once ya había cenado y recogido la cocina. Me puse algo de abrigo y bajé a tirar la basura para no tenerla en casa varios días y ya estaba bastante llena. Al llegar al contenedor me encontré con una vecina de los apartamentos en chándal. Nos felicitamos al año nuevo como es preceptivo en esa fecha y volvimos juntos al portal.

Por cortesía y por lo violento que era estar callados mientras esperábamos al ascensor, le pregunté por su cena y me dijo que había cenado sola un poco de fiambre con una copa de vino y estaba haciendo tiempo para tomarse las uvas, también sola. Le dije que yo no iba a tomarlas entre otras cosas porque no había comprado. Me miró con cara de reproche y me dijo que no podía pasar de un año a otro sin comer las doce uvas.

Al entrar en el ascensor pulso el botón de mi piso y me preguntó a que cual iba yo. Cuando le dije que al mismo me miró con cara de guasa y me dijo que no estaría pensando en meterme en su casa. Al llegar a nuestro piso y ya en el descansillo seguimos hablando. Ya nos íbamos a despedir cuando me dijo que tenía la casa desordenada y no le importaba recogerla un poco e invitarme, si me apetecía, a tomar las uvas juntos. Le dije que la mía estaba en perfecto estado de revista y podíamos tomarlas en mi casa si ella las traía.

Quedamos en mi casa sobre las doce menos cuarto para que le diera tiempo a arreglarse un poco. No pensaba comerse las uvas en chándal si iba a hacerlo acompañada. Le dije que de acuerdo y nos despedimos para volver a vernos en media hora después.

Me puse un pantalón de lino blanco y una camisa del mismo tejido, también blanca al estilo ibicenco, porque en el apartamento hacía mucho calor. No me calcé, el suelo es de moqueta, me encanta andar descalzo y que coño, estaba en mi casa.

Puntualmente tocó al timbre de la puerta y al abrir allí estaba con una bolsa de papel con las uvas. Nada más entrar me dio dos besos y me dijo que dejara de mirarla como si fuera una aparición porque era la misma que había visto antes en chándal. No la hice caso y seguí mirándola, estaba preciosa.

Se había soltado el pelo, tan rubio que parecía blanco. Se había puesto una falda estrecha que le llegaba a medio muslo, una blusa blanca de seda brillante con minúsculos tirantes y se había calzado con unos tacones de aguja. Yo con mi atuendo ibicenco y descalzo. Le dije que me iba a poner algo más apropiado para estar a su altura y me dijo que así estaba muy bien, que a ella le gustaba como iba vestido y yo cedí encantado.

Nos fuimos a la cocina y preparó dos cuencos con doce uvas cada uno después de lavarlas. Yo saqué dos copas de champan y metí una botella en la cubitera con hielo para mantenerlo frío. Nos fuimos al salón y nos sentamos, ella en un sillón y yo en el sofá. Encendí la tele para ver las campanadas y ya estaban explicando lo de los cuartos antes de empezar a comer las uvas.

Cumplimos con la tradición y nos atragantamos con tanta uva en tan poco tiempo. Entre risas conseguimos tragarlas, se levantó y me pidió que hiciera lo mismo. Me plantó un beso en los morros y me dijo que en su país era tradición besarse todos en los labios al iniciar al año, independientemente de si era entre hombre o mujeres. Le dije que me encantaban sus tradiciones, sobre todo si no había más hombres en la casa, y le pregunté cuanto faltaba para celebrar la próxima noche viaja.

Me dijo que no hacía falta esperar tanto y volvió a besarme. Ante mi indecisión por desconocer exactamente como era su tradición, fue ella quien presionó mis labios con la lengua para poder entrar en mi boca. Fue un beso largo y cálido, sin invadirnos, simplemente juntamos las lenguas y disfrutamos del momento.

Nos quedamos de pie y descorché una botella de champan, serví dos copas y le ofrecí una, se empeñó en que teníamos que entrelazar los brazos para beber porque también era tradición en Rusia. A esas alturas estaba dispuesto a seguir todas sus tradiciones, ya habría ocasión de enseñarle algunas tradiciones españolas, aunque fueran improvisadas sobre la marcha.

Yo le dije “por nosotros” y contesto “nasrobia” o algo parecido. Bebimos un sorbo y me dijo que pusiera música, pregunté que quería escuchar y me dijo que lo que me apeteciera. No lo dude y puse swing, lento, sin estridencias y apropiado para charlar e incluso bailar, nunca falla.

Mientras yo ponía la música, se llevó los cuencos a la cocina y al volver me dijo que le encantaba la elección y que quería bailar. Me acerqué a ella solícito, pero me esquivó, despejó la mesa baja del salón, se subió descalza y empezó a bailar sensualmente al ritmo del piano de Diane Schuur. Me senté y me puse a observar sus evoluciones. Bailaba muy bien y cada movimiento era más sensual que el anterior. Desde mi posición la miraba hacia arriba y alcance a verle las bragas blancas al tiempo que empezaba a empalmarme, no por la visión sino por la intuición de los derroteros que esperaba que discurriera la noche.

Estaba con los brazos en alto cuando me levanté y la acogí de la cadera, fui levantando las manos hacia sus pechos y me dio su aprobación con un movimiento de cabaza. Cuando los tuve en las manos me pidió que le desabrochara el sujetador y obedecí, claro. Al tacto eran más grandes de lo que me habían parecido, le acaricié los pezones y cerró los ojos sensualmente.

Busqué la cremallera de la falda y se la bajé muy despacio para darla tiempo a frenarme si no quería, no dijo nada y al llegar a los pies los levantó para que pudiera quitársela. Volví a los pechos y esta vez me llevé la blusa con las manos hacia arriba. Se inclinó para que pudiera sacársela por la cabeza sin dejar de bailar. Sus pechos me quedaban a la altura de la cara y los besé, me acarició el pelo marcándome el ritmo con que quería que la chupara.

Cuando vio que el lino de mi pantalón abultado me dijo que le bajara las bragas. Las deslicé por las piernas hasta la mesa y me encontré frente a un pubis completamente limpio de vello. Antes de incorporarme le pase la lengua y ella abrió un poco las piernas a modo de invitación. Al poco se bajo y me dijo que me subiera yo, cogió el pene con ambas manos y empezó a basarlo. Cuando sintió en la lengua el sabor del líquido preseminal me dijo que prefería que nos fuéramos a la cama.

Me hizo tumbar boca abajo y sentí su lengua en el culo mientras metía la mano por debajo y me acariciaba los huevos y la polla. Estaba a punto de correrme y se lo dije. Me hizo darme la vuelta y sentó encima, empezó a pasárselo por el pubis y cuando menos lo esperaba se lo introdujo. Se quedó quieta y empecé a notar como me contraía el pene con los músculos interiores de la vagina. Notó que me iba a correr y se incorporó un poco, se dejó caer de golpe sobre mi polla al tiempo que se contraía de nuevo por dentro. Sentí como un pinchazo en la punta al entrar en tan apretado conducto y me corrí. Se masturbó con la polla aún dentro y se corrió. Esa noche comprobé que tenía la misma fuerza en los músculos del ano.

Debían ser cerca de las cuatro de la mañana cuando nos dormimos. Había amanecido ya cuando sentí algo húmedo y caliente en el pene. Abrí los ojos y vi los suyos mirándome fijamente mientras me la chupaba. Me corrí en su boca y sentí resbalar mi semen por los testículos. Trepó sobre mi cuerpo y puso las rodillas a los lados de mi cara, con su coño a cinco centímetros de mi cara empezó a masturbarse el clítoris con un dedo. Olía a limpio lo que quería decir que había pasado por el cuarto de baño para limpiarse los fluidos nocturnos. Ya estaba húmeda de nuevo cuando la atraje y hundí la lengua en su interior. Chupé muy despacio para que sintiera deslizarse la lengua deslizarse por la abertura para acabar en el clítoris mientras ella estiraba de sus pezones. Se corrió con un orgasmo larguísimo.

Nos duchamos y follamos una vez más. Después hice el desayuno y lo disfrutamos juntos. Myrna se vistió y se marchó a su casa. Antes de abandonar la cocina me dio un beso cálido en los labios y dio sus bragas blancas diciéndome que era su regalo para que no olvidara la entrada en 2021.


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