Pelé

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¿Con el señor César? Buenos días, me dijeron que usted es el mejor adiestrador de perros, pregunta el hombre que acaba de llegar. 

   Es lo que dicen por ahí, contesta el adiestrador. 

   Mire, tengo un perro medio rebelde y estoy buscando un buen adiestrador que me lo pueda encaminar, le cuenta el hombre. 

   Entiendo, pero pase, para que vea por usted mismo a mis perros adiestrados, dice el adiestrador. Ya en el fondo de la propiedad, un mar de perros vagaba por todo el lugar. 

   Mire, le dice el adiestrador, esté aquí se llama Pelé. El hombre mira al perro, negro como un carbón, y comenta:  

  Nombre muy elocuente, digo, por el color de pelo, dice el hombre sonriendo de lado. 

   Se equivoca, caballero, ya verá por qué se llama así, contesta el adiestrador. 

   En seguida los dos hombres se aproximan al perro. El adiestrador lo carga en brazos, después agarra una pelota de cuero que está sobre una mesa, y le  dice al hombre que lo siga. Los dos hombres y el perro salen de la casa y caminan hasta un terreno baldío a mitad de cuadra, donde unos muchachos juegan a la pelota. 

   ¿Falta uno, muchachos?, pregunta el adiestrador. 

   Sí, venga don, que le hacemos un lugarcito, le dice uno de los muchachos. 

   No, no soy yo el que quiere jugar, sino mi perro. Los muchachos se miran entre sí y se ponen a reír. 

   ¿Usted quiere que juguemos a la pelota con un perro?, pregunta uno. 

  Sí, confirma el adiestrador, y añade: se llama Pelé, de modo que mal no ha de jugar, ¿y, qué me dicen? 

   El adiestrador espera una respuesta. 

   Por mí, que se llame Garrincha, perro es perro, dice otro. El adiestrador pasea la vista por la cuadra y ve un cuzco acostado delante de una casa. 

   Aquel es un perro, pero este acá es Pelé. Ahora, si tienen miedo que Pelé los baile, ahí es otra cosa, lanza el adiestrador. 

   Disculpe, don, ¿nos está tomando el pelo o qué?, dice otro. 

   De ninguna manera, solo estoy diciendo que Pelé puede jugar contra todos ustedes juntos y sin arquero y les gana por goleada si se lo propone, dice el adiestrador. 

   Yo me animo si hay plata en el medio, dice otro, y todos lo apoyan. 

   Sin problema, el que pierde paga la cerveza, dice el adiestrador. 

   El hombre que hasta ese momento ha estado callado, le pregunta al amaestrador: 

   ¿Está seguro don César de lo que va a hacer, mire que son nueve y con la cara de borrachos que tienen la jugada le saldrá cara? 

   No se preocupe, ¿señor, señor...? 

   Hutter, Juan Hutter, dice el hombre. 

   Bien señor Hutter, ahora verá usted por qué mi perro se llama Pelé. 

Empieza el partido, el que hace el primer gol gana y paga nueve cervezas. Los muchachos hacen el primer movimiento, pero ya en el primer pase Pelé se apodera de la pelota y avanza al arco contrario. Dribla a uno, dribla a otro, hace un giro delante de otro y pasa, veloz como un rayo, entre dos. El sexto a ponerse en su camino recibe un caño con perro y todo. El siguiente a ponerse en el camino del perro, le lanza una patada, pero Pelé frena, la pisa, amaga a la derecha y sale por la izquierda, haciendo que se desparrame y trague tierra. El que queda antes del arquero se le tira encima como para partirles las canillas al medio, pero Pelé es más rápido y hunde el hocico debajo de la pelota y la eleva sobre su cabeza, haciéndole un sombrerito. Mientras el muchacho se queda a ver navíos, la pierna estirada hacia la nada, y la pelota ya comienza el descenso; el perro ya lo ha driblado por la derecha y ahora salta, contorsionándose en una pirueta elástica, y queda de espaldas, paralelo al piso, suspendido en el aire, desafiando la ley de la gravedad por dos, quizás tres segundos; en fin, los suficientes, para, con la pata izquierda trasera y en el momento preciso, darle de lleno a la pelota, que como un balazo va a clavarse en el ángulo derecho del arquero, sin darle tiempo de levantar las manos siquiera. Un golazo de chilena digno de la homónima leyenda del fútbol, a la cual el perro rinde homenaje espléndidamente. 

Con el dinero de las nueve cervezas, los hombres y Pelé se dirigen al bar de la otra esquina. 

   No lo puedo creer, dice el hombre, mañana mismo le traigo mi perro. Y mientras los hombres continúan hablando, Pelé se toma las nueve botellas él solo. Cuando termina la última gota, el hombre se marcha y el adiestrador, con la pelota dentro de la camiseta, vuelve a su casa con Pelé en brazos, borracho como una cuba. 


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