Turista en aeropuerto.

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Las extranjeras son, en general, curiosísimas de raras (al menos a mí me lo parecen), lo que me trae al recuerdo una ocasión en la que mi jefe, por aquel entonces don Ramón (que tenía además del negocio donde yo trabajaba una tienda de cosas típicas de regalo y recuerdo en el aeropuerto), me hizo el compromiso, como tantas otras veces, de sustituir a la empleada que tenía allí (los vuelos internacionales tenían unos horarios variopintos y la muchacha no podía atender los que le caían a contrapié por el horario).

Mi jefe, el muy rácano, se moría con la sola idea de perderse un grupo bueno de extranjeros y enganchaba a su mujer, a su suegra y a cuantos se le ponían a tiro gratis en las sustituciones y cuando ya no tenía más remedio, me colocaba a mí en mis ratos libres y pagándome cuatro duros y medio.

A pesar de todo, aquel trabajillo atípico me gustaba, porque, aunque a veces me pegaba un montón de horas mirándole el flequillo a las moscas, no faltaban ocasiones para embromar y hasta dar buenos repasos a las azafatas de tierra, limpiadoras y a las cuatro o cinco chavalas que atendían los otros puestos, incluso en una ocasión me cogí a la dueña de uno de ellos y la revolqué de madrugada en su propia tienda.

A lo que iba, aquel día vino un grupo de extranjeros de la tercera edad y entre ellos una abuelita cachonda que solo llegar no hacía más que guiñarme un ojo y señalarme con la cara de ir para fuera. A a mí me daba la risa y le seguía el rollo descarado. La tipa sentada enfrente de la tienda no hacía más que provocarme, cruzaba las piernas haciendo giros de capa con la falda como si fuera “Curro Romero”. Mientras, insistía con los guiños a modo de tic nervioso. No sé que pudo ver en mí la abuelita, pero estaba prendada, o a lo peor todas sus expectativas de macho ibérico se desvanecían al fin del trayecto y no quería irse sin probar el buen bocado que nos suponía. Sea lo que sea, la tipa viendo que no me entusiasmaba con sus revoloteos de falda se levantó decidida y me preguntó por lo más caro que tenía, le dije el precio y no hizo ni intención de verlo, se giró para marcharse pero se arrepintió y me preguntó por el precio del siguiente, se lo dije también y sonriéndome de forma cautivadora me soltó - ¿y tú?, no le entendí muy bien (porque estaba en Babia, claro) y ante mi cara de mal estacionado me insistió sin cortarse - ¿y tú, cuanto vales? Me entró la risa de desconcierto y la tipa afiló las uñas - ¿mucho?, y yo, ja,ja,ji en plan estúpido. Por último, me increpé, - serás gilipollas, que una tipa de más de sesenta años te esté corriendo. La miré descarado y le solté sin más - treinta mil pesetas, - thirty thousand pesetas, repitió ella en inglés, aunque sabía que era holandesa, - yes, corroboré seco en mis cortos recursos lingüísticos. Hizo gestos con la cabeza y se volvió a sentar enfrente, después la vi hurgar en el bolso durante un buen rato y por último se levantó otra vez y decidida vino hacia mí. En ese instante atendía a unos abueletes con una compra por un valor de quince mil pesetas, se puso a decirme cosas a medias palabras en español y yo ni caso. Cuanto terminé con los otros la miré un tanto cansado y me quedé de piedra porque la señora traía un fajo de billetes en la mano y la intención de dármelo. Le dije que viniera por detrás para explicarse y en el hueco de nada que tenía de almacén me expuso que la follara por las treinta mil pesetas que convine. El espacio libre de detrás era minúsculo y casi no cabíamos los dos. Estaba tan decidida que no tuve tiempo de reaccionar y como los billetes son tan tentadores no pude evitar el cogerlos. Tan pronto soltó los billetes se me abrazó y fue directa al grano, la tuve que ayudar a desabrocharme porque temí que me arrancara el botón y hasta la cremallera. Nerviosa y temblando toda se aferró a la polla y me la sobó bien antes de metérsela en la boca, me la chupó como si fuera un polo de menta. No me lo podía creer, pero aquello alcanzó dimensiones de mástil de barco. Entonces se me enroscó rozándose toda la entrepierna con mi polla, la tuve que sujetar para que no se callera y ya sujeta aprovechó a posicionarse. Le levanté la falda y comprobé que la muy salida no llevaba ni bragas y además, sin remilgos, situó el coño para el “tracatrá”. Se la puse en posición y se me echó encima toda decidida, la aguanté y ella misma hizo lo necesario para metérsela. Venía dispuesta a tragarse mis buenas dimensiones. En ese punto ya no estaba para contemplaciones de edades y “jubiletas”, la sujeté firme y se la metí a base de bien, ella hacía – uy, uy, uy todo el rato. Ya no veía que era vieja y la follé a placer y la tipa me silbaba en los oídos con el aire que expelían sus pulmones. Me extrañaba que no le saliera por arriba. Cuando puse el turbo o martillo de verdad se encogió y creí que me iba a quedar sólo con su coño. Como no la oía respirar sentí miedo y paré, entonces me presionó con sus dedos como garfios para que siguiera, proseguí con la broca y aunque creía que las abuelas no se corrían ésta lo hizo dando suspiros y jipidos entrecortados. Después, quedó algo desvanecida y sin fuerzas, se soltó de mí y el cuerpo desarbolado se fue hacia atrás. Saqué mi polla de su coño y le ayudé a apoyarse con los pies en el suelo, pero no se sostenía sola, la sujeté por las axilas y se normalizó un poco, en estas y con ingenio metí el “pajarraco” en su jaula y después le ayudé a ir junto a sus cosas que dejó enfrente de la tienda. Todos los extranjeros estaban más o menos al corriente y entre ellos se miraban risueños y conspiradores. Me metí en la tienda y tuve un éxito de ventas como nunca, las abuelitas querían verme de cerca y comprobar que el paquete que marcaba era real. Creo que hasta me equivoqué en los cambios a mi favor, pero ninguna protestó. Incluso una se atrevió a sujetarme la mano mientras me pagaba. Estaban todas muy salidas. Al marcharse la atención se centró completamente en la beneficiada porque parecía faltarle las fuerzas, pero por último y para tranquilidad de todos se arrancó y hasta tuvo el detalle de despedirse tirándome un beso.

Ya a punto de marchar, con las cuentas hechas y más de cuarenta mil pesetas propias en el bolsillo del pantalón (toda una fortuna), se me acercó Ana, que trabajaba dos tiendas más allá y con una guasa que era demasiado me preguntó ¿Qué le hiciste a la vieja que salió a rastras de detrás de tu tienda?


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