La carta

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Enviado el , clasificado en Drama
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El pobre Oscar no entendía nada. ¿Por qué su familia se mostraba tan triste y llorosa? A fin de cuentas, su madre llevaba un tiempo enferma, sí, pero no se encontraría tan mal cuando había decidido irse de viaje…

Le decían que estaba en el cielo con el Niño Jesús  y él pensaba que «bueno, pues ya volverá».

Oscar era un niño despierto y con gran afición a la lectura. Destacaba entre sus compañeros en su desarrollo en la escritura. Muy maduro para su corta edad, pero la noción de la muerte escapaba todavía a su comprensión. 

Lo cierto es que pasaban los meses y su madre no volvía y Oscar empezó a enojarse. Todas las tardes, cuando su padre lo traía de vuelta  del colegio, se dirigía frenético a la cama de ella con la ilusión de encontrarla. Así un día tras otro. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de escribir la carta que, omitiendo las múltiples faltas de ortografía, con una caligrafía legible y corrigiendo la sintaxis, reproduzco a continuación.

«Hola, Jesús.

Estoy muy enfadado. No sé por qué tienes a mi madre contigo. Tú tienes a la tuya y encima también quieres a la mía. No es justo. Ella tendrá ganas de verme. Si no tiene dinero para un taxi dáselo que te lo devolveré. Tengo una hucha con muchas monedas. Dile que, si vuelve por la noche, se abrigue bien. Ya sabes que está muy pachucha. Y le dices también que le guardo todas las gominolas de limón, que son las que le gustan. Me acuesto pronto y solo me pongo el ordenador los fines de semana. Leo mucho, aunque ya no estés a mi lado ¡Ah, el otro día marqué un gol en el partido de mi cole! Dile que la quiero mucho.

Bueno, ya te he dicho todo. Se lo vas a decir, ¿verdad?

Un beso, Niño Jesús.

Oscar».

Ahora quedaba la cuestión de a dónde tenía que enviar la misiva. Pensó que José Luis, el cartero, sabría la respuesta.

Era un lunes por la mañana en la que  no había colegio cuando José Luis trajo un paquete para su padre. Era el momento que el niño estaba esperando. Cuando el cartero se disponía a marcharse, Oscar le dio la carta metida en un sobre sin cerrar con una sorprendente dirección.

«Al cielo»

—Tú sabes qué hacer, añadió.

Por la tarde vino su tía Queta. Enriqueta era la hermana de su madre y vivía en la puerta de enfrente. Lo quería mucho, pero carecía de la gracia de la fallecida a la hora de tratar con un niño.

El padre de Oscar aprovechó que el chaval estaba viendo dibujos animados en la tele y habló con su cuñada acerca de la crisis emocional por la que atravesaba su hijo. Sabía que Queta, médico, lo entendería y le pondría en manos de algún profesional en psicología infantil que le ayudase en tan delicado trance.

Fue por esa razón por la que conoció a Andrea.

Andrea era una mujer de un delicioso carácter que enseguida supo ganarse al chico. Poseía unos enormes ojos verdes y una sonrisa cautivadora. Su simpatía  hacía que todos los de su alrededor se sintieran impregnados de optimismo. Ayudó mucho a Oscar.

Los días pasaban, el chico seguía buscando a diario la respuesta a su carta en el buzón. Y un día llegó.

Se trataba de  un sobre en cuyo interior había un papel manuscrito en el que se leía: 

«Querido Oscar:

 No es que no quiera verte. Simplemente no es posible hacerlo. Aquí estoy curada, si vuelvo enfermaré de nuevo y no podremos jugar tu y yo.

Me encanta lo que me has contado en tu carta. Sigues siendo un niño bueno. Te veo todos los días desde una nube. ¡Fue fantástico tu golazo!

Hazle caso a papá que te quiere mucho.

Un beso muy grande, Oscar.

Te quiero.

Mamá».

Oscar se sentía eufórico. Por fin sabía que su madre no lo había olvidado. Empezó a dormir mejor y sin pesadillas.

Una mañana, el cartero dejó una nota en el buzón en la que informaba que, debido a que no había nadie en el domicilio de Oscar cuando iba a entregar un sobre grande, éste se hallaba en casa de Queta.

Oscar leyó la nota.

No reparó en lo increíblemente parecida que era la caligrafía del cartero a la de la carta enviada desde el cielo para él.


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