EL CHICO DE LOS OJOS GRISES

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Llevaba viéndole un tiempo cuando cogía el autobús por la tarde al salir del trabajo y coincidíamos en la misma parada. Al principio era él quien me miraba y yo me hacía la distraída, sin mostrar ningún interés. Al cabo de los días dejó de interesarse y de observarme. Fue entonces cuando yo empecé a observarle a él y descubrí unos ojos gris claro que me dejaron como hipnotizada. Era un tío de estatura media, con sobrepeso, el pelo negro y largo en plan afro, que hacía resaltar aún más sus ojos.

Poco a poco se estaba convirtiendo en una obsesión, incluso el día que no le veía me iba a casa con la sensación de que me faltaba algo y me pasaba el resto de la tarde fantaseando con situaciones que me gustaría poder disfrutar con él. A veces me miraba en el espejo y me decía que seguramente había dejado de interesarse por mí por mi aspecto. Mido un metro sesenta y cinco y peso ochenta kilos, lo que vulgarmente la gente llama “una gorda”.

Al llegar el mes de julio me marché al pueblo con mis padres a pasar las vacaciones y me olvidé de él. Al incorporarme al trabajo, a primeros de agosto, volví a verle dos días después. En esas fechas el autobús iba bastante más vacío de lo habitual y no había posibilidad de miradas furtivas entre las cabezas de otros usuarios.

Le miré disimuladamente y el intento fue inútil. Me encontré con sus ojos fijos en los míos mientras se pasaba la lengua por los labios y no supe si interpretarlo como una provocación o una grosería.  Bajé la mirada y disimulé mirándome los zapatos intentando mantener la calma, cuando la realidad era bien distinta.

No pude evitar volver a mirarle y allí seguía, con sus ojos fijos en los míos. Decidí no achantarme y le aguanté la mirada. Me empecé a poner nerviosa de verdad y a pestañear con más frecuencia de lo normal. Él era consciente de mi estado.

Cuando llegamos a la su parada se acercó a la puerta y antes de salir me hizo un gesto con la mirada para que me apeara con él. Sin ser muy consciente de lo que hacía me dirigí a la puerta y bajé detrás de él. Ya en la calle me dio dos besos en las mejillas y me dijo que se llamaba Manuel, aunque todo el mundo le llamaba Lolo y le dije que mi nombre era Carmen.

Para romper el hielo dijo que teníamos una conexión especial desde hacía tiempo, conexión que había empezado a surgir de él y cuando se convenció de que no me interesaba lo dejó pasar. Entonces fui yo la que la se interesó hasta que desaparecí. No sé porque le di explicaciones y casi me disculpé diciendo que había estado de vacaciones. Su respuesta fue que se alegraba oírlo porque había llegado a pensar que había huido de él.

Me dijo abiertamente que había nos había imaginado muchas follando mientras se masturbaba y que estaba loco por verme en pelotas y confirmar si era como me había imaginado. Me dejó helada, no esperaba algo así sin siquiera conocernos prácticamente. Le dije que iba muy deprisa sin saber siquiera si yo tenía las mismas inquietudes hacia él. Muy seguro de sí mismo me dijo que si algo tenía claro, era que los dos queríamos que ocurriera lo que estábamos pensando. El muy cerdo había acertado de pleno.

Me cogió la mano y empezó a andar. Por el camino me dijo que a él lo que le encantaba era hacer disfrutar a la mujer sin preocuparse de si mismo y tenía muchos juguetes para conseguirlo. Le gustaba ver a su pareja disfrutar y solo al final se corría él, incluso dos veces casi seguidas. No contesté, aunque la idea prometía.

Llegamos a su casa, una buhardilla en un cuarto piso sin ascensor. Lo mejor de la casa era la terraza porque el resto estaba bastante destartalado, incluidos los muebles. Recogió las cosas que había por medio, incluida ropa sucia, abrió un cajón y saco una camiseta de licra blanca transparente y me pidió me quitara mi camisa y el sujetador y me la pusiera.

Me estaba bastante justa porque evidentemente era para alguien mucho más delgada que yo, sin embargo, conseguí metérmela. Me miró de arriba abajo y me dijo que me quitara los pantalones. Una vez en bragas me tendió un tanga blanco que sacó del mismo cajón para que me las cambiara. Comprobé que estaban limpias y accedí, no me fiaba demasiado a la vista de la falta de limpieza.

Me dijo que cuando me mejora las bragas iba a estar preciosa al transparentarse la abundante pelambrera del pubis. Me quedé paralizada al darme cuenta de que hacía meses que no me lo arreglaba y lo tenía totalmente salvaje incluidas las ingles. A él parecía gustarle así y eso me tranquilizó.

Salimos a la terraza y cogió una piscina para niños, tendría poco más de un metro de diámetro una vez hinchada. Me hizo meterme dentro, sacó varios botes con líquido y empezó a rociarme los pechos, era aceite corporal mezclado con un poco de agua. Al principio estaba frío, hasta que empezó a sobármelos y dejé de notarlo.

Los pezones quedaron dibujados en la tela y sobresalían, los tenía de punta. Empezó a mordérmelos sin apenas presionar mientras me ponía más aceite. Lo notaba resbalar por el cuerpo y mojarme entera, incluido el tenga. Cuando me puso la mano en el pubis y empezó a frotarlo tuve una sensación distinta a otras experiencias anteriores. Las caricias eran muy suaves al pasarme la mano y resbalar gracias al aceite.

Con mi primer suspiro metió los dedos por dentro del tanga acariciándome simultáneamente por delante y por detrás. Notó que el orgasmo se aproximaba y sacó una bolsa con consoladores de varios tamaños, eligió uno bastante grueso y me penetró volviendo a poner el tanga en su sitio para que no permitiera que se me saliera. Empecé a notar vibración por dentro del cuerpo, un dedo me entró en el culo y otros que agitaban directamente el clítoris. Cuando empecé a correrme me mordió un pecho con saña y me corrí profiriendo gritos.

Me hizo revolcarme en la piscina mientras me echaba más aceite por encima. Sacó otro consolador con una base ancha y dijo que me colocara en cuchillas poniendo la punta en la entrada de atrás. Me presionó los hombros hacia abajo y sin dar crédito me fue entrando. De vez en cuando paraba para que acostumbrara y me relajara y volvía a presionarme hacia abajo diciendo que no iba a parar hasta me entrara entero. Y así fue, sin notar demasiado dolor.

Se metió conmigo en la piscina, me puso la planta del píe en el pubis y empezó a presionarme. Poco a poco fue bajando y entonces eran los dedos los que me acariciaban hasta que finalmente me presionó el clítoris con el dedo gordo y empezó a masturbarme. Un nuevo orgasmo se estaba fraguando.

Sin esperármelo empezó a darme bofetadas en los pechos. Me cogió los pezones con fuerza y estirando hacia arriba mee exigió que me corriera. Sentía dolor por todas partes, en el culo, en los pechos y en el clítoris cuando me lo pisaba. De pronto todos los dolores se convirtieron en centros de placer y con desesperación busqué el orgasmo.

Me retiré bruscamente al finalizar sin poder soportar más estimulación y me caí de lado. Espero a que me recuperara y dijo que era su turno. Me pidió que me pusiera de rodillas y desnudo de plantó frente a mí. Con la polla en la mano me dijo que le masturbara sin chuparle y que podía cerrar la boca si no gustaba recibir el semen en ella.

Empecé a masturbarle con las manos manchadas de aceite y cada vez me pedía que le apretara más. De la estrujé con las dos manos al tiempo que las movía arriba y abajo sin dejar de mirar aquellos ojos grises que me hipnotizaban. Estaba deseando sentir su corrida sobre mi cara.

El primer chorro fue abundante y estaba caliente. Se estrelló en mi cara y antes de que expulsara el segundo decidí que lo quería en la boca. Antes de que acabara me lo metí en la boca y me fui tragando su elixir, al final le exprimí la polla y recogí con la lengua las últimas gotas que le quedaban.

Me ayudo a salir de la bañera y me acompañó al cuarto baño para que me duchara. Al salir le escuché decir que sabía que no le iba a fallar. Me quedé pensando en porque no me habría follado y me dije a mi misma que sí que era un tío raro.


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