Zapato de cristal

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Cenicienta levantó la vista y vio en el reloj del salón que faltaba un minuto para medianoche. Atemorizada porque el encanto pronto acabaría, se disculpó con el príncipe diciéndole que iba al baño y ya volvía. Cruzó el salón a alta velocidad rumbo a la salida, pero cuando estaba bajando la escalinata del castillo perdió un zapato. Amagó volver a recogerlo, pero justo vio que el príncipe venía hacia la puerta. Pero ya faltaban segundos para que el encanto expirara y volviera a ser la zaparrastrosa de siempre, conque se olvidó del zapato y se lanzó de cabeza dentro del carruaje, estacionado en la entrada. El cochero, apenas la sintió entrar, azotó el lomo de los caballos y con un poderoso "arre, carajo" se alejó a toda prisa. El príncipe, que se había agarrado un metejón de aquellos con la princesita, sin saber qué pensar sobre la repentina huida de su querida, se puso tristongo y agachó la cabeza, y en eso vio el zapato de cristal en uno de los escalones. 

   Al otro día, bien temprano, fue hasta la perrera del castillo, escogió el mejor sabueso y le hizo oler el zapato. El perro enterró el hocico dentro del zapato y luego olisqueó el aire; en seguida se agitó y tironeó de la correa con fuerza, ya había olfateado a la princesita.     

   Tironeado por el sabueso, el príncipe fue arrastrado por el camino real; chicoteado por las ramas del bosque que atravesaban y casi ahogado, cuando pasaron por un arroyo y se atragantó con una buena cantidad de berro que crecía en él. Y ya de nuevo en otro camino, la polvareda levantada por las patas del perro se le metió en la nariz, en la boca, en los oídos y en el trasero también; hasta que finalmente alcanzaron una aldea. 

   En la entrada el sabueso se detuvo, olfateó el aire, que olía a estiércol, a impurezas corporales y a tortas fritas en grasa porcina. "No será fácil", pensó el sabueso, un tanto desorientado por la mezcla de olores. Oteó las callejuelas, donde vio gente, carruajes y una perrita que a pesar de sucia estaba muy buena. "Creo que mañana me daré una vuelta por acá", pensó esta vez. Luego paró las orejas, oyó los pregones de la feria, los gritos de los chiquillos y la exagerada respiración entrecortada del príncipe. "¡Silencio!", le ordenó al amo, con un ladrido intimidatorio. "¡Ajá!", gruñó luego; finalmente había descubierto lo que buscaba. De manera que salió a toda carrera con el príncipe a la rastra, haciéndolo chocar contra una carreta cargada con paja de lino, y contra cinco o seis puestos de feriantes, contra una vieja cargando una bandeja llena de apestosos bagres de río y contra las paredes de piedra de una estrecha callejuela. Hasta que el sabueso se detuvo y, apuntando con la pata derecha, le señaló a su amo una fábrica de vasos de cristal, bien delante de su hocico. 


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