El botellón

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Era el primer día de vacaciones de Frank Sandbucket, y no bien entró a su habitación, se deshizo de la ropa y bajó a la playa, descalzo y vistiendo un calzón de baño. 

   Adiós por un mes a los zapatos, al traje y corbata, se dijo, apenas sintió la arena en la planta de los pies, y como cuando era niño, se lanzó a caminar sin descanso hasta que tuviera hambre. 

   Le habían dicho los empleados del hotel que no debía preocuparse en llevar agua, pues varios arroyos cortaban la playa despejando sus frescas y cristalinas aguas en el mar, y también que caminara con calma, de lo contrario daría la vuelta a la isla en un par de horas, a pesar que en su interior había tantas diversiones como para mantenerse bastante ocupado durante el mes que pensaba quedarse. Pero ¿para qué tener prisa después de todo? 

   Cerca de una hora, en un recodo, se deparó, confundido entre la maleza, con un antiguo caserón destartalado pero aún conservando un vago vestigio de lo imponente y bello que fuera alguna vez. Atravesó una espesa vegetación hasta llegar a la entrada principal; la puerta, ligeramente caída a un lado, estaba abierta. Era evidente que el interior había sido saqueado. Inspeccionó todos los cómodos y después de media hora lo único que encontró para llevarse de recuerdo fue un botellón de vidrio mugriento que yacía olvidado sobre una opaca y polvorienta repisa. No tenía etiqueta pero a pesar de estar tapado con un corcho, lo sintió liviano. "Vacío", musitó, pero ¿qué esperaba, un licor añejo acaso? De todas maneras lo llevó consigo, sin saber por qué, tal vez para recordar el hallazgo del viejo caserón cuando regresara a Nueva York, dentro de un mes. 

   Al regreso, en el primer arroyo que cruzó se detuvo para lavarlo y desprender la costra que vaya a saberse cuántos años llevaba adherida en su superficie. Lo remojó y con ayuda de arena se puso a sacarle la mugre. De pronto lanzó un grito de susto y dejó caer el botellón a sus pies: adentro había un hombre, pequeñísimo, apoyando sus manos en el cristal. Una especie de genio, supuso. El hombrecillo vestía apenas un taparrabos. Desde donde estaba parado le pareció que el hombrecillo gesticulaba con los labios, como queriendo decirle algo con urgencia. Por fin se animó a volver a agarrar el botellón, no así a destaparlo, quién sabe qué intenciones tenía aquel pequeño ser. 

   Cuando pasó por el lobby del hotel, nadie le prestó atención al botellón que llevaba debajo de un brazo; al final, los turistas nunca volvían con las manos vacías de sus paseos, cualquier caracol vacío, cualquier semilla rara adquirían en sus manos carácter de recuerdo inestimable. No bien entró a su habitación, lo metió dentro de un bolsón y allí lo dejó hasta el último día de sus vacaciones, aunque todos los días le echaba un vistazo, apenas para comprobar que el hombrecillo continuaba allí. A veces lo encontraba durmiendo, otras sentado, como meditando, o andando en círculos; pero cuando el hombrecillo se percataba de su presencia, corría a la pared cristalina, apoyaba los brazos y empezaba a gesticular con insistencia, entonces Frank simplemente volvía a taparlo 

   Sabía que cuando llegara a Nueva York en un momento u otro tendría que destapar el botellón y preguntarle muchas cosas al genio; eso si conseguía driblar la vigilancia en las aduanas de los aeropuertos. Por suerte, o tal vez de propósito, cada vez que el botellón fue examinado, el hombrecillo permaneció duro como una piedra, hasta cuando fue sacudido con fuerza por un agente aduanero desconfiado. "Es un muñequito de goma, un recuerdo de mi hijo que por descuido se me ha caído adentro", era la disculpa dada. "¿Y por qué no quebró el botellón para sacarlo de allí?", fue una de las tantas preguntas. "Porque el botellón en un recuerdo de viaje", la disculpa siempre dada. Entretanto, corrió con suerte y llegó a Nueva York con el botellón sano y salvo.

   Ya en su departamento, dejó el botellón en un rincón, y demoró una semana de examen a distancia hasta animarse a sacarle el corcho. 

   ¿Quién eres?, le preguntó al hombrecillo, a cierta distancia del pico. 

   Un genio, le respondió el hombrecillo, con una voz distante pero amplificada por la concavidad. Pasó varias veces ambas manos por la boca y el mentón mientras pensaba que no podía ser real, que aquello era humanamente imposible, algo ilógico y que iba en contra de las leyes de la física. 

   No existen los genios, dijo Frank, más para sí que para el supuesto genio, a no ser... a no ser... No encontró palabras para decirle al genio lo que se le había ocurrido en ese instante. 

   Volvió a tapar el pico. 

   ¿Y si es una especie de demonio?, esta sospecha hizo que le arrojara una toalla encima y, empujándolo con un pie, arrimó el botellón al balcón. 

   Necesitaba pensar. 

   Miró a su alrededor, la verdad el estante se vería mucho mejor con los libros que siempre quiso leer, pero que ,sin embargo, no estaban allí; no por falta de dinero, sino que siempre tenía otras prioridades más urgentes. El televisor igualmente, bien que podía regalárselo al portero del edificio, y en su lugar poner uno de 68" pulgadas; el sofá de cuerina sintética, gastado y hundido, podría arrojarlo a la basura y comprar uno de cuero legítimo, y los posters en las paredes suplantarlos por pinturas originales, y las salchichas en la heladera sustituirlas por bifes de lomo y camarón, y el trabajo que aborrecía, y las mujeres que ni lo miraban..., y esto y aquello y todo y todo... 

   Buscó el botellón y lo destapó. 

   ¿Por acaso realizas cualquier deseo?, le preguntó al genio. 

   Lo que se te ocurra, amo, respondió el genio. 

   Entretanto, titubeó un instante, ¿y si estuviera alucinando? Se pellizcó con fuerza el dorso la mano izquierda. 

   ¡Ay!, exclamó y se quedó viendo la marca rosada. No alucinaba. 

   Está bien, si es como tú dices, le dijo, quiero que me conviertas en un hombre podrido en plata. 

   Ajá, pero ¿qué me darás a cambio, amo?, respondió el genio. 

   Volvió a dudar, ¿desde cuándo los genios pedían algo a cambio? ¡Cómo saberlo! Nunca había tratado con uno, es más, ignoraba que existieran los genios. Pero ¿qué podría ofrecerle a un genio que le daría todo el dinero que quería para pensar que la vida es bella? Paseó la vista por la sala: televisor viejo, libros usados, sofá destartalado, ¿será que le gustan las salchichas?

   No sé que ofrecerte, quizás si me ayudas..., le dijo, finalmente. 

   Quiero la libertad, amo, respondió el genio, pues a pesar de ser pequeño, la abertura del pico lo es aún más, con lo que tendrás que romper el botellón para liberarme. 

  ¿Y si es una artimaña y después desaparece en el aire, dejándolo con las ilusiones nada más? Pero... ¿y si no lo es? La verdad, de nada le servía mantenerlo allí adentro, tendría que arriesgarse a liberarlo y si se esfumaba, mala suerte. 

   Está bien, confiaré en ti y te liberaré, le dijo. 

   Buscó cinta adhesiva y martillo, forró el botellón y le dio pequeños martillazos hasta quebrar el vidrio.

   El genio, una vez liberado del botellón, se infló hasta adquirir el tamaño de un adulto. 

   Gracias amo, dijo, juntando las manos delante de sus ojos e inclinándose tres veces. 

   Ahora, cierra los ojos por un momento y cuando los vuelvas a abrir estarás podrido en plata, tal es tu deseo. 

   Ok, dijo Frank y cerró los ojos, pero al cabo de unos minutos se quedó dormido. Soñó con torres de cristal, con doscientos subordinados gravitando a su alrededor con bandejas de plata en sus manos, repletas de manjares; soñó con anillos de oro y rubíes adornando ocho dedos de sus manos y con mujeres hermosas esperando, ansiosas, ser llamadas a su lecho de sábanas de seda y almohadas de plumas de ganso, y... hasta que despertó. 

   Estaba en un quirófano, entubado por todos los orificios. Una máquina emitía "píes" de un segundo de duración, unos tras otros. Quiso moverse pero el cuerpo no le respondió, y hablar, pero tampoco pudo hacerlo. De pronto médicos y enfermeros se acercaron y uno de ellos preguntó: 

   ¿Qué tiene este paciente? 

   Infección generalizada, creo que no pasa de hoy, respondió el que estaba más cerca suyo y que parecía ser el doctor principal. 

   ¿Y quién es?, preguntó otro. 

   Así como lo ve, es el hombre más rico del planeta, dijo el doctor, con un ligero encogimiento de hombros. 

   En ese exacto momento, en el departamento de Frank Sandbucket, el televisor viejo le hacía compañía al genio, que leía un libro mientras masticaba una salchicha, confortablemente acostado en el sofá destartalado. 


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