A la luz de la noche

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Justo hace dos años que nos sorprendió la noticia:

 ¡Tía Alicia se casaba!

La hermana de mi madre era una mujer resuelta e independiente que, muy a menudo, comentaba que no contraería matrimonio jamás.

La sorpresa no quedaba allí. Su futuro marido era noruego.

Se habían conocido ocho meses antes y compartían casa y lecho desde hacía tres. Nadie de la familia sabía nada  hasta que Alicia, que vivía en Madrid, llamó a mi madre y le comunicó la buena nueva.

Se casaron en España, pero se fueron a vivir a Noruega. Hace cinco meses nació mi primo Gøran que, según me han dicho, es el nombre que  corresponde a Jorge, como se llamaba mi abuelo.

Cuando el niño contaba con tres meses de vida, mi tía nos invitó a pasar unas semanas aprovechando las vacaciones de verano y conocer así al pequeño.

Llegamos al aeropuerto de Bergen donde nos esperaba  Asbjørn, mi tío. Nos llevó a una pequeña localidad cuyo  impronunciable nombre soy incapaz de reproducir.

Gøran era una versión reducida de su padre: rubio, con vivos ojos azules y una sonrisa inmensa con la que nos recibió desde el primer momento.

 El lugar era precioso. Muchos árboles, casitas de colores y con cascadas en cualquier rincón, pero… sí, había un pero en aquel paraíso: no se hace de noche en las 24 horas que dura el día en los veranos escandinavos. Aquello yo lo llevaba mal. Levantarme para ir al baño a las cuatro de la noche y no tener que utilizar la luz eléctrica me trastocaba. Incluso no podía conciliar el sueño como acostumbro.

Fue en una de esas  noches de insomnio  cuando mi tío me encontró mirando por la ventana.

—¿No puedes dormir? Te voy a contar un relato de bosques y seres fabulosos. ¿Quieres?

—Sí, claro—le respondí.

—Pues verás, Antón—comenzó a narrar con su marcado acento noruego

En las montañas vivía una mujer, de nombre Måte, que era  muy bella y que siempre llevaba un vaporoso vestido de brillantes colores. Lo que tú llamarías (tomó de una mesa un diccionario y leyó en voz alta) un hada. Siempre estaba pendiente de que ninguna de las criaturas pasara apuro alguno. Era su sagrada misión. Una tarde descubrió a una niña extraviada en el bosque a la que un lobo vigilaba. No tardó el animal en echarse a correr en dirección a la pequeña. Con rapidez, Måte se transformó en un pequeño reno y cortó el paso del lobo que, al verlo, juzgó más apetitoso que la niña y fue hacia él.

El hada trasformada condujo a su perseguidor hacia el fiordo donde el lobo cayó. Måte había infringido el precepto según el cual «no podía ocasionar muerte alguna». Entonces, ganó altura y fue convirtiéndose en unas luces de colores que bailaban en el cielo. En su danza iba enseñando a la niña perdida la ruta de regreso a su hogar.

Måte, en tu idioma, significa camino. En todas partes del mundo, a esas luces se las conoce como Auroras y se cuenta que solo los niños y los animales saben cómo interpretar su danza.

— ¡Vaya!¡Qué bonita leyenda, tío Asbjørn! Parece que Jorge está llorando. ¿Qué tal si mientras lo duermes me cuentas otra historia?, el paciente noruego sonrió y mientras mecía a mi primo me contó: 

   

—Muy cerca de este pueblo había un niño que, siguiendo el vuelo de un bonito pájaro, se internó en un bosque,  perdió el camino de regreso y se echó a llorar. Lloró tanto que, agotado,  se durmió. No fue consciente de que el tronco en el que había apoyado la cabeza era en realidad la pierna de un troll. Este abrió los ojos al notar una leve presión en ella. Se incorporó y miró al pequeño durmiente. Con suavidad, lo cogió con sus manazas y  lo llevó a su cueva.

Cuando el niño despertó, vio a un ser grande, peludo y con unas enormes narices que le miraba con curiosidad. El pequeño se asustó mucho, pero no tardó en darse cuenta de que estaba frente a un ser feo, muy feo, aunque inofensivo.

Le ofreció agua y frutos del bosque que él aceptó. A cambio, el niño sacó de sus bolsillos unas galletas de limón que el troll comió con fruición. Al acabar el desayuno, lo encaramó a su hombro. Así recorrieron montañas, lagos y fiordos escondiéndose cuando olfateaba la presencia de algún humano.

Estaba claro que aquel ser de horrendo aspecto solo buscaba la compañía de alguien con quien jugar al escondite entre los árboles, bañarse en los lagos y  mostrar los preciosos parajes que tanto amaba a un amigo.

Así pasaron dos días inolvidables hasta que el niño le pidió volver con su familia. El troll no entendía sus palabras, pero esa misma noche algo le hizo llevar al niño, todavía dormido, hasta el borde del bosque donde lo había encontrado. Hasta que su padre, sorprendido y feliz,  lo localizó por la mañana el troll, no dejó de vigilar al chico.

 

Sonreí a mi tío. Soy algo mayor para cuentos, pero  me habían gustado.

 

Ese fin de semana, mi tío se dirigió montaña arriba hasta internarse en un bosque. Tía Alicia comentó que ese tipo de excursiones las hacía varias veces al año y que  insistía en ir solo y siempre cargado de galletas de limón.      

 

 

 


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