MAR DE LUCES

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De noche me gusta subir al mirador de mi ciudad, me gusta hacerlo en silencio y solo con la compañía de la luna y las estrellas, me gusta caminar entre la gente que está a su bola, con sus cosas y no me ven, es como si la noche me hiciera invisible ante ellos, aunque yo les veo y les oigo. Me gusta sentarme en el parque del mirador, me gusta sentarme en la hierba y contemplar ese barrio y esa ciudad que, a medida que el cielo sobre sus cabezas oscurece, se va tiñendo de luces de colores, luces tintineantes, luces que van de un sitio a otro, luces inmóviles hasta que amanece. 

 

Me gusta mirar al infinito, mirar sobre sus cabezas y ver como mi ciudad se convierte en un mar de luces. Me gusta ver a esa gente que no me ve, esa gente que no sabe que estoy ahí, lejos, pero estoy, y les veo ir de un lado a otro, les veo salir del trabajo, les veo ir a casa, o quedar para ir a cenar o tomar una copa más tarde, veo a esa gente infiel que clandestinamente se reune para dejar salir sus más turbios deseos y luego fingir que no ha pasado nada. Son como peces nadando de un lugar a otro en ese mar de luces que los enguye sin que se den cuenta. Algunos son como tiburones buscando un pez más pequeño al que comerse, otros son como pulpos, con más manos que brazos, abrazando cuanto encuentran a su lado para atraparlo. Les veo caminar por las calles, les veo en sus coches o asomados a sus ventanas, les veo pecar en sus casas, desnudos en sus camas pensando que la oscuridad de la noche les protege y les hace invisibles, ignorando que no lo son. Son pequeños peces lascivos llenando de vida su mar de luces.

De noche, mi ciudad es un mar de luces sin olas en la superficie, pues estas se encuentran en un fondo en el que tienes que bucear para poder verlas y sentirlas. Mi ciudad es un mar de luces en el que la propia noche hace de marea alta y la cubre, tapando sus pecados hasta que amanece, y es entonces, al amanecer, cuando el cielo se ilumina y la ciudad se apaga, que esa marea baja llevándose ese mar de luces que los protege y deja al descubierto una ciudad más gris, como si de las playas y los océanos desapareciera el agua, dejando a la vista el basurero que son. 

Con el amanecer y la salida del sol, quedo al descubierto y ya no puedo ver esos peces pecadores que ignoran mi presencia. Tendré que esperar a que vuelva a subir la marea de la noche para que el horizonte se convierta nuevamente en un mar de luces.


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