EN BUSCA DE LA "LUZ" 2

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Enviado el , clasificado en Amor / Románticos
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-¡Ejem! Bueno... Un poquito. Ahora es algo más circunstancial que otra cosa - le respondí quitándole hierro al asunto, pero a la vez con el temor de perderla como ya me había ocurrido otras veces con algunas damas.

-Entiendo. ¿Sabes? Yo estoy bastante triste porque hace medio año que murió mi hermano mayor con el que estaba muy unida en un accidente de moto - dijo ella.

-Oh, lo siento de veras. Esto debe de haber sido muy duro para ti.

- Sí que lo es sí. Y todavía no lo he podido superar del todo.

Como no puedo dejar de ser un escèptico de la naturaleza humana, me vino la idea que si ella accedía a ir conmigo era porque la había pillado en un momento de baja forma y tal vez yo le recordaba a su hermano fallecido; o puede que me tomara por un paño de lágrimas. Pero me apresuré a expulsar de mi mente aquel pensamiento para centrarme en quién tenía delante.

Luego al salir a la calle yo le iba explicando como si fuese un cicerone consumado la historia de Barcelona de finales del siglo XlX. Por ejemplo le enseñé la casa en la que vivió y murió el gran poeta Juan Maragall.

- Antes, la gente vivía muy hacinada en estas calles estrechas en las que apenas daba el sol. Pero cuando se derribaron las murallas el genio urbanista llamado Idelfonso Cerdà planificó el Ensanche que son avenidas de grandes proporciones para que los barceloneses pudieran vivir con mayor holgura y más salubridad - le conté.

Y Beatriz parecía escucharme con suma atención. ¡Por fin alguien como aquella hermosa mujer reparaba en mi erudición; en mi manera de ser! El tan cacareado amor bien podía ser una manera de huir del frío interior; de la más abyecta soledad que nos abruma. Era blanco sobre negro.

En el entretanto mientras paseábamos por las Ramblas me acometió un inusitado arrebato y la abracé con vehemencia, al tiempo que la besé cariñosamente en los labios. Asimismo Beatriz me abrazó a su vez con su espontánea afectividad y yo noté en mi barriga un dulce cosquilleo de gozo. Pero sobre todo sentí que en mi fuero interno se despertaba un dormido sentimiento de entrega el cual parecía haber estado postrado durante muchos años, del que se desprendía unas inmenas ganas de vivir.

- Te he estado esperando desde siempre, pero tú no venías, no venías. Pensé que sólo eras una utopía, una vana ilusión - le susurré.

- Pues ya me tienes aquí. Como ves soy bien real. - respondió Beatriz sonriendo.

Posterioemente llevé a la joven en coche hasta su casa en Badalona, habiendo quedado previamente para volvernos a ver en otra ocasión.

Cuando llegué a mi hogar y vi a mi mujer que era una fémina dos años mayor que yo viendo un programa de cotilleo en la televisión, sentí de pronto que aquella gris rutina doméstica que cubría la ausencia de diálogo entre los dos; pues era evidente de que nuestra relación había dejado de funcionar desde hacía mucho tiempo, se me caía encima como una losa. Tuve muy claro que aquella situación en realidad era una mentira social, sacralizada por la Iglesia y por la legalidad juridíca.

De hecho yo era muy consciente que se me hacía muy difícil vivir sin estar junto a Beatriz y contaba con ansiedad las horas y los días para poder estar a su lado.

En el próximo encuentro Beatriz me invitó a almorzar en su piso y durante la comida como yo me sentía más eufórico que nunca; pues era como si hubiese recuperado una segunda juventud, me dio por hacer el payaso; hacía bromas tontas y explicaba chistes con muy poca gracia, cosa que jamás suelo hacer.

Y ella reía, reía de un modo tintineante que era lo que yo pretendía. Su risa me evocaba a las cristalinas aguas de un río deslizándose por entre las piedras y los guijarros en un agreste paisaje en un día soleado.

Al poco de terminar el sencillo pero magnífico almuerzo en el que no faltó la típica ensalada - ¿por qué a las mujeres les gustará tanto este plato?- Beatriz se adentró en su habitación para cambiarse de ropa y así estar más cómoda. Mas dejó la puerta de la misma entreabierta y yo no pude evitar de espiarla en su quehacer, por lo que me entraron unos irreprimirles deseos de poseerla; de hacerla mía. Anhelaba apartarla del mundanal ruido para tenerla yo en exclusiva.

No tardamos en acostarnos en su estrecha cama, y ella se solazó contemplando la erección de mi pene; y aquel acto de voyerismo femenino aún acrecentó más mi líbido hasta que al fin nos entregamos el uno al otro en un desbocado frenesí. Fue entonces cuando percibí la vitalidad de su juventud, porque para mi asombro ella se movía como una anguila. Pero a mí lo que de verdad me conmovió más que el acto sexual en sí fueron las suaves caricias que mi anfitriona me hizo a lo largo del cuerpo como si quisiera tomar plena conciencia de mi ser. Y es que a pesar de que las feministas digan que los hombres somos unos torpes que sólo pensamos con los testíulos; lo cual revela una xenofobia de género, nosotros los varones también tenemos nuestra sensibilidad y nuestros sentimientos.  


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