El relojero

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« ¿En tu segundo día en esta oficina y ya tienes que vértelas con el viejo relojero? ¡Vaya suerte la tuya!»

Aquellas palabras me alarmaron. Pregunté y como única respuesta me dijeron que ya lo descubriría. Solo comentaron que el relojero era un experto en su oficio y que nunca le había faltado trabajo en la localidad, pero hicieron hincapié en el carácter extraño que tenía.

Cogí el coche y me encaminé a la dirección que llevaban los muchos paquetes que tenía que entregar. La casa se encontraba al final de un camino ascendente a las afueras de la ciudad. Se trataba de una cabaña con un jardín junto a ella y un huerto en la parte posterior. A un lado de la entrada un perro dormitaba junto a su caseta. No le inmutó mi presencia, se limitó a mirarme y volver a cerrar los ojos. Llamé a la puerta con un cierto recelo. Me abrió un anciano que me hizo pasar al interior para que, apoyado en una mesa, él pudiera firmar los papeles de los certificados. Junto a la mesa, sentada en un sillón, había una joven leyendo un libro del que levantó la mirada para sonreír y darme los buenos días. Tenía una voz agradable y una cara preciosa.

«Es Julia, mi esposa» dijo el anciano.

Con los papeles ya firmados, abandoné la casa.

«Pues tampoco era para tanto. Puede que sea muy mayor para ella, pero nada más», pensé. Continué con mi reparto sin darle más importancia.

A los pocos días, una nueva remesa de paquetes debían ser entregados a la casa del relojero. Se repitió milimétricamente lo acontecido en mi primera visita. El perro dormitaba, el anciano me franqueó la puerta, la joven lectora sonrió mientras saludaba.

La verdad es que había llegado a la conclusión de que tenía poco misterio llevar paquetes a aquella casa.

Seguí ejerciendo mi labor de cartero para el viejo varias veces al mes sin el menor contratiempo.

Me acuerdo que era un viernes por la mañana cuando tuve que encaminarme de nuevo a esa dirección con el fin de proporcionar los paquetes a su destinatario.  El día era primaveral e incitaba al paseo. Esta vez, aparqué  antes de subir la cuesta y enfilé mis pasos hacia la cabaña.

Cuando llegué y antes de llamar a la puerta, me acerqué al huerto donde distinguí una cruz. Con curiosidad leí la lápida que se hallaba a los pies de la misma:

«Aquí yace mi amada esposa Julia que falleció a los veinticinco años víctima de un maldito cáncer que se la llevó de mi lado»

Bastante confundido llamé a la puerta. El anciano me hizo pasar, Julia interrumpió la lectura para sonreír y saludar. Como novedad, el relojero abrió uno de los paquetes sobre la mesa. De su interior salieron toda suerte de engranajes y útiles para poder montar cualquier tipo de mecanismo grande o pequeño.

Miré a Julia, fue entonces cuando distinguí un diminuto cable que salía de su cabeza.


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