Viaje en caballo-globo

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           Yo, el barón Munchausen, una mañana me levanté de la cama sintiendo entre pecho y espalda una gran energía, así que bien temprano ensillé mi caballo westfaliano y me dispuse a recorrer mis posesiones, ¡tan vastas que fácilmente pueden contener tres o cuatro reinos de Oriente!, haciéndolo a conciencia.

           Estuve cabalgando ora al Septentrión y al Poniente, ora al Mediodía y al Levante, visitando lagos llenos de patos salvajes y extensos bosques vírgenes, avistando montañas de nieves perpetuas y valles de horizontes lejanos, y me maravillé con las riquezas naturales que mis antepasados, a través de las generaciones, me habían legado en herencia.

           En mi decimotercera jornada, mi espíritu se hallaba tan ufano que, encontrándome en medio de una llanura, inicié una cabalgada a gran velocidad para experimentar esa sensación de libertad tan grata al hombre y, sin saber cómo, mi caballo y yo nos quedamos sin suelo por el que pisar: los cascos del animal se deslizaron sobre el aire, sobre la nada. Y así ambos fuimos a caer sin remedio al vacío tras sobrepasar los límites de un despeñadero escondido entre la maleza.

           La Muerte nos aguardaba abajo; incluso pude percibir el destello de su afilada guadaña, preparada para rebanarnos el gaznate a mi caballo y a mí. Pero si algo me caracteriza es haber burlado, en numerosas ocasiones, a esa horrible dama con mis improvisados recursos.

           Mientras íbamos cayendo a plomo, me lancé con decisión al cuello de mi trotón, palpé con los dedos su tubo digestivo e hice una incisión con mi cuchillo de monte, aplicando de inmediato una flauta que siempre llevo en mi morral y que me sirve de distracción en mis horas de tedio. Entonces, tapados los agujeritos, soplé repetidas veces con todas mis fuerzas.

           El resultado fue que el cuadrúpedo se hinchó como un globo, de tal manera que en sus tripas llegó a haber más aire caliente que carne y hueso en el resto del cuerpo, haciendo que nuestro descenso se ralentizara en gran medida, hasta tal punto que, agarrado a una de sus patas, aterricé con suavidad en la hierba al final de dos horas de lenta bajada, sentado cómodamente en su lomo, lo cual me proporcionó unas vistas excelentes de aquellos inhóspitos parajes.

           Por cierto, a mi caballo-globo, utilizando una cuerda, lo tuve que amarrar a una gruesa piedra del suelo, a manera de áncora, para que no se elevara y perdiera por los aires.

 


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