Luna Azul

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Como una sombra me metí entre sus sábanas, en silencio para no despertarla; y la abracé sobre mi pecho, suave, pero con firmeza, rodeándola con mis brazos como una serpiente rodea a su presa y se cierra sobre ella para no dejarla escapar. Sentí el calor de su piel desnuda, y supongo que en sueños ella notó el mío, porque se acomodó en mi pecho y siguió durmiendo, soñando quien sabe qué. Sus grandes pechos llenaban el mío, dándole un calor que me llegaba a la entrepierna, sintiendo como aumentaba mi erección de puro placer.

El abrazo con el que la tenía atrapada sobre mí, era un abrazo firme y suave a la vez, un abrazo con todo mi ser. Y en el abrazo, silenciosamente se despertó, y me miró, me miró y me sonrió sin decir nada, y sin decir nada se apretó más a mí, y era ella quien, con su cuerpo desnudo no me dejaba escapar, era ella la serpiente que me envolvía, y yo era su presa. Me besó, y más me llenaba de su cuerpo desnudo y más fuerte era mi erección y mis ganas de ella.

Su boca sabía a mar, y su lengua jugando con la mía, sabía a las estrellas de la noche, quizá estuviera soñando con ellas. Sus ojos, a la luz de la luna que entraba por la ventana, se veían azules como el agua. Se veían profundos y penetrantes como el cielo y océano, inundándome con su mirada, como cataratas que se desbordan bajo una tormenta perfecta, dejándolo todo bajo el agua. Y así la quería penetrar yo a ella, y la quería llenar de mí.

Así era aquella luna azul que nos atrapó entre las sábanas, nuestra luna azul.

Me besó en silencio, y me acarició con sus labios suaves como la seda, y me arropó con el calor de su cuerpo desnudo, me embriagó con el sabor de sus pechos, saboreaba sus pezones duros y el dulce néctar de su jugosa flor que se abría entre sus piernas para mí. Quería más de ese néctar que me regalaba sin pedir nada a cambio, ese néctar delicioso que se entregaba a mí con cada uno de sus gemidos que tanto me excitaban. Cuanto más jadeaba y gemía, más la devoraba. Me susurró y me cantó al oído cuanto la excitaba y cuanto más quería de mí, me hechizó y me atrapó bajo la atenta mirada de la luna azul que no nos quitaba ojo desde la ventana, me pintó un cuadro de saliva en el pecho, y bajó con su lengua, como si de un pincel se tratase, hasta mi erección que engulló poco a poco, jugando con ella, devorándola, haciéndome sudar de placer; ella pintó en mí y yo en ella, convirtiéndonos en dos lienzos en blanco pintando nuestra obra maestra... Me follé su flor, y esculpí su cuerpo desnudo, teñido del azul de la luna, lo moldeé entre mis manos, al compás de sus gemidos, sudaba y se contoneaba de placer, y me excitaba aún más, nuestra respiración llenaba la habitación, acompañada de jadeos y gemidos que pedían más hasta la extenuación.

Hicimos cuanto quisimos el uno con el otro. Nos dejamos llevar por el poder y la fuerza la luna azul, que hizo con nosotros cuanto quiso, sin poner la menor resistencia.


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