Carta a la hija de mi corazón

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-Ama. - Me dice.

-Dime cariño. - Respondo

-Cuéntame otra vez como fueron las primeras semanas viviendo juntas.

-JaJaJa, pero laztana, cariño, ¿nunca cambiaras? - Respondo con una sonrisa en la boca.

Ya no se si es ella la que lo quiere oír o si es que quiere animarme.

¿En Toledo te refieres? - Respiro profundo.

-Claro, he dicho semanas. - Me contesta.

Sonrío.

-Cuando eras pequeña, esos primeros años, me pedías también muy a menudo que te contara cómo fueron los primeros días de conocernos. - Le conteste.

Al principio, te conocí, como una chica muy fuerte, muy conocedora de tu valor, fueron solo dos días, y se te veía muy segura de ti misma. O eso me pareció. Estuviste fuera dos semanas, y cuando volviste, estabas diferente, estabas con ganas, más bien con hambre de cariño.

Así que esas dos semanas te abrí las puertas a mi casa, y me centré en nutrirte. Sabías que estabas invitada y tenias todo mi permiso para venir, nutrirte y jugar, y para traer amigas a casa. Te convertiste en la guía de mi casa. Y me encantaba, que trajeras las risas, los juegos y la inocencia y la picardía, eran cosas que echaba de menos.

A la vez fui conociendo a tu padre, y disfrutaba de los ratos con él también.

Yo estaba intentando organizar mi futuro y parecía de locos el que pensara en vosotros como una extensión de mi misma, pero el hecho es que así lo sentía, que nos pertenecíamos.

En parte, el camino al corazón de tu padre pasaba por ti. Y en parte, el camino a mi propio corazón pasaba por ti también. Por recuperar la inocencia perdida. Por recuperar ese espíritu de juegos y esa curiosidad.

Al principio me volqué en ti, en que te encontraras a gusto, en casa, con nosotros, conmigo, y que nos entendieras, todo lo que te queríamos.

Tiempo después aprendí, que, para despejarnos el camino a mi corazón y para estar yo ahí, teníamos que hablar de lo que nos funcionaba y de lo que no.

Y en parte, mi camino al corazón, estaba en aprender a compartirme como persona real y humana, que de cosas me enseñaste.

Así que aprendí a cuidarme para poder estar contigo en mi mejor modo, estando presente, y hablando de lo maravillosa que eras muy a menudo y a ratos de las cosas que me gustaría mejorar.

Yo me sabía algo de la teoría, pero claro, la práctica fue otra cosa. Tu padre me ayudó mucho, y muchos amigos, que me animaban y me decían lo positivo que veían en mí y a veces me compartían sus ideas y trucos.

Lo que mejor me funcionó fue pensar en el futuro que quería para ambas, yo pensaba que el truco estaba en los árboles, y los espacios abiertos, y el respirar. Y, la realidad fue, que la que me diste impulso eras tu, y saber que el universo estaba de nuestra parte y que todo lo que estaba pasando era para mejor, para nuestro bienestar, y aprendí a ser suave y amable conmigo misma a la vez que clara con lo que quería y que sabia que me merecía.

De hecho, lo que mejor me funcionó fue aprender a perdonar sobretodo a mi misma y luego al universo, lo nuestro fue un regalo que me vino nacida de la gratitud por el momento. Yo siempre había querido ser madre, y al incluirte en mi vida, el universo tomó un atajo.

Y al aprender a ser tu amiga, aprendí a ser mi amiga.

Al aprender a hablar contigo de lo que estábamos creando, aprendí a ser yo misma.

Al aprender a quererte, aprendí a quererte más y a confiar más en mi, y en el universo, claro, que es lo mismo.

Para aprender a educarte, tuve que aprender a educarme yo.

Para convencerte, tuve que convencerme yo.

Para aprender a jugar contigo, tuve que aprender a jugar yo.

Para aprender a relajarme contigo, tuve que aprender a relajarme yo.

Para aprender a bailar contigo, tuve que aprender a bailar sola.

Para aprender a vivir contigo, aprendí a vivir conmigo primero.

Y ese es el regalo que tú me diste, la vida. Tú me enseñaste a vivir. Así que gracias por mi vida.


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