LA PESADILLA DEL MANIQUÍ

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Se quedó en silencio, con los ojos cerrados, se durmió y soñó que su calle estaba casi vacía, a poca gente se veía caminar por ella, y apenas un par de personas hablando sin escuchar que decían. Soñó que se paraba enfrente de un escaparate que lucía una colección de maniquíes con ropas muy coloridas y llamativas, eran maniquíes calvos, sin pelo, simplemente el monigote plástico con las ropas que pretendían vender. Keyla sentía como si las estatuas la mirasen fijamente, y hablasen de ella, aunque no adivinaba que podrían estar diciendo. Se estremeció, se notó tan fría como el mismo cristal del escaparate. El cristal empezó a agrietarse, eran los maniquíes que con los puños querían romper el cristal y saltar sobre Keyla. Con una sonrisa macabra y una voz metalica la llamaban por su nombre.

 

-¡ Keyla, Keyla, Keyla, Keyla..!. Su nombre ahogaba su voz, quería pero no era capaz de gritar, y tampoco podía huir. Los maniquíes la rodeaban y la sujetaban para que no pudiera escapar. Hicieron de ella un maniquí más. De pronto se vio más delgada, más estilizada y alta, excesivamente alta, sus piernas eran largas y esbeltas, ¡pero eran de plástico!, toda ella era de plástico y no tenía pelo. Era un maniquí más en el escaparate. Todo era oscuridad, salvo por las luces encendidas de la vidriera adonde la llevaban. De pronto, y casi sin saber como ni qué había pasado, era a ella a quien todos miraban; bueno a ella no, a su ropa, Keyla era solo un trozo de plástico con forma humana detrás de un cristal. Quiso huir, quiso salir corriendo de ese escaparate. Se sentía como si los otros maniquies la sujetasen y no la dejasen escapar. Sentía que no podía respirar, sentía que ya no tenía corazón que latiese dentro de ella. El resto de compañeros de escaparate la sonreían como diciendo que estuviera tranquila, que no pasaba nada. Vestida de mujer a ratos, y de hombre en otros, sin saber cuando ocurría cada cosa, parecía no tener género. De un momento a otro su ropa pasaba de lo femenino a lo masculino, bajo la tenue luz que llegaba de la vidriera, iluminandola como estrella de cine. Se sentía fría y rigida, no se podía mover, ni siquiera parpadear, pero se sentía sudorosa y agobiada. Era la pesadilla de la que no podía escapar, solo quería despertar. 

Escuchó un despertador, y un rayo de sol traspasaba el cristal, cegándola, parecía amanecer, y despertó en su cama, liberándose de la pesadilla, liberándose del maniquí que la tenía atrapada en el escaparate de la tienda de ropa.


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