El primer orgasmo de Olga (parte 1/4)

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EL PRIMER ORGASMO DE OLGA

Sábado; 20 de febrero del 2021; 23h15

Hola, mi amor,

Te escribo este mail un poco tarde, lo siento. Supongo que a estas horas ya habrás cenado y estarás en la habitación del hotel a punto de dormir. Estoy deseando que regreses ya mañana. Como acordamos, te escribo lo que sucedió en mi “regalo de cumpleaños”, en mi aventura de ayer noche. Te confieso que, cuando recuerdo todo lo que pasó, ni yo misma me lo puedo creer, es como si lo hubiese soñado. Se que quedamos en que te escribiría esta mañana contándotelo todo y no ahora, ya de noche. Después, cuando hayas leído mi relato comprenderás porqué he tardado tantas horas en escribirte. En frio me daba bastante vergüenza contártelo... Vergüenza y un poquito de aprensión, aunque se que no tengo porqué, ya que, como tu dijiste, era un regalo, un juego erótico, una experiencia única para celebrar mis cuarenta años y tratar, con esa experiencia, de conocer lo que es un orgasmo ya que ningún psicólogo pudo ayudarnos… Matar dos pájaros de un tiro, como decías tú.

Bueno, yo te lo voy a contar, cómo te prometí, con todo detalle y toda sinceridad, esperando no haberme pasado mucho. Aunque tú me repetiste una y otra vez que en esa aventura “terapéutica” de una noche no tuviese ninguna inhibición y que me dejase llevar únicamente por mis deseos, por muy “locos” que fuesen… Ahí va pues el relato de todo lo que pasó:

Unas dos horas después de que te fuiste para el aeropuerto, serían eso de las seis de la tarde, llegó, como había quedado, mi amiga. Llegó toda peripuesta, muy maquillada, muy bien peinada y con un vestido cortito muy sexy. Más sexy que de costumbre y ya es decir. Como siempre, llegó alborotando, riéndose y diciendo que al fin había llegado el día de mi «liberación sexual», que iba a vivir la aventura de mi vida, que iba a ver lo agradable que era sentirse, como ella, libre y soltera. Que me iba a llevar al club libertino más “chic” de toda la ciudad de Ginebra, donde ella había estado ya dos veces y siempre había salido contentísima y muy satisfecha - la palabra “muy satisfecha” me la decía guiñándome un ojo… Ella sigue creyendo que tu no sabes nada y que es una libertad que me he tomado yo para celebrar mi cumpleaños aprovechando tu viaje de tres días.

Así que me arreglé, con ella al lado, como siempre dándome consejos de como maquillarme y como vestirme, aunque yo también, como de costumbre, me arreglé y vestí como me dio la gana. Salimos a eso de las siete, con su coche, hacia Ginebra. Por el camino hablamos, mejor dicho, habló, de todo un poco y también me contó algunas cosas graciosas y otras «muy calientes» de las que había vivido frecuentando esos lugares, que decía ir una o dos veces al año. Yo, la verdad, la escuchaba un poco distraída pues me sentía extraña, entre excitada y nerviosa, con la idea de entrar en un club como ese. Aún me preguntaba si sería capaz, si tendría bastante valor para entrar, pero escuchándola hablar de aquello con tanta facilidad, ligereza y buen humor, me animaba un poco a tener aquella experiencia.

Llegamos a la puerta del club más o menos a la hora de la apertura, a eso de las ocho de la tarde. No te podría decir ni el nombre de la calle, ni el nombre del local pues no me fijaba en nada, por lo nerviosa que estaba. Recuerdo únicamente que era una calle bastante animada y cerca de la estación de ferrocarriles. En la pared, a la derecha de la puerta de madera bastante imponente, un cartel luminoso rojo, intermitente, invitaba a entrar. Yo, delante de la puerta, estaba inmóvil, como petrificada. Mi amiga me cogió entonces por la mano, con gesto burlón, empujó la puerta y entramos por fin…

En la recepción, una azafata, guapa, muy sonriente y con muy poquita ropa – pensé en ti y en como la habrías mirado - nos dio la bienvenida y nos explicó los pormenores para acceder a la sala principal del club. Después de sus explicaciones, que mi amiga conocía pero que la dejó hablar con la sonrisita y las muecas de acatamiento de una «sabelotodo», nos llevó al vestuario de mujeres. Todo allí olía a limpio, bañaba en una luz tenue y en una música de fondo que relajaba. Nos dio a cada una unas toallas blancas y esponjosas que olían a lavanda y nos invitó a disfrutar de una ducha bien caliente y a relajarnos, si lo deseábamos, en uno de los tres jacuzzis allí presentes. Después nos dijo que, a la salida de los baños, en nuestros respectivos armarios disponíamos de unas batas finas de seda, todas blancas inmaculadas y, para la que quisiera, unas máscaras de Venecia de tejido también blanco que cubrían únicamente el contorno de los ojos, pero que eran suficiente para guardar el anonimato. A mí la máscara me reconfortó y me dio un poco del valor que me faltaba. Mi amiga por el contrario no quiso mascara y riendo decía que había pasado dos horas maquillándose y no era para taparse ahora parte de la cara…

Duchadas, con nuestras batas de seda blanca encima de nuestros cuerpos desnudos, y yo además con mi mascara, empujamos una puerta donde ponía “ENTRÉE” y nos encontramos en la sala principal. La sala era bastante grande, olía bien y tenía la misma luz tenue y la misma música relajante que en el vestuario y la sala de baños. Los muros estaban decorados con pinturas libertinas y varias pantallas repartidas por la sala, sin sonido, proyectaban películas eróticas. En el fondo vimos un bar, con un mostrador y unos pocos de taburetes altos, donde servía un chico joven y guapo, vestido también con una simple bata y donde solo había un cliente que bebía tranquilamente y mirando hacia un lado y al otro. No había mucha gente aún porque acababan de abrir, pero ya se iban llenando los asientos, especies de sillones-cama redondos, no muy grandes, que andaban repartidos por toda la sala y ya andaban algunas parejas acariciándose y besándose, aunque la mayoría, seguramente parejas también en la vida real, solo parecían hablar. Lo que si era evidente es que había más del doble de hombres que de mujeres…

Mi amiga tenía razón, era un sitio “VIP”, pues los que estaban allí presentes, que eran de todas las edades, se veían muy educados y bien cuidados. Luego comprendí porqué, cuando vi el precio de las bebidas… Pero bueno, de eso ya estaba más o menos al corriente por mi amiga y no te voy a hablar de dinero, no le voy a quitar “poesía” a la aventura hablando de precios…


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