Sorpresa en el Etna

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      Me gustó tanto la costa de Sicilia, cuyo clima húmedo es agradable para las enfermedades surgidas con el paso de los años, que me hice construir una mansión en la isla, en cuya decoración no reparé en gastos: porcelana de Sajonia, alfombras de Turquía, cristal de Murano... Y lo hice con tanto apasionamiento que, cuando me quise dar cuenta, mi fortuna había volado y, además, estaba endeudado hasta las cejas. Para mayor suplicio, mis acreedores no dejaban de acosarme.

      Pasaron los meses y, un día, su insistencia por cobrar llegó al culmen, pues todos ellos acordaron por unanimidad permanecer en el salón principal de mi fastuosa residencia hasta satisfacerles sus exigencias pecuniarias, y todo lo que comieran y bebieran de mi despensa se convertiría en un pago en especie y por adelantado.

      Yo estaba muy afectado por tan embarazosa situación y, como entre aquellas tersas paredes enteladas, las ideas para salir del atolladero brillaban por su ausencia, decidí salir a tomar el aire con la promesa, hecha a mis demandantes, de volver con el dinero o no volver, accediendo, si fracasaba en el intento, a que se malbarataran mis bienes en almoneda. ("El barón verá lo que hace. ¿Acaso su Excelencia desea ser tildado de moroso? Nosotros no nos iremos sin los cuartos", eran los lánguidos comentarios que deslizaban.)

      Tan abstraído me hallaba en mis cavilaciones, a la busca de soluciones, que recorrí la isla sin rumbo durante horas, chupando una pipa cargada que había olvidado encender, hasta subir por la anchurosa falda del volcán Etna, sito en el litoral noreste de Sicilia. Después de atravesar huertos de naranjos y limoneros, castañales y robledos y pinares, y un desierto de cenizas y fragmentos de lava, llegué a la cima del cono nevado, a más de tres mil metros de altura, con tantos deseos de fumar que no le di importancia al hecho de bajar a la chimenea volcánica para buscar una brasa, una de las muchas que llovían y chamuscaban mi casaca.

      Pude comprobar que la quimera de fuego y lava estaba sesteando y, mientras durase la cabezada, mi vida no corría peligro. Puedo presumir de haber encendido mi cachimba con el fuego del mismísimo Etna. Allí estábamos los dos, el viejo volcán y el menos viejo barón Munchausen, ambos lanzando bocanadas de humo, cada uno fumando a su manera. Entonces vi una estrecha quebradura en una de las escarpadas paredes del cráter, en la que sólo un individuo de carnes flacas como yo -e intrépido hasta la médula, dirían otros- podía introducirse, como así hice; no sin antes sacar de mi morral un cordel de varios cientos de metros y anudar uno de sus cabos en un agujero de la entrada, pues temía extraviarme por su pétreo laberinto. Tras muchas subidas y bajadas pude acceder a las entrañas del volcán.

      Miles de llamaradas aparecían y desaparecían, fantasmales; cientos de activos ríos de lava naranja y amarilla fluían de un lado para otro; decenas de lagos de lava surgían por doquier, animados por hirvientes borbotones. Incluso escuché los olímpicos martillazos que Vulcano propinaba sobre el yunque, dios que ya conocía y del que no guardaba un grato recuerdo. Después de una hora dando vueltas, en la que no acerté a ver ningún cíclope, estaba sentado en una roca, limpiando de cenizas la cazoleta de mi gastada pipa, cuando giré la cabeza y vi un grande y dorado resplandor. Me acerqué y, en una inmensa caverna, ¿qué piensas, amable lector, que descubrí? Un gran tesoro. Una montaña de oro y plata, en forma de monedas relucientes, coronas y brazaletes, copas y jarras y bandejas, así como decenas de colmillos de marfil, desperdigados aquí y allá, y miles de perlas y piedras preciosas de infinidad de colores, guardados todos ellos en un centenar de enormes cofres de madera -unos pocos cerrados, la mayoría abiertos y rebosantes- e incluso arrojados vilmente al suelo, formando altos montículos, todos los cuales iluminaban las paredes y el techo abovedado con reflejos multicolores. Un tesoro tan grande que parecía digno de un dios, del dios Vulcano para más señas, pues él era su feliz propietario.

      Allí, delante de mí, estaba la solución a mis problemas, el descanso de mis acreedores. Un potente rugido, acompañado de temblores, me avisó de que el leviatán de humo y gases se despabilaba y debía actuar con rapidez. Pensé que si distraía una pizca del fortunón, apenas se notaría la mengua y a mí, en cambio, me haría mucho bien. Estoy seguro de que el dios, dadas mis circunstancias, se habría mostrado indulgente. Así que cogí un puñado de piedras preciosas, las guardé en un bolsillo de la casaca y me dije: pies, para qué os quiero. Desanduve el laberinto con la inestimable ayuda de la cuerda y volví a aparecer, sano y salvo, en el fondo del cráter. El camino de vuelta fue un agradable paseo, eufórico, serpenteando entre las fumarolas de los conos parásitos en los flancos del volcán.

      Boquiabiertos y con los ojos como platos (como los que tenían delante a medio consumir) se quedaron mis fiadores cuando esparcí, sobre una larga mesa, el colorido montón de piedras preciosas. "Sírvanse, señores", fue lo que les dije, y cada uno, tras una minuciosa inspección, fue eligiendo la piedra que mejor podía saldar, y hasta sobrepasar, la deuda contraída. ("Nunca dudamos de su Excelencia. ¡Hombre de palabra! ¿El barón Munchausen? Nuestro mejor cliente, sin duda", fueron algunos de los comentarios que regalaron a mis oídos.)

      Sobraron muchas gemas que apenas me duraron, pues en los días posteriores las repartí entre los menesterosos que me salieron al paso, los cuales, para envidia e incredulidad de muchos, se convirtieron en nuevos ricos.


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