Mi alma es mi casa

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Frente a ti estoy otra vez, te ves tan descuidada como la última vez que te puse atención. Tu color rojizo ya no vibra ni me encandila, en cambio parece que te desangras. Te falta una ventana, en cambio tienes un retazo de plástico amarillento que te hace lucir todavía menos acogedora. Tus muros rojizos están llenos de obras de arte que los gatos orinaron con esmero. Tu entrada cacariza como la luna no me invita a pasar, me hace pensar más bien en que te urge una nueva puerta a la que se le noten menos los años. No quiero ni tocar la puerta, me da vergüenza despertar a quiénes cubres dentro, pero tú ya me viste y tu aspecto viejo me dice que debo entrar. Allá adentro se escucha un maullido tímido de mi gata quién también se ha percatado de mi presencia, pronto escucho los pasos arrastrados de mi abuelo acercándose. La perilla que alguna vez brilló con intensidad un color dorado, ahora está opaca pero funciona y da un par de vueltecillas antes de que la puerta se abra. Qué viejo se ve el abuelo, en los recovecos de sus arrugas se encuentran escondidos los años que ha tenido que abrirle la puerta a sus nietos a media noche. Entre las piernas se me restriega la gata, dejándome un montón de pelos que sugieren su amor por mí.

Alguien ronca estruendosamente en algún cuarto, pero no descubriré quién es. Ese grotesco sonido que parece salido de una cueva de osos salvajes, me arrulla mientras me cuestiono cosas estúpidas como qué estará haciendo el vecino a esta hora pues su cama rechina tan fuerte que logro escucharla entre sueños. Martillan, taladran, los perros ladran, los gatos se pelean, una vecina gime con desesperación, mi abuelo ronca a unos metros. Los sonidos del exterior no me van a dejar dormir y me resigno a ello mientras espero la mañana. Por la ventana ya entra luz azul, que sugiere que el sol va a salir en cualquier momento. Seguro las estrellas van apagándose una por una, es hora de apagar mi alma cansada también.


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