Mi mejor experiencia gay

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A mis cincuenta, me siento en plena juventud.  Disfruto de todas mis energías y de plena viveza en mis sentidos.  Mi cabello abundante es todavía oscuro, sin asomo de cana alguna; mi rostro lleno tiene un aspecto casi infantil, adornado por unos ojos brillantes y una nariz y labios que antojan a todas las chicas.  He conquistado a más de una y hemos pasado noches deliciosas y alguna que otra semanita de vacaciones inolvidables.

Pero las conquistas que más me excitan son las masculinas… ¡Sí!  Me enloquecen los chavales entre los veinte y los treinta años.  En ese segmento sí que he tenido aventuras dignas de ser encuadernadas en un libro, para eterna memoria.  En este breve espacio, me voy a limitar a narrar una de tantas; no precisamente una cualquiera, sino la que creo más emocionante de todas.

Ocurrió hace poco; algún sábado del mes pasado; yo estaba matando el tiempo desprevenidamente en el parquecito de junto al lago; era una bella tarde de sol y yo me daba gusto viendo pasar las chicas de short o minifalda (más bien culifalda), mientras les lanzaba mis piropos y me ganaba coquetas sonrisas.  Pero también ponía mis ojos en esos chicos de jean ajustado, tenis a la moda, camiseta pegada de colores vivos y peinado primoroso; a esos no les decía nada, pero si les picaba un ojo de cuando en cuando.

Iba, pues, encantado con tan deliciosos encuentros, cuando se me vino de frente un bello chaval, de unos veintidós años, con bermudas no amplias sino ajustadas al cuerpo, dejando notar adelante un bulto tentador y dejando salir unas rodillas como de escultura del renacimiento y atrás, sí atrás, porque nos pasamos no sin antes mirarnos fijamente, un par de nalgas sobresalientes y rítmicamente balanceadas que me provocaron de inmediato la gana de darles una palmada.  Claro que le vi las nalgas porque, habrán podido adivinar, me volví de inmediato a mirar esa escultura viviente que, con solo cruzarnos, ya me hacía crecer eso que llevo allí como testimonio de mi masculinidad.

Estaba empezando a seguirlo con mis ojos atornillados a su trasero y se volvió a mirarme, pero se turbó al encontrar que no le mostraba un culo al alejarme, sino unos ojos examinándolo y volvió a girar la cabeza, acelerando el paso.  De todos modos, alcancé, en ese fugaz momento, a llevar mi mano a mi sexo, señal inconfundible entre homosexuales, y creo que sí lo notó porque, unos pasos más adelante, se sentó en una banca del sendero y se puso también la mano allí, con disimulo no disimulado.  Mientras me le acercaba, pude ver algo más que no había notado en la primera visión: el peinado hacia delante de sus cabellos rubios, cubriendo la frente, casi al estilo emo, que le hacían ver lindísimo, y sus pechos turgentes, casi femeninos, muy notorios bajo la camiseta.

Al ver que había correspondido a la señal, no tuve temor en acercármele, me senté a su lado en el escaño y lo saludé.  Me respondió con una dulzura que me puso el corazón a mil por minuto.  Poco tuvimos que conversar para entrar en plena sintonía y tomó la iniciativa: me llevó de la mano hacia atrás de los arbustos y me lo dejé muy sumisamente.  Una pareja que pasaba nos miró y siguió de largo; lo noté, pero nada le dije a mi chico, para no enfriar el momento que estábamos viviendo.  Allí, bien ocultos tras la vegetación y con solo el espejo de agua de testigo al frente, que ya no tenía barquitas porque empezaba a oscurecer, apretamos nuestros cuerpos, uno contra el otro y le arranqué un beso con lengua que no puedo saber cuál de los dos disfrutó más intensamente.

Me desabotonó la camisa, me sobó mis pechos y estómago, haciendo crecer más mi polla, bajó hacia la pretina, desabotonó el pantalón y penetró por entre mi tanga (yo siempre uso tanga, eso me produce morbo) y acarició mi peludo pubis antes de aprisionar mi miembro, que siguió creciendo y produciendo mucha baba; se embadurnó de mi baba y se llevó la mano a la boca para saborearla; me hizo gesto de que disfrutaba su sabor y volvió a donde estaba, pero con la otra mano me bajó el pantalón, se arrodilló bien sobre la grama, bajó la tanga de un tirón y se tragó mi piolín con esa bocaza que tan grande y provocativa me había parecido cuando detallé su carita.

No se tragó mi leche, no voy a mentir; tan pronto le llené su boca con un chorrazo, lo escupió todo y se echó un trago de algo que llevaba en su bolso; me sonrió picando un ojo y me dio alguna explicación que yo no pedí; lo calmé con un beso tierno y le saqué su camiseta por la cabeza; aparecieron ante mí unos perfectos, pero pequeños, senos de mujer que, en lugar de darme sorpresa, me provocaron un tremendo morbo y procedí a mamárselos con pasión, uno tras otro.  Me dijo que le había gustado que lo aceptara así y que ello lo llenaba de amor: el corazón me dio un vuelco y procedí a seguir gustándolo con mi boca, camino abajo hasta el ombligo, que succioné con ganas, haciéndole producir gemidos, y continué hacia abajo mientras le iba deslizando su bermuda hasta las rodillas con ambas manos, tan pegada estaba, y se disparó hacia mí un pene no muy grande ni grueso, pero bien erguido, el que de una vez recibí con mi boca y empecé a mamar, mientras escuchaba sus gemidos de placer. 

Me extrañó no detectar unos testículos con mi mentón y pasé a buscarlos con mi mano; encontré que estaban muy atrás y retraídos, me puse a acariciar esas bolas y, mientras sentía entrar su semen en mi boca, palpé un orificio que no era el ano porque no estaba atrás sino adelante de ese escroto; intrigado con esto, recibí como si nada el chorro que entraba en mi boca y lo tragué, porque estaba más concentrado en mis dedos que penetraban por algo como una vagina y le hacían dar pequeños gritos a su poseedor.  Enloquecido, le penetré con fuerza por ese orificio; gritó de dolor, lloró; asustado, me quise retirar y no me dejó; me dijo que era lo que quería le hicieran desde hace mucho tiempo.  Seguí empujándole, entonces, y gemíamos ambos de satisfacción; cuando llegué a mi orgasmo, llegó al suyo; volvió a llorar, me volví a sorprender, pero me dijo que era la emoción; había tenido orgasmos por el ano, orgasmos usando su polla para penetrar, pero nunca en su vagina; ahora se sentía completo; me contó que era hermafrodita (lo que yo ya había comprobado), que prefería su imagen de hombre y que con esta había conquistado hombres y mujeres; o, más bien, había conquistado mujeres y se había dejado conquistar de hombres.

Seguimos un rato tendidos en el prado, diciéndonos cosas bonitas y prometiendo volver a encontrarnos.  Todavía le hice caricias porque me había despertado cariño y me las correspondió con otras igual de cariñosas y excitantes.  Lo acompañé hasta la calle en donde vivía, cercana, y regresé a la mía, nada lejana.  Tan cerca como estábamos podríamos seguir encontrándonos con frecuencia.


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